—Buenas noches, señorita Claudia. Apreté su mano; estaba helada, al igual que la mía. Nuestras miradas se entrelazaron; podía escuchar mi corazón resonar. Solté su mano cuando mi tío carraspeó su garganta. —Bienvenido, licenciado Demián. Dolores, señor director, bienvenidos todos—sonrió el padre de Eduardo. —Suelta las cuerdas—pidió Rogelio, al que creí que era el capitán del yate. Suspiré, pero de miedo; el mar me daba escalofríos, los yates o barcos me daban pánico. —Tranquilo; no morirás esta noche—murmuró mi tío—, salvo que Rogelio se dé cuenta cómo miras a su hija y termine lanzándote al mar para que te coman los tiburones. —Gracias por el tío que me tocó—repliqué con una sonrisa, pero mirándola a ella. Estaba abrazada a su abuela y tampoco despegaba su mirada de mí. Las bebida

