Mi móvil sonó y contesté; era Brianna llorando como todos los días, para decirme que me extrañaba y que el bebé también. Rodé los ojos y decidí cortarle. Estaba seguro de que lo del hijo era más que un invento. Me quedé parado en la puerta mirando hacia la cancha de vóley; los jóvenes jugaban mientras a lo lejos estaba Claudia abrazada con su novio. No se despegaban ni un instante. Tragando grueso, me introduje a la oficina y me concentré en mi siguiente clase. Una vez que la sirena sonó, agarré mi maletín y me encaminé hasta el aula. Al llegar encontré unos pocos alumnos y cerré la puerta. —Saquen sus cuadernos, la clase empezó —murmuré a la vez que sacaba mi libro. —Profesor, falta la mitad del paralelo. —¿Y? ¿Qué quieres? ¿Que los espere? Cuando la sirena suena es para que ingresen

