Y era él.
Mi vecino insoportable.
Alexander.
Miré la hora en mi teléfono.
Eran casi las nueve de la noche.
¿Qué hacía aquí a estas horas?
Una pequeña parte de mí pensó que quizás había venido a disculparse por su actitud de la tarde.
Aunque, siendo sincera, no esperaba demasiado de él.
Abrí la puerta y lo miré intentando ocultar mi molestia.
—¿Qué haces aquí?
Alex me observó por unos segundos.
—La señal de internet en mi apartamento es muy mala y necesito enviar un correo a la empresa para que puedan instalar el servicio mañana o el lunes.
Hizo una pequeña pausa.
—¿Puedes darme la contraseña de tu wifi?
Me quedé mirándolo.
Él esperaba mi respuesta.
—No.
Alex levantó una ceja.
Por primera vez vi una pequeña expresión de sorpresa en su rostro.
No pude evitar sonreír.
—Estoy bromeando.
Su expresión se relajó ligeramente.
—Ven, pasa.
Se hizo a un lado y lo dejé entrar.
Alex cerró la puerta detrás de él mientras yo caminaba hacia mi habitación para buscar la contraseña.
La empresa de internet me había dejado el documento hacía unos días, pero como siempre, nunca recordaba dónde colocaba las cosas.
Busqué sobre mi escritorio, revisé algunos papeles y finalmente encontré el documento en el último cajón de mi mesa de noche.
Cuando salí de mi habitación, Alex seguía exactamente donde lo había dejado.
Pero esta vez no estaba mirando su teléfono.
Estaba observando mis fotografías.
En el estante había fotos de diferentes etapas de mi vida.
Yo de niña.
Yo en la adolescencia.
Y algunas más recientes.
—¿Esa eres tú? —preguntó señalando una foto donde tenía alrededor de cinco años.
Miré la fotografía y sonreí.
—Sí.
Era una de mis pocas fotos favoritas.
En esa época no tenía preocupaciones.
No existían las expectativas de mi familia, los negocios, ni la presión de ser perfecta.
Solo era una niña feliz.
—Te ves tierna —dijo Alex.
Me quedé un segundo en silencio.
No esperaba ese comentario.
Carraspeé intentando cambiar de tema.
—Aquí está la contraseña.
Le extendí el papel y él lo tomó.
—Gracias.
—¿Quieres agua?
Asintió.
—Sí, por favor.
Fue en ese momento cuando me fijé mejor en él.
Su camiseta estaba un poco húmeda por el esfuerzo de la mudanza y tenía algunos mechones de cabello desordenados.
No podía negar algo.
Se veía bien.
Demasiado bien.
Sacudí ligeramente la cabeza.
Cálmate, Alison.
Es solo un hombre.
Caminé hasta la cocina, llené un vaso con agua y se lo extendí.
Cuando él lo tomó, nuestras manos se rozaron.
Fue solo un segundo.
Un simple contacto.
Pero algo extraño recorrió mi cuerpo.
Me quedé quieta.
Como si su piel hubiera dejado una marca invisible sobre la mía.
Di un paso atrás rápidamente.
¿Qué me estaba pasando?
Nunca había reaccionado así por alguien.
Alex me miró confundido.
—¿Estás bien?
Aparté la mirada.
—Sí.
Mentí.
Porque la verdad era que no entendía por qué un simple roce de manos había logrado alterarme tanto.
Y eso me molestaba.
Mucho.