capitulo 14: La promesa sellada

831 Words
Las palabras de Héctor aún resonaban en el pecho de Elise, como un bálsamo y un tormento a la vez. "Lo haremos de manera legal, como tú me lo pides", había dicho, pero el peso del poder que él ostentaba aún pendía en el aire. Sin embargo, algo en su voz, en su mirada y en su promesa, despertaba en ella un anhelo visceral: recuperar al hombre del que se enamoró. Sin decir nada más, Elise lo besó. Fue un beso cargado de desesperación, como si con él pudiera atarle de vuelta a la luz, a la promesa de una vida sin violencia. Héctor respondió con igual intensidad, atrapando su rostro entre sus manos, devorando sus labios como si fueran la única cosa capaz de salvarlo de sí mismo. La besó con furia, con amor, con culpa. Sus dedos se deslizaron por la cintura de Elise, atrapándola contra él, sintiendo cómo su cuerpo encajaba perfectamente con el suyo. Elise dejó escapar un jadeo cuando sus espaldas chocaron con la pared del dormitorio, y Héctor se tomó un segundo para observarla, como si temiera romperla. —Dime que aún me amas —murmuró él con voz rota, su aliento acariciando los labios húmedos de ella. Elise, con los ojos anegados en lágrimas, asintió. —Siempre te he amado. Aunque ahora apenas reconozca al hombre que está frente a mí… —susurró. Héctor apretó la mandíbula con angustia. —Voy a recuperarte. A ti… a nuestro hijo. Lo prometo. Entonces la volvió a besar, pero esta vez sin contención. La necesidad acumulada, el dolor reprimido, los años de separación, todo se desbordó en ese contacto. Héctor tomó a Elise por la parte trasera de sus muslos y la levantó, haciéndola envolver su cintura con sus piernas. Caminó a ciegas hasta la cama y, al llegar, la depositó sobre el colchón con delicadeza, pero sin detener su asalto de besos. Elise apenas podía respirar. El peso de su deseo se extendía por todo su cuerpo, encendiendo cada fibra de su piel. Héctor se detuvo un momento, su frente apoyada en la de ella, su pecho subiendo y bajando frenéticamente. —Dime que me detenga si no quieres esto —musitó, con la voz ahogada de anhelo y culpa. Elise deslizó sus manos temblorosas por el cuello de Héctor, acercándolo aún más. —No te detengas… hazme tuya otra vez. Y fue como desatar una tormenta. Héctor arrancó la blusa de Elise, dejando que sus labios recorrieran cada centímetro de su piel desnuda. Besó la curva de su cuello, su clavícula, el valle de sus pechos mientras sus manos desesperadas deshacían el resto de la ropa. Elise gimió, arqueando su espalda, entregándose a él como si su cuerpo lo hubiese esperado durante años. Héctor la adoraba con cada toque, con cada beso febril. Su boca descendió por su abdomen hasta llegar al borde de su ropa interior, la cual quitó de un tirón, como si no pudiera esperar un segundo más. Elise temblaba debajo de él, sus piernas temblorosas alrededor de su cadera, mientras Héctor se tomaba un instante para observarla completamente desnuda ante él. —Eres mía… siempre lo has sido —susurró con devoción. Entonces, sin más dilación, la penetró en un solo movimiento, provocando que ambos jadearan al unísono. La conexión fue inmediata, feroz, como si ambos intentaran recuperar los años perdidos a través de ese acto. Los movimientos de Héctor eran intensos, desesperados, como si temiera que Elise desapareciera si dejaba de tocarla. Elise gimió su nombre una y otra vez, perdiéndose en el éxtasis que solo él podía provocarle. Las embestidas eran profundas, marcadas por años de deseo contenido. Héctor sostenía su rostro, obligándola a mirarlo a los ojos mientras hacían el amor. —Nunca dejaré que nadie vuelva a separarnos —jadeó él. —No más secretos, no más violencia —sollozó Elise entre gemidos—. Prométemelo, Héctor. Él asintió, desesperado. —Lo prometo. Lo haré bien esta vez… por nosotros. El clímax los golpeó al mismo tiempo, arrancándoles gritos cargados de liberación y amor reprimido. Pero incluso después de llegar a la cima del placer, Héctor no la soltó. Se quedó dentro de ella, abrazándola con fuerza, como si el calor de sus cuerpos fusionados pudiera evitar que la oscuridad lo reclamara. —Te amo —susurró Elise, con lágrimas cayendo por sus mejillas. Héctor enterró su rostro en el cuello de ella. —Y yo te amo a ti. No permitiré que nada ni nadie vuelva a interponerse entre nosotros. Esa noche se pertenecieron en cuerpo y alma, pero cuando el sol despuntó al día siguiente, ambos sabían que la verdadera batalla apenas comenzaba. Ahora tendrían que enfrentarse a la madre de Elise, a Maurice… y al mundo entero, si era necesario, para poder ser libres. Pero algo dentro de Elise le susurraba que, tal vez, aún no habían visto lo peor. Y que el poder de Héctor, tarde o temprano, terminaría reclamando un alto precio.
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