capitulo 10: El peso de una decisión

997 Words
Elise pasó la noche en vela, con el corazón latiéndole en el pecho como un tambor. La desesperación se mezclaba con el miedo. Su madre ya había comenzado los preparativos de la boda, y su padre no hacía más que recordarle su "deber" como hija. Pero lo peor era saber que a Héctor lo enviarían lejos. Esa mañana, su madre le entregó una carta sellada. —Llévala a monsieur Giraud. Es un asunto importante con los Mayer sobre tu boda. No tardes. Elise no tenía opción. Salió de la casa con paso apresurado, queriendo terminar rápido con el encargo. Mientras tanto, Héctor deambulaba por las calles del pueblo, con la mente atormentada. Cada vez que pensaba en Elise casándose con otro, el dolor le atravesaba el pecho. De pronto, al girar en una esquina, la vio. Elise caminaba con prisa, como si se escondiera de algo. Héctor frunció el ceño. Algo no le cuadraba. Se detuvo a observarla y notó que tomaba un camino inusual. Su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿A dónde va? Siguiéndola con cautela, Héctor se escondió tras unos puestos del mercado. La vio detenerse como si buscara algo o a alguien. Su expresión se endureció. Aunque no vio a Elise entrar o salir de la oficina postal, sí la vio después en la esquina de un banco, parada como si buscara a alguien. Sin embargo, en realidad, ella solo se había detenido a pensar, su mirada perdida en el vacío, aunque para Héctor pareciera otra cosa. Sintió que la rabia lo consumía. De pronto, cuando Elise se dio la vuelta, Héctor apareció de la nada y la tomó del brazo con firmeza. —¿Me estás siguiendo? —espetó con frialdad. Elise lo miró con sorpresa. —¿Qué? No, Héctor, yo solo… —No me mientas, Elise. Tú no sueles transitar por esta zona. ¿Tu padre te mandó a vigilarme? Elise abrió la boca, pero estaba demasiado confundida para responder de inmediato. —¡No sé de qué hablas! Solo estaba haciendo un favor a mi madre. —Claro —bufó él, soltándola con brusquedad—. Así que ahora sigues órdenes sin cuestionar. Las palabras la golpearon como un puñal. —No es lo que piensas… Pero Héctor ya se alejaba, con el corazón ardiendo de impotencia. Elise sintió ganas de correr tras él, de explicarle todo, pero algo dentro de ella le dijo que no la escucharía. Las sombras de la separación ya estaban sobre ellos. Esa noche, Elise no soportó más y fue a buscarlo. —Héctor, por favor, escúchame —susurró cuando lo encontró en su ventana. Él la miró con el ceño fruncido, pero no cerró la ventana. —No quiero escuchar más mentiras. —¡No te mentí! Mi madre me pidió que entregara una carta sobre la boda. No tiene nada que ver contigo. Héctor apretó los puños. —¿Entonces por qué fuiste a escondidas? —Porque no tenía opción —dijo ella con desesperación—. No puedo elegir lo que quiero hacer, Héctor. Me tienen atrapada. —No te creo nada. Me estabas siguiendo —acusó Héctor. —Amor, por favor, escúchame… A pesar de su enojo, Héctor bajó y se acercó a Elise. Sin previo aviso, la besó tiernamente. Elise se quedó sin aliento. —¿Qué fue eso? —preguntó con un hilo de voz. —Este fue nuestro último beso. Me voy mañana —respondió Héctor con frialdad. —Pero amor, déjame explicarte —rogó Elise, tomando sus manos. —No. Y no me llames amor. Hoy me sentí acosado y eso no me agrada. Tal vez esto llegó en el momento justo —dijo Héctor, apartando sus manos de las de Elise. —No, amor… —Elise sintió cómo las lágrimas caían por su rostro. Héctor se dio la vuelta y comenzó a caminar. Al llegar a su puerta, se detuvo y le exclamó: —Te voy a pedir que no me vuelvas a buscar. Olvídate de mí. Elise se quedó allí, temblando, viendo cómo Héctor entraba con una expresión seria. Dentro de su casa, vio a sus padres. —Están contentos, ¿verdad? Esto es lo que querían, algo que les convenga a ambas familias, y más a los Lambert —soltó con ironía—. Ni siquiera la dejé explicarse. No sé si me seguía o no, pero eso ya no importa. Acabo de tomar la decisión de no creerle ni escucharla. ¿Qué pasará con nosotros? ¿Con lo que pudimos ser? —Hijo, espera —dijo su madre, pero Héctor ya subía las escaleras. —Ahora no, mamá. Al llegar a su habitación, se encerró y lloró desconsoladamente hasta quedarse dormido. Al otro lado de la ciudad, Elise hacía lo mismo en su habitación. A la mañana siguiente, Elise se despertó sintiéndose extraña. Tenía el cuerpo cansado, un nudo en el estómago y un malestar que no podía ignorar. Cuando bajó, su madre la observó con detenimiento. —Te ves pálida, Elise. ¿Te sientes bien? —No lo sé… tengo náuseas y me siento mareada. Su madre frunció el ceño y se acercó, tocándole la frente. —Creo que deberíamos ir al médico. Elise asintió sin ganas, demasiado cansada para discutir. Tomaron el auto y salieron en silencio hasta la consulta. Elise se sentía ansiosa, pero no entendía por qué. Al llegar, la hicieron pasar y responder algunas preguntas. Luego, el médico la examinó con cuidado. Finalmente, tras un largo silencio, el doctor sonrió levemente y dijo: —Muchas felicidades, señorita Lambert. Está embarazada. Elise sintió que el mundo se detenía. Su madre, pálida, llevó una mano a su pecho. —Dios mío… Elise abrió la boca, pero no salieron palabras. Justo en ese momento, lejos de allí, Héctor abordaba su vuelo , sin saber que acababa de dejar atrás algo mucho más grande que cualquier despedida. No solo había abandonado a Elise. Había dejado atrás a su futura familia.
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