El año 1888 es un año que quedará en la memoria de muchas personas por diversos motivos. En EE.UU, fuertes tormentas de nieve arrasaron el país cobrando la vida de cientos de personas inocentes. En Alemania, Wilhelm II fue coronado emperador y en Londres, en junio de aquel año, Annie Besant organizó la famosa “huelga de mujeres” en la fábrica de fósforos, la que fue trascendental para el futuro de la clase trabajadora dentro del eje central del Imperio Británico.
Sin embargo, fue en los anales del crimen donde el año pasó memorablemente a la historia, pues en 1888 la ciudad de Londres fue remecida hasta sus cimientos por una serie de asesinatos violentos y diabólicos nunca antes visto en el historial policial del Reino Unido. En el espacio de unas pocas semanas, la gran metrópolis fue testigo de varios asesinatos muy despreciables que, hasta el día de hoy, han logrado la inmortalidad y la deshonra de su autor. Las calles de las zonas de Whitechapel y de Spitalfields, en particular, se volvieron aterradoras por causa del desconocido y, hasta ahora, anónimo asaltante llamado Jack, el destripador, quien aparecía y desaparecía como un fantasma en la noche, dejando tras él un rastro de sangre, muerte y horror.
Sin embargo, poco se sabe de otra serie de asesinatos que tuvo lugar en Londres en aquella época. Mientras Jack, el destripador, asestaba sus golpes con aparente impunidad en las miserables y sucias calles infestadas de ratas del East End de Londres, otro asesino menos espectacular, pero no por eso menos peligroso, merodeaba a muy poca distancia del escenario donde actuaba el Destripador, sorprendiendo con infalible regularidad en menos de 24 horas después de cometidos los crímenes.
Con los recursos de la fuerza policial metropolitana desplegados casi hasta el límite en la búsqueda de Jack, el destripador, y con los titulares de la prensa popular
vociferando sus atrocidades casi a diario, no es sorprendente que la historia de los otros asesinatos menos relevantes haya sido relegada apenas a un pie de página en los periódicos. Aun así, con la manipulación política que tenía lugar para reprimir las noticias de la segunda serie de asesinatos en un intento por evitar una reacción violenta del público no solo en contra de la policía, sino también del gobierno, y con una investigación obstaculizada a distintos niveles por la interferencia de la autoridad, la historia de los llamados “asesinatos subterráneos” es la que se narrará en las siguientes páginas.
Hoy en día, el tren subterráneo de Londres, conocido casi universalmente como The Tube (el metro), transporta a miles de pasajeros cada año de manera relativamente cómoda y segura, tanto sobre como bajo las calles de la capital.
The TubeEn la época de la reina Victoria, sin embargo, el ferrocarril subterráneo fue una nueva proeza de innovación que hizo brillar la ingeniería y que, incluso, dejó su marca permanente en la infraestructura de la ciudad. A pesar de que contaba con locomotoras a vapor y sus vagones eran fríos y a menudo incómodos, plagados de gases nocivos provenientes de las mismas máquinas y de los túneles, el tren era popular especialmente para las clases trabajadoras a las que brindaba un medio de transporte barato y muy confiable para la mayoría que se desplazaba grandes distancias hacia o desde su lugar de trabajo o a buscar empleo, lo que hasta ahora no había sido posible. Este nuevo sistema de transporte también se transformó en el lamentable escenario de los crímenes que se presentan dentro de las páginas de este libro.
Gracias a la liberación de ciertos documentos de los archivos de Scotland Yard bajo la reciente ley de Libertad de Información del Reino Unido, ha sido posible narrar este misterio policial poco conocido, por lo que, sin más vueltas, les pido que me acompañen a un viaje atrás en el tiempo hasta el otoño de 1888 en Londres, en una mañana fría y más bien nubosa…