En el momento en que la puerta se cerró tras Armando, Lukas sintió que su corazón se aceleraba. Era su oportunidad. Con determinación en sus ojos azules, tomó el teléfono y marcó un número. —Necesito dos caballos. Los mejores que tengas —, ordenó sin titubear. —Uno n***o como la noche y una yegua blanca resplandeciente. Pidió alimentos, las sillas, y todo lo que necesitaba para su cuidado. Allí había unos establos, los cuales se puso a limpiar para recibir los ejemplares. Ese mismo día, en horas de la tarde, mientras trabajaba y esperaba la entrega, Lukas no podía dejar de pensar en Sofía. Recordaba vívidamente los pósteres de caballos que adornaban su habitación, la forma en que sus ojos brillaban al hablar de equitación, por eso pensó que de esa manera podía llegar a ella. —Esto ti

