Capítulo 26: Seis Meses Después**

940 Words
Tengo seis meses viviendo como un fantasma en Nueva York, una ciudad que no me pregunta mierda ni me da lástima, solo me deja caminar solo con mis demonios a cuestas. Medio año desde que el escándalo explotó como una bomba en cadena nacional y nos dejó a todos desnudos frente al mundo, expuestos como carne cruda bajo luces que queman. Seis meses desde que aprendí que el silencio también duele como el carajo… pero enseña lecciones que no se olvidan. Nueva York no me recibió con abrazos ni fanfarrias. Me ignoró, como si yo fuera solo otro pendejo roto en una ciudad llena de ellos. Y lo agradecí desde el fondo del alma, porque no tenía fuerzas para fingir que todo estaba bien ni para explicar mi mierda a nadie. Llegué solo, con una maleta que pesaba menos que todo lo que dejé atrás: el divorcio sangriento, la reputación hecha trizas, el amor que se fue al carajo. Compré la torre sin mirar atrás ni un segundo. Cincuenta y dos pisos de vidrio y acero frío en el corazón financiero de la ciudad, donde el dinero fluye como sangre y nadie pregunta de dónde viene. Ahí levanté mi nuevo imperio, desde cero otra vez: juntas directivas interminables que duran hasta la madrugada, inversionistas europeos que exigen resultados ayer, fondos asiáticos que no perdonan errores, socios que solo creen en números y poder puro. Volví a ser el CEO que nunca debí dejar de ser, el que cierra deals con sonrisa falsa y mano de hierro. Trabajo. Estrategia. Control absoluto. Eso es lo que me mantiene vivo, lo que me impide derrumbarme del todo. De día soy el magnate que todos respetan y temen, el que firma contratos millonarios sin pestañear. De noche… soy el hombre que aún sueña con Ámsterdam, con Lia, con su coño apretándome, con su “más, Sebastian, no pares” que ecoa en mi cabeza como maldición. No hay reunión que borre su nombre de mi mente. No hay contrato que calle ese recuerdo que quema. No hay whisky que ahogue el vacío que dejó. Aprendí a convivir con mis fantasmas día a día. No los expulso ni los ignoro. Los siento. Los escucho. Y sigo caminando, aunque duela como el carajo. Viajo a Italia cada vez que puedo, cada fin de semana que el calendario me permite. Sofía es mi ancla, mi verdad limpia en medio de tanto lodo. Mi hija de 15 años, con rizos oscuros y sonrisa que ilumina, me espera en la casa de mi madre con abrazos que curan un poco. —Papá, ya no me duele tanto —me dijo una vez, abrazándome fuerte en el jardín, el sol de Toscana calentando nuestra piel—. Pero extraño cómo éramos antes. La miré, ojos húmedos. —Yo también, princesa. Pero estamos reconstruyendo, paso a paso. Sofía volvió a sonreír sin miedo, sin sombras. Va a la escuela local, tiene amigas nuevas que no saben de escándalos, juega fútbol en el patio, ríe con esa risa inocente que me recuerda por qué luché. Su corazón sanó poco a poco. Perdona como solo los niños saben hacerlo, sin rencor que pesa, sin cálculo que envenena. Los fines de semana juntos son sagrados, intocables. Helado en la plaza, paseos por los viñedos, risas simples que no cuestan. Nada de abogados ni pleitos. Nada de guerra pasada. Solo ella y yo, padre e hija, reconectando lo que se rompió. Isabel también siguió su camino, aunque duele admitirlo. Ahora tiene una relación con un contador francés, un hombre correcto y discreto, sin drama ni escándalos que la persigan. Viaja por Europa, se cuida en spas caros, se da gustos que antes compartíamos. Viene a Italia a ver a Sofía cada mes, cumple su rol de madre con precisión, sin fallar. Ya no pelea como antes. Ya no grita ni manipula. Nos miramos con distancia educada cuando coincidimos, dos adultos que se rompieron mutuamente pero aprendieron a no hacerse más daño innecesario. —Papá, mamá está mejor —me dijo Sofía una tarde, mientras caminábamos por el pueblo—. No es la misma, pero… intenta. Asentí, pecho apretando un poco. —Todos intentamos, princesa. Lia… Ámsterdam sigue siendo roja, sigue siendo su cárcel elegida. Lia dejó aquel hombre mayor que vi en las fotos, el que me destrozó el alma. No hubo futuro ahí, nunca lo hay cuando todo empieza desde el vacío y la necesidad. Volvió a la rutina dura: clientes adinerados que pagan por horas, trajes caros que se quitan rápido, esposas que no saben ni sospechan, anillos que pesan menos que el deseo fugaz. Luces encendidas toda la noche. Sonrisas aprendidas en el espejo. Cuerpo disponible para quien paga el precio. Pero por dentro… nada. Vacío puro. No es la misma que conocí. Algo se le quebró aquella noche en que me vio irse. Algo se apagó para siempre. A veces mira la calle como esperando que alguien aparezca entre la lluvia fría. No sabe a quién espera exactamente, pero lo siente en el pecho. Sabe que, si algún día vuelve a verlo, no será en una vitrina sucia ni con promesas rotas. Sebastian sigue siendo su pensamiento prohibido, el que duele de noche. Su error más amado, el que no se borra. Su recuerdo más caro, el que quema sin piedad. Sebastian… Nueva York es mi refugio ahora, pero no cura del todo. Italia reconcilia con el pasado familiar. Ámsterdam destruye sin piedad lo que queda. Y yo… yo estoy justo en el medio, aprendiendo a respirar otra vez. **¿El tiempo cura o solo enseña a fingir?**
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD