Al día siguiente, en la oficina del piso alto de Manhattan, el sol entraba por los ventanales panorámicos, iluminando el escritorio de caoba pulida, papeles apilados, laptop abierta con números que no veía. Me senté en la silla de cuero ergonómica, café n***o en mano, pero la mente no estaba ahí. Estaba en la noche anterior, en el apartamento de Lia, en el reencuentro que no planeé pero que explotó como bomba. El silencio de la oficina me dejó recordar todo, detalle por detalle, el fuego que no se apaga.
Flashback a esa noche: entré al apartamento de Lia, puerta cerrando detrás, lluvia aún goteando de mi abrigo. Ella descalza, cabello suelto húmedo, camiseta vieja pegada a la piel, pezones endurecidos visibles. No nos tocamos al principio, solo nos miramos fijo, aire cargado de tensión que vibraba.
—Vete, Sebastian —dijo, voz temblando, pero no se movió.
—Lo sé —admití, quitando abrigo.
Nos quedamos en silencio pesado. Cuando la toqué, mano en su cintura, ella tembló entera. Cerró ojos, empujó mi pecho… luego se rindió. La besé con rabia acumulada, labios chocando, lengua entrando profunda, saboreando sal y deseo viejo. La empujé contra pared, manos bajando camiseta, pechos expuestos, pezones duros que lamí lento, succionando fuerte hasta jadear.
—Sebastian… no —murmuró, pero manos en mi cabello tirando.
La levanté, piernas alrededor cintura, llevándola a cama revuelta. La tiré suave, quitando pantalones, bragas mojadas. Mi v***a dura bajo pantalón, liberándola rápido. Me posicioné entre piernas, lamiendo coño hinchado, lengua trazando círculos en clítoris, succionando jugos calientes que goteaban. Ella arqueó espalda, gimiendo ronco, “más, joder”, manos apretando sábanas.
Entré despacio, v***a gruesa estirándola, centímetro por centímetro hasta bolas contra coño. Ritmo lento al principio, embestidas profundas que nos hacían jadear dúo. Aceleré, follándola duro, caderas chocando palmadas húmedas, mano en garganta apretando leve, otra frotando clítoris. Ella gritó orgasmo, coño apretándome como vicio, ordeñándome. Me corrí dentro, semen caliente inundándola, colapsando sobre espalda sudorosa.
No hablamos futuro. Solo existimos, cuerpos enredados, placer crudo borrando dolor por horas.
De vuelta al presente, tiro café contra pared, taza rompiéndose. La historia se repite: Isabella manipulaba, Lia dejó vacío, ahora Pamela nota frialdad. Me comprometí rápido para olvidar, pero Lia presente. Por Dios, me vuelvo loco.
**¿Qué hago ahora?**
: El Día Después**
Lía
Al día siguiente del encuentro bajo la lluvia, despierto con el cuerpo pesado y el alma hecha trizas. Nueva York amanece gris, luz filtrándose por cortinas baratas del apartamento. Me quedo en cama, sábanas revueltas oliendo a él aún, recuerdo de beso desesperado que no debí permitir. Lágrimas rodan sin permiso, pecho apretado como vicio.
Me levanto lento, pies fríos en piso madera. Cocina pequeña, café n***o amargo en taza rota. Miro ciudad por ventana: rascacielos indiferentes, gente corriendo abajo. ¿Por qué vine? Para reconstruirme, pero él apareció, rompiendo todo.
Pienso en beso: labios chocando, lengua invadiendo, manos apretando como si pudiera retenerme. Me dejé llevar un segundo, cuerpo recordando placer viejo, pero aparté. No por fuerza, por miedo. Miedo a repetir: él perdiendo familia por mí, yo puta que no merece.
Trabajo restaurante: uniform n***o, sonrisa falsa, sirvo platos sin mirar. Propinas caen, pero mente en él: “Mi vida eres tú”. Mentira. Su vida es Pamela, rubia perfecta, compromiso, boda planeada. Mía es soledad, turnos noche, recuerdos que queman.
Carla voz eco: “Busca felicidad, mija. Busca Sebastian”. Pero no. No quiero ser razón su ruina otra vez. Sofía sufre ya. Divorcio por mí. No más.
Noche, sola en apartamento: sofá gris, lámpara luz cálida, vistas canal no. Nueva York. Lloro silencio. ¿Por qué besé? Porque amo aún. Pero amor no basta. Debo vivir sin él.
Aprendo: caminar sin buscarlo, respirar sin nombre, existir sin esperar. Duro, pero necesario.
**¿Podré olvidar?**