Lo vi alejarse sin mirar atrás ni un segundo, su espalda recta desapareciendo entre la multitud de la calle mojada, bajo las luces rojas que parpadean como heridas abiertas que nunca cicatrizan. Cada paso suyo era un clavo más en el pecho, un eco que se repetía en mi cabeza: se va, se va, se va. Eso fue lo que más dolió, lo que me dejó el pecho vacío y el alma hecha pedazos irreparables. Sebastian caminó con la espalda recta, como esos hombres que ya lo perdieron todo pero se niegan a regalarle el último gesto al dolor, como si el mundo no le importara aunque por dentro se estuviera desangrando vivo. Yo me quedé clavada en la acera fría y sucia, bajo las luces rojas que nunca se apagan, sintiéndome exactamente lo que siempre he sido para el mundo: un error bien maquillado, una puta con su

