Capítulo 7: Lía – Jardines Secretos

1252 Words
El aire de abril en Keukenhof es un bálsamo embriagador, cargado con el perfume dulce de millones de tulipanes que se extienden como un tapiz vivo bajo el cielo nublado de Holanda. Sebastian y yo escapamos de Ámsterdam esa mañana, en el Bentley n***o de él que devora los kilómetros por la A4 como un depredador silencioso. —Necesitamos aire fresco —me dijo al amanecer, besándome el cuello mientras aún me desperezaba en las sábanas revueltas del ático—. Algo que no huela a canales ni a mentiras. Accedí sin pensarlo dos veces, el peso de la deuda pagada —gracias a su “anónimo”— aligerando los hombros por primera vez en meses. Pero en el fondo, una vocecita susurraba dudas: ¿era esto real, o solo otro capricho de un hombre que podía comprar jardines enteros? Llegamos al mediodía, cuando los turistas aún no inundan los senderos de grava blanca. Sebastian estaciona en un rincón apartado, pagando al guarda con un billete discreto para que “no nos molesten”. Tomados de la mano —un gesto tan simple que me duele el pecho—, caminamos entre los campos ondulantes: rojos furiosos, amarillos como soles diminutos, violetas que susurran secretos al viento. Él lleva una chaqueta de tweed que lo hace parecer un lord inglés fugado de un cuadro, y yo, un vestido floreado prestado de su armario —seda ligera que roza los muslos con cada paso, recordándome la noche anterior, cuando me ató y me azotó hasta que lágrimas de placer surcaban el rostro. —Recuérdame cuando era niño —murmura Sebastian, deteniéndose frente a un arco de tulipanes rosados que forman un túnel natural—. Mi madre me traía aquí, antes de que todo se volviera… números y juntas. Olía igual: a tierra húmeda y promesas. Lo miro, su perfil cincelado contra el cielo plomizo, y siento un tirón en el vientre que no es solo deseo. Quiero odiarlo por ser tan perfecto en su imperfección, por confesar fragmentos de su alma mientras guarda el resto bajo llave. —Yo pintaba flores como estas —confieso, rozando un pétalo con la yema del dedo—. En la academia. Soñaba con exposiciones, no con… vitrinas rojas. ¿Crees que algún día volveré a eso? Se gira, atrayéndome contra su pecho, el latido de su corazón un tambor constante bajo la lana. —Lo harás. Te compraré un estudio en el Jordaan, con vistas al canal. Pintarás lo que quieras, y yo… yo seré tu musa sucia. Su risa vibra contra mi oreja, y antes de que pueda protestar, me besa: lento al principio, labios suaves como pétalos, la lengua explorando con una ternura que contrasta con sus folladas salvajes. El beso se profundiza bajo la amenaza de lluvia, sus manos enredándose en mi cabello rubio, tirando lo justo para arquearme contra él. Siento su erección presionando contra el vientre, dura y prometedora, y un gemido escapa de la garganta, ahogado por la boca de él. La lluvia llega de golpe, un diluvio primaveral que nos empapa en segundos, convirtiendo los senderos en ríos de barro. Reímos como niños, corriendo hacia un pabellón abandonado en el borde del jardín —un invernadero viejo con vidrios empañados y enredaderas que trepan como amantes desesperados—. Dentro, el aire es cálido y húmedo, cargado de tierra mojada y el aroma de nuestros cuerpos. Sebastian me acorrala contra una pared de cristal, el agua goteando de su cabello a sus hombros, y levanta el vestido con urgencia, exponiendo los muslos al aire fresco. —Aquí, ahora —dice, sus ojos azules oscurecidos por el hambre—. Nadie nos ve. Solo tú y yo, Lía. Déjame follarte como mereces. Jadeo, el vestido pegándose a las curvas como una segunda piel translúcida, los pezones endurecidos visibles bajo la seda. —Sí… pero despacio. Hazme rogar. Obedece, arrodillándose en el suelo de tierra, sus manos separando las piernas con reverencia. Besa el interior de los muslos, lamiendo gotas de lluvia que saben a sal y deseo, hasta llegar al coño —ya húmedo, hinchado por la anticipación—. Su lengua traza un camino lento: primero los labios mayores, separándolos con la punta, luego el clítoris, succionándolo con una presión que me hace arquearme contra el vidrio. Enredo los dedos en su cabello mojado, tirando con fuerza, y gimo cuando introduce dos dedos, curvándolos dentro para rozar ese punto sensible que me vuelve loca. —Sebastian… joder, no pares —suplico, las caderas moviéndose en un ritmo desesperado, el placer construyéndose como una tormenta contenida. Me lame hasta el borde, deteniéndose justo antes del clímax, y se levanta para desabrochar sus pantalones. Su v***a salta libre, venosa y reluciente con pre-semen, y la tomo en la mano, masturbándolo con strokes lentos que lo hacen jadear. —Dentro de mí —exijo, guiándolo a la entrada—. Fóllame contra este vidrio, como si fuéramos salvajes. Sebastian me levanta, las piernas envolviéndolo por la cintura, y me penetra de un empujón profundo que me llena hasta el fondo. El vidrio frío contra la espalda contrasta con el calor de él dentro, sus embestidas rítmicas y profundas, cada una rozando el cervix con una fricción que me hace ver estrellas. La lluvia martillea el techo como un aplauso obsceno, y nos movemos al unísono: los pechos rebotando contra su camisa empapada, uñas clavándose en su espalda, besos mordidos que saben a tulipanes y lágrimas. Me corro primero, un orgasmo que me sacude como un rayo, las paredes internas apretándolo en espasmos que lo ordeñan. Él me sigue segundos después, derramándose dentro con un jadeo ahogado, su semen caliente mezclándose con mis jugos, goteando por los muslos mientras me sostiene, temblando. Nos quedamos así, jadeantes y enredados, el mundo reducido a nuestras respiraciones entrecortadas. Sebastian me baja con gentileza, besando la frente sudorosa. —Eres todo lo que quiero, Lía. Olvida el resto. Pero el “resto” no olvida. El teléfono de Sebastian vibra en su bolsillo, un zumbido insistente que corta el hechizo como un cuchillo. Lo saca, el nombre en la pantalla helándole la sangre: Isabella. Contesta con voz neutra, pero veo el cambio —la mandíbula tensa, los ojos evitando los míos—. —Sí, amor. Estoy en una reunión. Vuelvo mañana. Cuelga rápido, pero el daño está hecho. El invernadero se siente de pronto claustrofóbico, la lluvia un lamento fúnebre. —¿Era ella? —pregunto, ajustándome el vestido con manos temblorosas, el semen aún cálido entre las piernas un recordatorio pegajoso de la rendición. Sebastian suspira, pasándose una mano por el cabello mojado. —Solo chequeando. Nada importante. Pero no soy idiota. —¿Nada importante? ¿O solo tu esposa perfecta recordándote que soy el juguete rico del momento? ¿Cuánto tiempo antes de que te aburras de los jardines y vuelvas a tu jaula dorada? Las palabras salen afiladas, nacidas de un miedo que me araña el pecho. Me alejo un paso, el barro pegándose a los zapatos, sintiéndome expuesta no por el sexo, sino por el corazón que empieza a latir demasiado fuerte. Él me alcanza, tomándome por el brazo. —No eres un juguete. Eres… todo. Dame tiempo, Lía. Por favor. La lluvia arrecia, borrando los tulipanes en una cortina gris, y me pregunto si el jardín secreto es solo otro espejismo, listo para marchitarse al primer rayo de realidad. ¿Llegará Isabella antes de que él elija?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD