Capítulo 35: Bajo la Lluvia, Lo Que No Dijimos**

1194 Words
Sebastian Desde la galería algo se rompió en mí de verdad. No fue solo verla ahí, parada entre cuadros que sangraban emociones. Fue no poder sacarla de la cabeza después, como si su presencia hubiera abierto una herida que creí cerrada. Lia se me metió en la mente como una idea peligrosa en una junta directiva: cuando aparece, todo lo demás pierde sentido y prioridad. Firmo contratos millonarios sin leerlos bien, apruebo inversiones que antes analizaría horas, lidero reuniones con voz firme pero mente en otro lado. La oficina en el piso alto de Manhattan brilla con luces de la ciudad abajo, pero por dentro estoy revuelto, obsesionado con preguntas que no paran: ¿qué hace ella en Nueva York? ¿Por qué no contestó nunca? ¿Qué quedó de Ámsterdam, del Barrio Rojo, de la vitrina donde la encontré? Trabajo hasta tarde, la oficina queda en silencio total, Manhattan brilla abajo como promesa falsa que ya no creo. Me quedo solo, cigarro en mano, mirando la ciudad que no duerme. La obsesión crece: recuerdos de Lia gimiendo bajo mí, su cuerpo abriéndose, su “más, Sebastian, no pares” que ecoa como maldición. Pero también recuerdos de silencio, de llamadas sin respuesta, de fotos que me destrozaron. No es solo deseo. Es rabia. Culpa. Necesidad de entender por qué se fue, por qué no luchó, por qué me dejó solo con el vacío. Pamela nota el cambio, aunque no diga nada al principio. Pamela No soy tonta ni ciega. Sé cuándo un hombre se va sin irse del todo. Sebastian está conmigo, pero no está completo. Su frialdad no es desamor puro, es distracción profunda. Y la distracción tiene nombre, aunque todavía no lo pronuncie en voz alta. Esa mujer. La de la galería de arte. No es una aventura pasajera. Las aventuras no dejan silencio pesado. Esa tipa dejó preguntas que no paran, que lo comen por dentro. —¿La conoces de antes? —le pregunto una noche en la cama, después de una follada intensa que él inició con rabia contenida, voz midiendo cada palabra, sonrisa de manual que no llega a los ojos. —Es del pasado —responde seco, mirando el techo, cuerpo aún sudoroso. El pasado no regresa así como así, sin aviso, pienso. El pasado no te deja obsesionado semanas después. —¿Qué tiene que ver en tu vida ahora? —insisto, voz subiendo un poco, incomodidad creciendo como fuego lento. —Nada —dice, pero la mentira se nota en la voz tensa. —¿Y en tu frialdad conmigo? —pregunto directo—. Porque desde esa galería estás distinto. Distante. Como si algo te comiera por dentro. Se gira, ojos azules clavados en mí. —Pamela, es complicado. Viejo. No vale la pena. Pero sí vale. Lo veo en su mirada perdida, en cómo folla con rabia que no es por mí, en cómo duerme poco y mira el teléfono como si esperara algo que no llega. Y por primera vez desde que lo conozco, no me siento segura en este lugar que conquisté. La lluvia Llueve como si Nueva York quisiera lavar culpas que no se borran. Estoy dentro del auto de lujo, motor apagado, frente al restaurante italiano donde trabaja. No planeé esto con calma. Simplemente ocurrió. La obsesión no avisa, actúa sola. Aparqué aquí horas, esperando que salga del turno, lluvia golpeando parabrisas como tambor. La veo salir al fin. Abrigo oscuro mojado, cabello recogido, cansancio en los hombros que conozco bien. Lia. Abro la puerta rápido. La lluvia me empapa al instante, traje caro arruinado, pero no me importa mierda. —Lia —la llamo, voz saliendo ronca. Se detiene en seco bajo la lluvia. No se sorprende del todo. Como si supiera que esto iba a pasar tarde o temprano. —No deberías estar aquí —dice, sin mirarme directo, voz temblando bajo el agua. —No pude quedarme sin respuestas más tiempo —respondo, acercándome, lluvia cayendo fuerte—. No después de la galería. No hablamos ahí. Pamela estaba. Pero ahora sí. Dime qué pasó con tu vida en Ámsterdam. El Barrio Rojo. La vitrina. Tu amiga Carla. Todo. Su cuerpo se tensa visible, hombros subiendo como defensa. —No digas su nombre así —susurra, voz quebrándose—. No lo digas. La miro fijo. Y entiendo que toqué algo que aún sangra vivo, algo que duele más que todo. —Carla murió —dice al fin, con la voz rota en pedazos, lágrimas mezclándose con lluvia—. SIDA. La vi apagarse en una cama, Sebastian. Día tras día, sin poder hacer nada. Yo no pude salvarla de esa mierda. El golpe es seco y brutal. No lo vi venir ni lo imaginé. —Yo… no lo sabía —digo, voz saliendo baja, pecho apretando. —No sabías muchas cosas —me mira por fin, ojos llenos de dolor y rabia—. Porque no estabas. Porque te fuiste creyendo que yo era fuerte, que podía sola con todo. —Te llamé cientos de veces —digo, la rabia subiendo como fuego—. Fui a buscarte a Ámsterdam. Y te vi con clientes. ¿Qué querías que pensara, carajo? Las lágrimas le corren sin permiso, mezcladas con lluvia que no para. —¿Y tú creíste que eso era felicidad? —me grita, voz rompiéndose—. ¿De verdad creíste que yo elegí esa vida por gusto? La rabia se vuelve impulso puro. La tomo del rostro mojado y la beso con fuerza. No es suave. No es bonito. Es desesperado, crudo, lleno de meses de silencio y dolor. Ella responde por un segundo largo. Porque el cuerpo recuerda aunque el alma no quiera, labios abriéndose, lengua encontrando la mía, manos en mi pecho. Luego se aparta de golpe. Me empuja fuerte. —No —dice, voz agitada—. Basta de esto. Respira fuerte, pecho subiendo y bajando. —Déjame en paz. Tú tienes una vida nueva. Un compromiso. Una rubia perfecta. —Mi vida eres tú —respondo sin pensar, voz quebrada—. Siempre lo fuiste, Lia. Ella niega con la cabeza, dolida hasta el hueso. —No hay nada, Sebastian. Nada. Tú no luchaste por mí cuando importaba de verdad. —¡Claro que luché! —estallo, rabia saliendo—. Me divorcié de Isabella. Te busqué. Te llamé cientos de veces antes de firmar papeles. ¿Qué diablos te pasaba que no contestabas? —Me estaba muriendo por dentro —responde, voz temblando—. Y tú no lo viste. No estabas. Silencio. La lluvia cae más fuerte, empapándonos. —Quiero ser feliz a tu lado —digo, quebrado—. No me rechaces más, Lia. Ella me mira. No con amor. Con despedida final. —La felicidad no se pide tarde —dice—. Se defiende a tiempo, Sebastian. Se da la vuelta y se va bajo la lluvia. Yo me quedo ahí. Empapado. Entendiendo, demasiado tarde, que hay batallas que se pierden no por falta de amor… sino por falta de presencia cuando más se necesitaba. **¿Podré dejarla ir de verdad?**
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