Tengo 25 años y estoy sentada en el baño del departamento, mirando el espejo empañado después de una ducha que no limpió nada. El cuerpo me duele raro hace semanas: el cansancio que no se va con nada, la fiebre baja que viene y va como castigo, las llagas en la boca que arden como fuego, y un peso en el pecho que no es solo por ver a Lia destrozada. Ámsterdam parece más gris desde que Sebastian se fue. Lia volvió al Barrio Rojo conmigo, pero ella no contesta sus llamadas, no quiere saber nada de él. Yo la veo sufrir cada día, pero ahora soy yo la que siente que algo me carcome por dentro, algo que no me deja dormir.
—Carla, ¿estás bien? —pregunta Lia desde la cocina, voz llena de preocupación que me rompe un poco más.
Salgo envuelta en la toalla, la piel todavía húmeda y fría, y me siento en el sofá de cuero que Sebastian pagó hace meses, el que huele a lujo que ya no sentimos.
—No, mija. Me siento como mierda. Dolor de cabeza constante, cuerpo débil como si me hubieran follado un regimiento entero sin parar, llagas en la boca que no sanan.
Lia se acerca rápido, los ojos verdes llenos de miedo, el pelo rubio suelto cayendo por los hombros.
—Desde hace días estás así. Vamos al médico. Mañana mismo. No acepto no.
Niego con la cabeza, pero sé que tiene razón. El departamento es un paraíso falso: la cocina de granito n***o con la nevera llena de vinos caros que no tocamos, el baño con la bañera de patas de león y sales aromáticas que ya no usamos, las vistas al canal donde barcos flotan como sueños lejanos. Todo pagado por Sebastian, pero ahora es cárcel de recuerdos que duelen.
—Está bien. Mañana vamos. Pero tú también necesitas chequeo. Sigues delgada, no comes casi.
Lia ríe amarga, voz temblando.
—Estoy bien. Solo… clientes. Permiso, turno nocturno.
Se va, el vestido rojo corto pegado al cuerpo, los tacones clac clac en el pasillo. Yo me quedo sola, el cuerpo temblando de miedo y cansancio.
Al día siguiente vamos al médico. La clínica discreta cerca del Barrio Rojo, para putas como nosotras que no pueden ir a hospitales grandes. La espera larga, el olor a desinfectante que revuelve el estómago. Lia me toma la mano fuerte.
—Todo saldrá bien —dice, voz temblando—. Sea lo que sea, juntas.
Entramos. El doctor holandés, cincuenta años, ojos cansados de ver demasiado.
—Dime síntomas —pregunta, voz neutral y fría.
—Cansancio extremo que no se quita, fiebre baja que viene y va, llagas en la boca que arden, dolor en articulaciones, pérdida de peso sin razón —digo, voz ronca y baja.
Me mira, asiente serio.
—Exámenes de sangre, orina, todo. Posible infección grave. Resultados en varios días.
Salimos, Lia me abraza fuerte en la calle.
—Sea lo que sea, no estás sola. Te tengo.
Días pasan lentos y pesados. Los clientes buscan a Lia sin parar: políticos corruptos que pagan extra por discreción, turistas ricos que quieren “americana fresca”, hombres casados que llegan tarde y salen rápido. Una noche: empresario alemán, v***a gruesa y pesada, me folla duro vaginal en la habitación pequeña, azota el culo con mano abierta, corre dentro jadeando como animal. Salgo, semen goteando muslos, dinero en la mesita, cuerpo dolorido.
Lia entra después del turno, los ojos rojos de cansancio.
—¿Otro cliente? —pregunto, voz débil.
—Sí. Político. Folló boca, vaginal, anal. Gritó placer, pero pensé en Sebastian todo el tiempo.
Lloro con ella, abrazándola.
—Sebastian llama. Dice divorcio pasó, vuelve. Pero no contesto. No quiero vuelva. No por mí destruyó familia.
—Lia, ama ti. Lucha ti —digo, voz temblando.
—No. Puta soy. No merezco. Putas no tienen finales felices.
El teléfono vibra: doctor.
—Resultados listos. Ven mañana urgente.
Noche sin dormir. Mañana, la clínica. El doctor grave, voz baja.
—Carla, positivo VIH. SIDA avanzado. Contagio probable por clientes sin protección. Tratamiento inmediato, pero… el virus está muy avanzado. Me temo que no te queda mucho tiempo.
Lia me sostiene, llorando fuerte.
—¿Qué significa? —pregunta, voz temblando.
—Significa que necesitamos empezar tratamiento antirretroviral ya, pero… —pausa, buscando palabras— el daño ya está hecho. Es cuestión de tiempo.
Salgo tambaleando, piernas débiles. Lia me abraza en la calle, gente pasando sin importar.
—Otro dolor para ti, mija. Vida puta. Pero juntas. No te dejo.
Lloramos en el taxi. El departamento parece tumba. Los clientes buscan a Lia, pero ahora todo cambió para siempre.
*¿Cómo enfrentaremos esto juntas?* 😔