Capítulo 38: El miedo de Pamela
Pamela
El miedo no siempre grita.
A veces se sienta derecho, cruza las piernas y sonríe en cenas importantes.
El mío empezó una mañana cualquiera, en el baño, frente al espejo. Me estaba maquillando cuando lo vi: Sebastian detrás de mí, ajustándose el reloj, ausente. No me miraba. No me veía.
—¿Te quedas a cenar hoy? —pregunté, delineándome los ojos con precisión quirúrgica.
—No sé —respondió—. Tal vez llegue tarde.
“Tal vez”.
Antes decía “sí” o “no”. Ahora vivía en el tal vez.
Asentí, elegante, como si no me importara. Como si no sintiera esa grieta abriéndose lenta bajo mis pies.
Se fue sin besarme.
Ahí lo supe.
No fue una revelación dramática. Fue peor: una certeza silenciosa.
Sebastian nunca había superado a Lía.
No importaban los meses.
No importaba el escándalo.
No importaba que ella ya no estuviera en su vida de forma visible.
Seguía ahí.
Como una astilla bajo la piel.
Ese día cancelé todo. Almuerzos, llamadas, reuniones sociales. Me quedé en el apartamento, con el expediente cerrado sobre la mesa, mirándolo como si pudiera morderme.
Lo abrí otra vez.
Lía.
Leí su nombre despacio, como si al hacerlo pudiera invocarla o exorcizarla. Ninguna de las dos cosas ocurrió.
Lo que ocurrió fue peor: empecé a compararme.
Ella no tenía mi apellido.
Ni mi dinero.
Ni mi educación.
Ni mi mundo.
Pero tenía algo que yo no podía comprar.
Había sido elegida sin cálculo.
Sebastian la había amado cuando no convenía. Cuando dañaba su imagen. Cuando lo hacía vulnerable. Cuando lo arrastraba al borde.
A mí me eligió cuando necesitaba estabilidad. Orden. Control.
Eso no es amor.
Eso es estrategia.
Sentí el pánico subir elegante, silencioso, traicionero.
No lloré.
No grité.
No rompí nada.
Las mujeres como yo no pierden el control. Lo administran.
Por la noche, cuando Sebastian regresó, lo observé desde el sofá. Se quitó el abrigo. Se aflojó la corbata. Se sirvió un trago sin preguntarme si quería algo.
—¿Estás cansado? —pregunté.
—Un poco.
—¿Pensando?
Me miró entonces. Un segundo de más de lo necesario. Error clásico.
—Siempre.
Me levanté, caminé hasta él, le acomodé la corbata como si aún fuera necesaria.
—¿En ella? —dije, suave. Sin acusar.
Su mandíbula se tensó.
Silencio.
No lo negó.
Eso fue la confirmación final.
Retrocedí un paso, manteniendo la compostura. Sonreí incluso.
—No te preocupes —dije—. Todos tenemos fantasmas.
Pero por dentro, algo se quebró con ruido seco.
Esa noche no dormí.
Pensé.
Planifiqué.
Entendí que Lía no necesitaba buscar a Sebastian.
Sebastian ya estaba yendo hacia ella, aunque no se moviera.
Y entendí algo más, brutal y claro:
Si él la veía como un amor inconcluso,
yo estaba a punto de convertirme en un obstáculo.
Y los obstáculos…
se eliminan.
No todavía.
No de frente.
No con escándalo.
Con inteligencia.
Con paciencia.
Con miedo bien vestido.
Porque el verdadero terror no es perder a un hombre.
Es perderlo sabiendo que nunca fue completamente tuyo.
Y yo no iba a permitir eso.
Nunca.