Isabella salió del gimnasio con el pulso acelerado. El espejo del ascensor le devolvió una imagen impecable: cabello perfecto, postura de reina, mirada firme. Nadie habría adivinado el torbellino que llevaba por dentro.
Dame tiempo, había dicho.
Pero el tiempo ya no estaba de su lado.
En cuanto subió a su camioneta, marcó un número que conocía de memoria. Sonó varias veces.
—¿Qué quieres ahora? —respondió Sebastián al fin, con voz fría, distante.
—Necesitamos hablar —dijo Isabella sin rodeos—. Cara a cara.
—No hay nada que hablar.
—Sí lo hay —insistió—. Por Sofía.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Ese silencio que ya se había vuelto su idioma.
—Estoy fuera del país —respondió él—. Cuando regrese, veremos.
La llamada terminó sin despedidas.
Isabella apretó el volante.
Siempre tan seguro. Siempre tan tranquilo.
Eso era lo que más la inquietaba.
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Esa misma noche, en una suite de hotel en Caracas, Sebastián observaba la ciudad desde el ventanal. La reunión con los nuevos socios había sido un éxito. Firmas, acuerdos, poder expandiéndose como un imperio silencioso.
Marco, su hombre de confianza, entró con una carpeta en la mano.
—Todo está listo —dijo—. Tal como pediste.
Sebastián tomó la carpeta, hojeó los documentos sin prisa.
—¿Y Isabella?
—Se está moviendo —respondió Marco—. Viajes, llamadas… y un entrenador demasiado cercano.
Sebastián sonrió apenas. No era una sonrisa feliz. Era una sonrisa de ajedrecista.
—Déjala —dijo—. Que crea que tiene el control.
—¿Y Lía?
La sonrisa se borró un segundo.
—Lía es… diferente —admitió—. Con ella no juego.
—¿La amas?
Sebastián cerró la carpeta.
—Eso es lo único que Isabella nunca va a entender.
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En Ámsterdam, Lía terminaba su jornada. El Barrio Rojo seguía vibrando, pero ella ya no estaba allí mentalmente. Se quitó los tacones con cansancio y se sentó frente al espejo.
La imagen de Isabella frente a la vitrina volvió a su mente.
La soberbia.
El desprecio.
El miedo disfrazado de poder.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de Sebastián.
> “Pienso en ti. Pronto todo va a cambiar.”
Lía cerró los ojos.
No sabía si creerle… pero quería hacerlo.
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De vuelta en Italia, Sofía dormía tranquila en la casa de su abuela, ajena a la guerra que se libraba por ella.
—Todo esto es por ti —susurró—. Todo.
Pero incluso ella sabía que ya no se trataba solo de su hija.
Se trataba de orgullo.
De poder.
De no perder.
Isabella tomó su teléfono y abrió una carpeta oculta.
Fotos.
Mensajes.
Pruebas.
El as bajo la manga seguía ahí.
Y el juego… apenas comenzaba.