Narración: Sebastián
Ella cree que no la tengo en mi poder.
Cree que no sé nada.
Ignora las cámaras que mandé a instalar. Ignora el GPS que coloqué en su Runner. Ignora que, mientras juega a ser reina, yo muevo el tablero completo.
Me tranquiliza saber que Sofía decidió su propio destino. Que esté con mi madre, lejos de este pantano. Al margen de esta guerra sucia. Eso fue lo único que hicimos bien Isabella y yo: protegerla del veneno.
El detective fue claro, puntual, profesional. Como siempre.
Flashback
—Señor Hales —me dijo por videollamada—, ya tengo lo que me pidió.
La pantalla se llenó de imágenes.
Isabella.
Jairo.
El gimnasio.
Las miradas.
Las manos.
Las sonrisas que ya no eran inocentes.
—Ese hombre… —continuó el detective— no tiene patrimonio, ni apellido, ni futuro. Vive al día. Pero su esposa… —hizo una pausa— ella ha caído muy bajo, señor.
Apreté la mandíbula.
—¿Más? —pregunté.
—Hay más. Horarios, rutas, encuentros. Todo documentado. Y sí… ella sospecha cero.
Cerré los ojos un segundo.
No por dolor.
Por decepción.
—Envíemelo todo —ordené—. Cada foto. Cada video. Cada registro.
Fin del flashback
Todavía me retumba en los oídos ese mensaje de w******p que Isabella me mandó desde Ámsterdam. Fotos de Lía en el Barrio Rojo. Como si eso fuera un trofeo. Como si no supiera que yo ya estaba roto por dentro.
Yo le dije a Lía que no volviera a ese maldito lugar. Que yo iba a resolver este enredo. Pero Isabella no tenía derecho a ir a Ámsterdam a humillarla. Y Lía… Lía no me contesta las llamadas.
Eso también me duele.
Pero esta historia se acabó.
Ya puse todo en manos de mi abogado. El divorcio es un hecho. Estoy en Venezuela, cerrando negocios para mi nueva empresa, pero cada minuto que pasa quiero llegar a casa. Quiero terminar esto de una vez.
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Por otro lado
Isabella regresó de Ámsterdam. El servicio se encargó de su equipaje y ella subió directo a su habitación. Antes de entrar, se detuvo frente a Leticia.
—¿Mi esposo ya llegó de su viaje? —preguntó.
—No, señora —respondió la criada—. Aún no.
Isabella sonrió.
Perfecto, pensó.
Se dio un baño largo, relajante. Se puso cómoda. La pijama que algún día fue mi favorita. La que me derretía. Quería recibir a su marido como siempre… como si nada hubiera pasado. Como si no se lo hiciera a otra.
Dos horas después, escuchó el vehículo.
Yo.
Se levantó de la cama de un salto y bajó. Me alcanzó en el pasillo. Yo traía la cara cerrada. Fría. Mortal.
Entré. Ella venía detrás, con esa pijama que ya no significaba nada para mí.
—Sebastián… —dijo—. Esa cara que traes, ¿te fue mal?
—No —respondí—. Al contrario. Me fue muy bien. Pero tú y yo tenemos que hablar.
—¿Hablar de qué? —sonrió nerviosa—. Todo quedó en el pasado. Además, Sofía no está. Podemos disfrutar nuestra noche.
—Siéntate, Isabella.
Mi tono no dejaba espacio a juegos.
Se sentó. Nerviosa. Mirándome fijo.
—¿De verdad pensaste que te ibas a salir con la tuya? —dije—. ¿Que ibas a investigarme a mí mientras sigues acostándote con tu entrenador?
Su rostro se descompuso.
—¿Quién… quién te dijo eso? —balbuceó—. Él quiere vengarse de mí, Sebastián.
—Yo te investigué —respondí con calma—. Te puse cámaras. Te puse GPS. En tu Runner.
Se levantó de golpe.
—¿Cómo que cámaras? ¿Cómo pudiste, desgraciado?
—Claro —la miré sin pestañear—. Tú puedes espiarme a mí, pero yo no a ti.
—¡Eres un maldito!
Saqué el teléfono. Le mostré las fotos.
—Mírate. Ahora no puedes hablar de putas ni de zorras cuando tú te convertiste en una.
—¡Me la vas a pagar! —gritó—. ¡Me la vas a pagar, Sebastián!
—Tú empezaste esto —respondí—. Dejé de quererte cuando entendí que nunca me amaste. Y ahora escucha bien.
Me levanté.
—Te doy veinticuatro horas para recoger tus cosas. Mejor aún: yo me voy. Te dejo la mansión por Sofía. No te dejo en la calle por nuestra hija. Mi abogado se pondrá en contacto contigo para que firmes el divorcio y lo que te corresponde.
Ella lloraba.
—La mansión, el Jaguar, la villa de Los Ángeles, el apartamento en Florida y el club serán tuyos y de Sofía. Nada más. Mis negocios y mis propiedades no te tocan. Ni un peso. La custodia será compartida, como Sofía decida.
—Todo esto es por esa puta, ¿verdad? —lloró—. Estás destruyendo todo por ella.
—Te recuerdo que tú también eres otra —respondí—. Yo era un hombre tranquilo. Te quise. Tú no. Hablaré con Sofía. Y no quiero volver a verte. Lo que falte, será por abogados.
—¿Tú crees que esto se acabó? —me desafió.
—Para mí, sí —dije—. Si quieres vengarte, hazlo. Eres libre.
Subí a mi habitación. Empaqué todo. Nunca pensé que me iría de esa casa así. Cerré mi despacho con una llave nueva. Salí con las maletas hacia mi Maserati. Mandé a desalojar documentos importantes.
Reservé un hotel. Un par de noches. Tengo planes. Viajes. Un nuevo comienzo.
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Isabella:
Si él cree que se va limpio, se equivoca.
Tomé mi teléfono y marqué.
—Jacinto —dije—. Tengo información exclusiva. Fotos. Pruebas. Todo sobre Sebastián Hales. Quiero venderlo todo.
Sonreí entre lágrimas.
—Que el mundo sepa quién es. Me la va a pagar.