Capítulo 37: Ecos que no se callan

1242 Words
--- Sebastián Pasaron días desde la galería. Días normales por fuera. Un infierno por dentro. Nueva York seguía funcionando como siempre: taxis amarillos, gente con prisa, reuniones inútiles, contratos firmados sin leer dos veces. Yo también funcionaba. O al menos eso creían. Pero Lía… Lía no se fue. No volvió a aparecer, no llamó, no escribió, no dio señales. Y aun así estaba en todos lados. En el vapor del café de la mañana. En el reflejo de los vidrios del edificio. En el silencio incómodo antes de dormir. En el restaurante había sido un golpe seco. Inesperado. Ahora era otra cosa. Era eco. Y los ecos no se apagan fácil. En la oficina intenté concentrarme. Reunión tras reunión. Directores hablando de cifras, de expansión, de mercados. Yo asentía, hacía preguntas inteligentes, tomaba decisiones rápidas. El Sebastián Hale de siempre. El que no se quiebra. Pero bastaba un segundo de silencio para que mi cabeza volviera allí. Lía sentada en esa mesa. El vestido sencillo. El pelo recogido como antes. Los ojos bajos cuando me vio con Pamela. No me miró como reproche. Me miró como despedida. Y eso… eso fue peor. —Sebastian, ¿estás conmigo? —dijo uno de los socios. Parpadeé. —Sí. Continúa. Mentira. No estaba allí. Estaba en Ámsterdam. En el Barrio Rojo. En esa vitrina maldita donde la vi por primera vez y donde juré que no volvería… y volví. Cerré la reunión antes de tiempo. Necesitaba aire. Me serví un café solo, amargo. Como todo últimamente. Mi teléfono vibró. Pamela. ¿Llegas a cenar? Leí el mensaje dos veces antes de responder. Sí. No puse emojis. No puse nada más. Pamela también leía silencios. Esa noche, el apartamento estaba impecable. Demasiado. Todo en su lugar. Nada fuera de control. Como ella. Pamela llevaba un vestido n***o, elegante, sin esfuerzo. Perfecta para una portada. Perfecta para cualquier hombre que no fuera yo en ese momento. —Llegas tarde —dijo, sirviendo vino. —Mucho trabajo. —Siempre hay trabajo —respondió, mirándome de reojo. Nos sentamos a comer. Hablamos de cosas triviales. Eventos. Una posible escapada. Gente que no me importaba. Yo respondía en automático. Pamela observaba. No preguntaba. No atacaba. Eso era lo peligroso. —Estás lejos —dijo de pronto, sin levantar la voz. —Estoy cansado. —No es cansancio. La miré. Sus ojos no acusaban. Medían. Calculaban. —Desde el restaurante estás distinto —continuó—. No distante… ausente. Clavó el cuchillo en el plato con delicadeza quirúrgica. —¿Vas a decirme qué te pasa o voy a tener que adivinarlo? Suspiré. No tenía energía para otra guerra. —Fue un choque —dije—. Ver a alguien del pasado remueve cosas. Ya está. —¿Ya está? —repitió suave—. Porque yo no siento que “ya esté”. Silencio. —No quiero pelear —agregó—. Solo quiero saber dónde estoy parada. Ahí estaba el problema. Yo tampoco lo sabía. —Pamela… —empecé, pero no terminé. Ella asintió, como si ya hubiera entendido. —Está bien —dijo, levantándose—. Cuando quieras hablar, me avisas. No hubo portazo. No hubo drama. Eso fue peor. Esa noche no dormí. Llovía afuera. La ciudad lloraba por mí. Me levanté, fui al ventanal. Pensé en salir. Pensé en manejar sin rumbo. Pensé en Ámsterdam. Pensé en buscarla. No lo hice. Cobarde. Al día siguiente fue igual. Y el siguiente. La obsesión no gritaba. Susurraba. ¿Y si no estaba bien? ¿Y si necesitaba ayuda? ¿Y si Nueva York la estaba tragando viva? No tenía derecho. Eso me repetía. Pamela empezó a cambiar. Más atenta. Más presente. Demasiado correcta. Me preguntaba horarios. Me tocaba el brazo al pasar. Me hablaba de futuro. De planes. De boda. Yo asentía. Pero algo en mí ya no estaba ahí. Una tarde, mientras me ajustaba la corbata frente al espejo, me di cuenta. No era nostalgia. No era culpa. No era deseo solamente. Era una pregunta sin respuesta. ¿Qué carajos pasó con Lía después de Ámsterdam? Y peor aún… ¿Por qué, después de todo, seguía siendo ella el punto débil de mi armadura? Pamela entró al cuarto, me rodeó la cintura por detrás. —Te ves guapo —dijo. —Gracias. —Te amo, Sebastian. Cerré los ojos un segundo antes de responder. —Yo también. Mentí mejor que en la galería. Pero no lo suficiente. Porque los ecos no se callan. Y Lía… Lía seguía caminando conmigo, aunque ya no estuviera. La investigación Pamela No pregunté nada. No hacía falta. Sebastian ya no disimulaba. Se iba temprano, volvía tarde, el teléfono siempre boca abajo, la cabeza lejos incluso cuando su cuerpo estaba conmigo. Yo lo conocía. Lo había estudiado. Un hombre como él no se pierde por capricho. Se pierde por una mujer. Y yo no pensaba quedarme esperando a que me lo confirmara. La información llegó un martes por la mañana, puntual, discreta, impecable. Un sobre manila sin remitente, dejado por el portero como si fuera correspondencia cualquiera. Lo tomé con calma. Café en mano. Bata de seda. La ciudad despertando abajo. Abrí el sobre. Ámsterdam. Barrio Rojo. Años exactos. Direcciones. Fechas. Rutinas. Nada nuevo… pero ahora todo estaba ordenado, documentado, frío. Fotos antiguas. Lia entrando y saliendo de edificios estrechos, luces rojas reflejadas en el pavimento mojado. No posaba. No sonreía. Caminaba con la cabeza baja, como quien sobrevive, no como quien disfruta. Eso me molestó. No debía inspirar compasión. Seguí leyendo. Carla. Amiga. Única. Enfermedad prolongada. Muerte lenta. Cerré los ojos un segundo. Así que eso fue lo que la rompió del todo. No sentí pena. Sentí cálculo. Las mujeres solas, rotas y culpables son las más peligrosas… pero también las más manipulables. Pasé la página. Salida de Ámsterdam sin despedidas. Venta apresurada de pertenencias. Viaje a Nueva York con lo justo. Trabajo actual: restaurante modesto. Turnos dobles. Cero lujos. Cero hombres poderosos alrededor. Leí esa línea dos veces. —Interesante… —murmuré. No era la historia que yo esperaba encontrar. No había una cazafortunas. No había una amante instalada en el confort. Había una mujer cayendo de pie como podía. Y eso, paradójicamente, la hacía más peligrosa. Porque Sebastian no se engancha con mujeres que piden. Se engancha con las que cargan cicatrices. Cerré el expediente con cuidado. Lo dejé sobre la mesa como si fuera algo sucio. Me serví vino, aunque era temprano. Lo necesitaba. Sebastian llegó esa noche más callado que de costumbre. Me besó por inercia. Se sentó frente a mí. Habló de negocios. De juntas. De inversiones. Puro ruido. Yo lo miré sin decir nada. Pensé en Lía fregando platos. Pensé en Lía recordándolo. Pensé en Lía creyendo que él ya no existía para ella. Y pensé en mí. En lo que estaba dispuesta a hacer para no perderlo. —¿Todo bien? —preguntó al fin, notando mi silencio. Sonreí. Suave. Perfecta. —Todo bien. Mentí mejor que él. Esa noche, mientras dormía a mi lado, tomé una decisión clara y definitiva: No la iba a enfrentar todavía. No la iba a humillar. No la iba a sacar del camino a la fuerza. Primero iba a entender qué lugar seguía ocupando en su corazón. Y después… Después vería cómo cerrarle la puerta sin que Sebastian notara quién había girado la llave. Porque en este juego, la que se mueve primero pierde. Y yo no pierdo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD