Capítulo 4: Sebastian – Citas Prohibidas

1336 Words
Dos noches. Eso fue todo lo que tardé en romper mi propia regla: no volver a llamar a una prostituta. El mensaje que le mandé a Lía ardió en mi teléfono como una brasa caliente, y después de un día entero de juntas falsas y llamadas ignoradas de Isabella, cedí por completo. —Cena en el yate. 8 pm. No tardes. Simple, sin florituras, pero con esa autoridad que hace que se mojen al instante. Me ducho hasta que el agua quema la piel, frotándome fuerte como si pudiera borrar las huellas de Isabella —su perfume frío y distante, sus uñas perfectas que nunca arañan de verdad—. Me pongo pantalones negros ajustados y camisa blanca desabotonada en el cuello, revelando el vello oscuro que Lía lamió la noche anterior. El yate está atracado en un muelle discreto del Amstel, lejos de las luces chillones del Barrio Rojo. Subo a la cubierta superior, sirvo champán frío, el viento revuelve mi cabello moreno mientras espero. Llega puntual. El vestido verde esmeralda que le regalé —para atraer peces gordos, como dijo Carla— se ciñe al cuerpo como una promesa pecaminosa. Sube la pasarela con el corazón en la garganta, el taconeo resonando como duda en la madera. La espero recostado contra la barandilla, copa en mano, ojos azules devorándola entera: curvas generosas, labios hinchados por besos recientes, mirada desafiante que me pone la v***a dura al instante. —Lía —digo, la voz ronca como genever—. Pensé que no vendrías. Se acerca, el barco meciéndose suave bajo sus pies, toma la copa que le ofrezco. El burbujeo del champán en su lengua es un lujo que no se permite a menudo. —Curiosidad —miente, sorbiendo un trago—. Y hambre. ¿Qué hay para cenar, magnate? Río bajo, la vibración en el pecho, la guío a la mesa iluminada por velas: langosta fresca, ensalada de endivias con queso de cabra, vino tinto que sabe a bayas maduras y pecados ocultos. Comemos en silencio al principio, el agua negra lamiendo el casco como un susurro conspirador. Pronto las palabras fluyen: cuento anécdotas de juntas en Silicon Valley donde cierro deals de millones con una sonrisa, ella confiesa retazos de su vida pasada —pinturas a medio terminar en un sótano húmedo, sueños de escapar a París con un pincel en la mano—. No hablamos de su trabajo actual, ni de Isabella, ni de las deudas que la ahogan; es un pacto tácito, un espacio robado donde somos solo Sebastian y Lía, no magnate y prostituta. Después de la cena, la llevo a un paseo por los canales en la lancha auxiliar, el motor ronroneando bajo como un amante celoso. Ámsterdam desfila a nuestro alrededor: fachadas gabled inclinadas como borrachos, puentes arqueados iluminados por faroles dorados, algún ciclista ocasional que saluda con indiferencia. La abrazo por la cintura desde atrás, el aliento cálido en su cuello mientras señalo la Casa de Ana Frank en la distancia. —Aquí todo parece posible —murmuro, los dedos trazando círculos perezosos en su cadera—. Incluso lo imposible. Se gira en mis brazos, el movimiento haciendo la lancha mecerse, y me besa sin aviso: labios fieros, lenguas enredadas con urgencia, el sabor del vino mezclándose con el salado del río. Respondo con hambre voraz, la mano subiendo por el muslo bajo el vestido, rozando el encaje de las bragas hasta que jadea contra mi boca. —No aquí —susurra, pero el cuerpo la traiciona, arqueándose contra los dedos que ya exploran, separando los pliegues húmedos con precisión que la deja sin aliento. —Aquí sí —gruño, apagando el motor con un gesto y dejando que la corriente nos lleve a la deriva bajo un puente sombreado. La siento en el asiento acolchado, arrodillándome entre sus piernas como la noche anterior, pero esta vez con una ferocidad nueva. Levanto el vestido hasta la cintura, exponiendo el sexo depilado y reluciente, hundo la cara entre los muslos sin preámbulos. La lengua es un arma: lamiendo el clítoris en círculos lentos, succionando hasta que muerde el labio para no gritar, introduciendo dos dedos que curva dentro, rozando el punto sensible que la hace convulsionar. Enreda los dedos en mi cabello, tira con fuerza, y se corre rápido, el orgasmo dejándola temblando, las estrellas reflejadas en el agua borrándose en su visión periférica. Me levanto, los labios brillando con sus jugos, y la volteo de espaldas contra la barandilla, el metal frío contra sus pechos mientras bajo los pantalones. Mi v***a salta libre, erecta y venosa, la punta goteando pre-semen que unto en su entrada resbaladiza. —Dime que lo quieres —exijo, frotándome contra ella sin entrar, torturándola con la fricción. —Te quiero —gime, empujando las caderas hacia atrás—. Fóllame, Sebastian. Ahora. Obedezco, embistiéndola de un solo golpe profundo que la llena hasta el útero, arrancándole un grito que el río se traga. El ritmo es salvaje: las caderas chocando contra su culo con palmadas húmedas, una mano en su cadera para anclarla, la otra subiendo para taparle la boca y ahogar los gemidos. Se arquea, sintiendo cada vena rozando las paredes internas, el placer construyéndose como una tormenta inminente. Pero me detengo de golpe, saliendo con un pop obsceno que la deja vacía y frustrada. —Espera —murmuro, sacando la corbata de seda del bolsillo —negra, suave como el pecado—. Confía en mí. Asiente, el pulso atronador en los oídos, y ato sus muñecas a la barandilla con nudos expertos pero sueltos, justo para inmovilizar sin lastimar. La vulnerabilidad la excita más: expuesta al aire nocturno, el vestido arrugado en la cintura, el culo al aire esperando mi reclamo. Me posiciono de nuevo, rozando la punta contra su ano esta vez —toque tentativo, lubricado solo por nuestros fluidos—, pero jadea, no de miedo, sino de anticipación. —Despacio —susurra, y obedezco, presionando centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente fundiéndose en placer prohibido mientras la penetro por detrás. —Joder, estás tan apretada —gruño, la mano bajando para frotar el clítoris en contratiempo, aliviando el borde del dolor. El ritmo se vuelve hipnótico: embestidas lentas y profundas en el culo, los dedos llevándola al borde una y otra vez. Tira de las ataduras, el roce de la seda en las muñecas amplificando todo, y cuando acelero —follándola con una dominación suave que la hace completamente mía—, el orgasmo la destroza: olas que la barrieron desde el ano hasta el clítoris, un grito mudo contra la palma que tapo. La sigo, derramándome dentro con un jadeo profundo, el semen caliente llenándola mientras colapso sobre su espalda, besando la nuca sudada. Desato despacio, liberándola con ternura, y nos tumbamos en el fondo de la lancha, enredados en un abrazo pegajoso de sudor y fluidos. El barco deriva hasta un muelle oculto, y la llevo de vuelta al yate principal, donde nos duchamos juntos bajo una cascada de agua caliente, el jabón deslizándose por curvas y músculos, besos perezosos prometiendo más. Esa noche, dormimos en la cama king de la cabina principal, los cuerpos encajando como piezas perdidas, y por primera vez, sueño no con deudas o Isabella, sino con mañanas compartidas. Pero al amanecer, mientras duerme a mi lado, el teléfono vibra en la mesita: llamada de Isabella, el nombre parpadeando como una serpiente venenosa. Lo veo, el estómago revolviéndose, y me levanto en silencio, vistiéndome con la camisa arrugada. ¿Qué carajos estoy haciendo? Esto no es amor; es lujuria envuelta en mentiras, un fuego que la quemará viva. Salgo al balcón, el sol tiñendo los canales de oro, y siento las primeras grietas en la armadura: confundo placer con promesas, toque con salvación. Mientras tanto, en el burdel, Karel la espera con sonrisa torcida y noticias que no quiere oír: —Tu ricachón tiene ojos encima, mija. Cuidado con las esposas celosas. ¿Sabe Isabella que existo?
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