Capítulo 5: Lía – La Fisura

972 Words
Veo las noticias en la tele vieja del departamento mugriento de Carla. Él con ella. En una gala. Sonriendo. Perfectos. Isabella, rubia de hielo puro, vestido plateado que brilla como cuchilla afilada. Sebastian, esmoquin n***o impecable, mano en la cintura de ella como si le perteneciera desde siempre. —Señor Hale, ¿expande su imperio en Ámsterdam? —pregunta la reportera. —Todo es posible en esta ciudad mágica —responde él, voz ronca que conozco demasiado bien, la misma que me susurró “Córrete para mí” mientras me follaba contra la barandilla de la lancha. Dejo caer la taza de café. El líquido salpica el suelo sucio como lágrimas negras. —¿Mágica? ¿Con ella? Lloro sin control. Grito sola en el silencio. Me acurruco en el sofá raído, rodillas contra el pecho. ¿Quién carajos soy yo para ponerle cuernos a una mujer como Isabella? Puta de luces rojas, vendiendo el culo por euros sucios, mientras ellos bailan valses en salones de cristal llenos de lujo. El fuego de la noche anterior se apaga en un instante, dejando solo cenizas frías en el pecho. —Fue solo sexo —me repito una y otra vez, pero las lágrimas calientes traicionan la mentira, rodando por las mejillas mientras me acurruco más fuerte. Recuerdo su v***a dura contra la entrada trasera, la forma en que me reclamó con dominación suave, y ahora… ¿era solo un juguete en su colección de infidelidades ricas? El teléfono vibra en la mesita coja, sacándome del pozo oscuro. Es él. Sebastian. El número privado que le di, que huele a promesas rotas. Miro la pantalla como si fuera una serpiente venenosa, el pulso acelerado entre rabia pura y anhelo que no controlo. Contesto al quinto timbre, la voz ronca por el llanto contenido. —¿Lía? —su tono es bajo, urgente, como si hubiera esperado mi respuesta toda la noche—. ¿Estás bien? Suenas… jodida. Río amarga, secándome la cara con el dorso de la mano temblorosa. —Vi las noticias, Sebastian. Tú y tu… esposa perfecta. La gala, las sonrisas falsas. ¿Mágica, eh? ¿Incluyendo el polvo rápido con la prostituta local? Silencio pesado al otro lado, como la niebla del canal, luego un suspiro que suena a rendición total. —Isabella… es una fachada, Lía. Todo esto lo es. Diez años de cenas frías y sexo programado, como robots en una fábrica de mentiras. Ella quiere el estatus, yo quiero… paz de verdad. Pero contigo, anoche, en esa lancha… joder, fue real. Tu cuerpo respondiendo al mío, la forma en que te corriste apretándome fuerte, gritando mi nombre como si fuera solo tuyo. No era vacío. Era fuego puro. Trago saliva dura, el calor subiendo por el vientre a pesar de todo, imaginando sus dedos de nuevo en el clítoris, frotando con esa precisión que me deshace por completo. —Entonces, ¿por qué no la dejas de una vez? ¿Por qué sigues fingiendo esa vida de mierda mientras me follas en un bote como si fuera tu secreto sucio? —Porque tengo una hija, Sofía. Quince años, y si esto explota, la pierdo para siempre. Isabella es veneno puro, pero es legal. Tú… tú eres el riesgo que me hace sentir vivo de verdad. Ven a mí esta noche. Mi hotel. Te mostraré lo vacío que es todo sin ti. La invitación cuelga en el aire, tentadora como el pecado más dulce, y siento el coño humedecerse solo de oírlo, el cuerpo traicionándome de nuevo con un pulso traidor. Quiero decir que sí, correr a sus brazos y dejar que me ate otra vez, que me penetre hasta borrar los celos que queman. Pero la pantalla de la tele aún parpadea con su imagen perfecta, y el orgullo me clava en el sitio como una estaca. —No soy tu escape fácil, Sebastian. Soy real, con deudas que me ahogan y un burdel que me espera. Llámame cuando decidas qué quieres de verdad. Cuelgo antes de que responda, el teléfono temblando en la mano, y me levanto para apagar la tele con un golpe furioso que casi la rompe. El silencio del departamento me envuelve como una mortaja pesada, roto solo por un golpe fuerte en la puerta que me hace saltar del susto. Fuera, en el pasillo estrecho que huele a repollo cocido y humo rancio, espera Karel, el proxeneta, con dos matones a su lado: tipos fornidos con chaquetas de cuero y miradas que prometen moretones negros. —Lía, mija —dice, sonrisa torcida como navaja mal afilada—. El pago de esta semana está corto. Y oí que andas con un ricachón. Si no traes el resto mañana, o pagas la deuda completa… bueno, estos chicos aquí tienen formas de motivarte. Romper un dedo por cada cien euros que falten. ¿Entendiste clarito? Los matones se mueven, uno crujiendo los nudillos con sonido seco, el otro escupiendo al suelo sucio. Retrocedo un paso, el corazón martilleando como tambor de pánico, la imagen de Sebastian con Isabella desvaneciéndose en terror puro. ¿Cuánto tiempo más antes de que todo se rompa en pedazos? ¿Y si Sebastian es la salvación… o solo el clavo final en mi ataúd? Salgo corriendo al baño mugriento, vomito el café amargo y el miedo que me sube por la garganta. Me lavo la cara con agua fría, miro mis ojos rojos en el espejo rajado. —No puedo más con esto. Pero no tengo opción real. O pago, o me destrozan de verdad. El teléfono vibra de nuevo en el bolsillo. Mensaje de Sebastian: —Te necesito ahora. Hotel. Por favor. Y entonces, desde la ventana sucia, veo un auto n***o estacionado abajo en la calle. Dos hombres dentro. Observando fijo el edificio. ¿Me están siguiendo?
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