La suite está en silencio, un silencio caro, de esos que pesan más que los gritos. El teléfono vibra sobre la mesa de cristal, pantalla encendida con el nombre de Sebastian. No lo tomo. No todavía. La vista desde el ventanal da al canal, luces reflejadas en el agua negra como promesas que no cumplieron. Todo aquí es lujo prestado: la cama king con sábanas blancas que aún conservan el olor de su piel, el sillón de cuero donde me prometió futuro, la botella de champagne a medio terminar como un chiste cruel.
Carla está sentada en la barra, piernas cruzadas, bebiendo directo de la botella de tequila. Me observa sin decir nada. Ella sabe. Siempre sabe.
El teléfono vibra de nuevo. Respiro hondo y contesto.
—¿Qué quieres, Sebastian?
Su voz llega apresurada, tensa, rota.
—Lia… amor. Escúchame. Isabella apareció. Entró como una tormenta. Me obligó a irme con ella a Londres. Sofía está devastada, cree que la traicioné por ti. Isabella le mostró fotos… nos vio como villanos.
Cierro los ojos. El pecho me arde.
—¿Y yo qué soy entonces? —mi voz no tiembla, pero por dentro me deshago—. ¿La puta del hotel que escondes cuando tu esposa grita?
—No digas eso. Te amo. Esto no cambia nada. Tengo que arreglar lo de mi hija. Es mi sangre. Vuelvo por ti, te lo juro. Espérame.
La palabra espérame cae como un insulto.
—Claro —respondo—. Las putas siempre esperan.
Cuelgo. El teléfono cae al suelo como un cuerpo sin vida.
Carla se levanta, me abraza fuerte, sin palabras bonitas.
—Hijo de puta —dice—. Siempre igual. Te usan, te prometen cielo y te dejan en el infierno.
Me separo. Camino descalza por la alfombra blanca. Miro alrededor. Todo esto fue una jaula dorada. Me vistió, me tocó, me amó… pero nunca fue mío.
—Me voy —digo.
—¿A dónde?
—Al Barrio Rojo.
Carla me mira con dureza.
—Eso no es volver. Es castigarte.
—No. Es recordar quién soy. —La miro—. No me enamoro de hombres casados. No otra vez. No más cuentos.
Silencio. Luego asiente.
—Voy contigo.
Empacamos lo justo. Nada de recuerdos. El taxi nos traga la noche. Ámsterdam vuelve a oler a humedad, a pecado viejo, a verdad cruda. Las luces rojas parpadean como un corazón enfermo que nunca deja de latir.
De Wallen me recibe sin preguntas.
La madam me observa desde la puerta del burdel, labios pintados, ojos calculadores.
—Volviste.
—Sí.
—Los clientes preguntaban por ti.
Asiento. Me entrega el vestido rojo, corto, provocador. Los tacones. El uniforme de guerra. Me miro en el espejo: Lia la prostituta. No la amante. No la promesa. La que cobra antes y no pide nada después.
Entro a la vitrina. Me siento. Sonrío. El vidrio me separa del mundo, pero también me protege.
El primer cliente pasa. Lo rechazo. El segundo también. No quiero cuerpos. Quiero vacío.
Cierro la puerta un momento. Respiro. El cuerpo recuerda. La piel despierta. El deseo no pregunta por moral.
Me toco apenas, por reflejo, no por placer. Me detengo. No hoy.
Salgo de nuevo. Las luces siguen parpadeando.
Y entonces lo veo en mis pensamientos.
por otro lado
Londres lo recibe con lluvia fina y un cielo del color del plomo. Sebastian observa la ciudad desde la ventana del hotel, un cinco estrellas que no logra silenciar el ruido en su cabeza. Todo lo que toca se rompe. Lia. Sofía. Incluso la imagen impecable que tardó décadas en construir.
Isabella está sentada en el sofá, impecable como siempre. Traje claro, cabello recogido, una calma peligrosa en la mirada.
—Si vuelves a Ámsterdam —dice sin alzar la voz—, mando todo a la prensa. Fotos, nombres, fechas. Lia incluida. Te destruyo. Y no por celos… por justicia.
Sebastian se gira despacio.
—¿Justicia? —sonríe sin humor—. Tú no crees en eso, Isabella.
—Creo en ganar —responde—. Y esta vez gano yo.
El teléfono vibra. Sofía. El corazón le golpea el pecho. Sale de la habitación sin pedir permiso.
---
Sofía lo espera en el apartamento familiar. Está más alta, más firme. Ya no es la niña que se escondía tras su falda. Es una mujer joven con la mirada clara.
—Papá —dice—. Siéntate.
Obedece. El silencio pesa.
—No te odio —continúa—. Me dolió. Me avergonzó. Pero no soy estúpida.
Sebastian traga saliva.
—Sofía, yo…
—Mamá no es una santa —lo corta—. Nunca lo fue. Sus “salidas misteriosas”, sus llamadas a escondidas, sus viajes que nadie explica. Tú hiciste lo que hiciste… pero no solo.
Isabella entra como una sombra.
—Cuidado con lo que dices —advierte.
Sofía se levanta. La mira de frente.
—Papá hizo lo que hizo por tu culpa. Y tú también tuviste que ver con eso.
Sebastian siente el golpe como un relámpago.
—¿Qué salidas? —pregunta—. Dime. ¿Cuáles salidas, Sofía?
Ella duda un segundo. Luego habla.
—Pregúntale por Lucía.
El nombre cae como una bomba.
Isabella palidece apenas. Imperceptible. Pero Sebastian lo ve. Siempre fue bueno leyendo silencios.
—¿Lucía quién? —insiste.
—Una mujer que mamá ve desde hace años —dice Sofía—. No como amiga. No como socia.
El aire se corta. Isabella sonríe tensa.
—Estás confundiendo cosas.
Sebastian se pone de pie.
—No. Por primera vez, todo encaja.
Sofía se acerca y lo abraza.
—No te perdono todo —susurra—. Pero no te pierdo.
Ese abrazo vale más que cualquier imperio.
---
Esa misma noche, Sebastian está en un despacho discreto cerca de Mayfair. Frente a él, un hombre mayor, traje gris, mirada afilada.
—Necesito saberlo todo sobre Isabella —dice Sebastian—. Sus cuentas, sus amantes, sus negocios, sus mentiras. Todo.
—¿Para un divorcio? —pregunta el hombre.
—Para sobrevivir.
El investigador asiente.
—Ella empezó esto.
Sebastian se recuesta en la silla, cansado, decidido.
—Y yo voy a terminarlo.
Afuera, Londres sigue lloviendo. En Ámsterdam, una mujer bajo luces rojas también está siendo observada.
Las piezas ya están en movimiento.
---