Pasaron varios días desde el escándalo que me dejó hecho mierda, días donde intenté juntar los pedazos pero todo se sentía como arena escapando entre los dedos. Italia me recibió con un cielo gris y pesado que parecía reflejar el peso en mi pecho, un aire que olía a olivos viejos y a recuerdos de infancia que duelen porque ya no soy ese niño. Vine por Sofía, mi hija de 15 años que me necesitaba más que nunca. Vine por mi madre, que siempre ha sido el ancla cuando el mundo se hunde. Vine porque necesitaba recordar quién carajos era yo antes de convertirme en un titular de mierda en todos los periódicos, antes de que el nombre Sebastian Hale fuera sinónimo de traidor y follador de prostitutas. La casa de mi madre en Toscana seguía igual que siempre: paredes de piedra antigua que guardan sec

