Pasaron varios días desde el escándalo que me dejó hecho mierda, días donde intenté juntar los pedazos pero todo se sentía como arena escapando entre los dedos. Italia me recibió con un cielo gris y pesado que parecía reflejar el peso en mi pecho, un aire que olía a olivos viejos y a recuerdos de infancia que duelen porque ya no soy ese niño. Vine por Sofía, mi hija de 15 años que me necesitaba más que nunca. Vine por mi madre, que siempre ha sido el ancla cuando el mundo se hunde. Vine porque necesitaba recordar quién carajos era yo antes de convertirme en un titular de mierda en todos los periódicos, antes de que el nombre Sebastian Hale fuera sinónimo de traidor y follador de prostitutas.
La casa de mi madre en Toscana seguía igual que siempre: paredes de piedra antigua que guardan secretos, jardín con flores silvestres que luchan por sobrevivir, cocina que huele a pan fresco y ajo asado. Un refugio sobrio, silencioso, lejos del ruido de Londres y sus flashes asesinos. Sofía corría por el jardín como si aquí el mundo no doliera tanto, sus rizos oscuros volando al viento, guitarra colgada al hombro como arma contra el dolor. Eso me partía el alma en dos… y al mismo tiempo me la cosía un poco, ver su sonrisa fugaz me recordaba que no todo estaba perdido.
—Papá, ¿te vas a quedar de verdad? —me preguntó esa primera noche, abrazándome fuerte con brazos delgados que aprietan como si temiera que me evaporara.
—Unos días, princesa —respondí, besando su frente—. Los que tú quieras. No me voy hasta que estés bien.
Sonrió por un segundo, ojos brillando con esperanza infantil que no merece este caos. Y con eso me bastó para no derrumbarme ahí mismo.
Mi madre me observaba en silencio desde la cocina, removiendo la sopa con cuchara de madera que usó para criarme. Las madres no preguntan lo que ya saben por instinto.
—Estás cansado, hijo —me dijo mientras servía el café n***o y amargo como mi humor—. No es el cuerpo lo que te pesa. Es el alma que llevas arrastrando.
No respondí de inmediato. Porque tenía razón absoluta. Me senté a la mesa rústica, el vapor del café subiendo como humo de cigarro que no enciendo aquí por respeto.
—Todo se fue a la mierda, mamá —admití, voz ronca—. El escándalo, Isabella, Lia… Sofía sufriendo en medio.
Ella suspiró, sentándose frente a mí, manos arrugadas tomando las mías.
—El amor no es fácil, Sebastian. Tú lo complicaste más con secretos. Pero Sofía te necesita entero, no roto.
Las noches eran lo peor de todo. Cuando Sofía dormía en su habitación con posters de bandas que no conozco, y la casa quedaba en una calma que asfixia, el silencio se volvía brutal e implacable. Y ahí… siempre ahí… aparecía Lia en mi cabeza como fantasma que no deja ir.
Marqué su número una vez más.
Dos.
Cinco veces seguidas.
Nada. Solo el tono interminable que se burla.
Le escribí mensajes que salen del alma.
“Ya todo terminó, Lia.”
“Estoy divorciado de verdad.”
“Ya no hay sombras ni mentiras.”
“Podemos ser nosotros, sin esconder nada. Te amo.”
Nada.
Ni una llamada devuelta.
Ni un mensaje simple.
Ni un maldito visto que dé esperanza.
El silencio de Lia me deprimía hasta el hueso… y me enfurecía más de lo normal, más de lo que podía controlar. Porque yo había puesto el pecho en esta guerra. Yo había perdido reputación en los tabloides, matrimonio falso que duró demasiado, estabilidad que costó años construir. Yo había cruzado el fuego por ella, por nosotros.
—Contesta, carajo —murmuré una madrugada, mirando el teléfono como enemigo—. Solo dime algo, aunque sea “vete a la mierda”.
Nada. El vacío que quema más que palabras.
Sofía se dio cuenta al tercer día, cuando me vio en el balcón fumando a escondidas, ojos fijos en el horizonte de olivos.
—¿Es ella, papá? —preguntó, sentándose a mi lado, voz suave pero madura que no debería tener a su edad.
—Sí, princesa —admití, apagando el cigarro—. Lia.
—¿Te duele mucho? —preguntó, mano en mi brazo.
La miré, ojos húmedos.
—Mucho. Como si me faltara aire.
—Entonces descansa, papá —me dijo, abrazándome—. Cuando alguien te quiere de verdad, vuelve. No fuerza.
Esas palabras me golpearon más que cualquier titular venenoso de los periódicos.
Mi madre fue más directa esa misma tarde, mientras caminábamos por el jardín, flores silvestres rozando piernas.
—A veces el silencio también es una respuesta, hijo —dijo, voz calmada pero firme—. Si Lia no contesta, quizás protege su corazón roto.
—No, mamá —respondí, voz temblando rabia—. Ella me ama. Está asustada. Todo este escándalo la sobrepasó, la dejó jodida.
—O está protegiéndose a ella misma —replicó, deteniéndose para mirarme fijo—. No todo gira alrededor de lo que tú estás listo para dar o tomar. A veces la gente necesita espacio para sanar.
Me encerré en mi habitación esa noche, el balcón abierto al viento fresco de Toscana. Golpeé la pared con el puño cerrado, no de rabia pura, sino de impotencia que ahoga.
—Maldita sea, Lia —susurré al aire—. Ya soy libre. ¿Por qué no estás aquí conmigo?
Los días pasaban lentos. Caminaba con Sofía por los viñedos, el sol calentando la piel pero no el corazón. Cocinaba con mi madre pastas caseras, el olor a ajo y tomate llenando la casa, pero el sabor era amargo. Reía en automático con anécdotas viejas, pero por dentro algo se me estaba apagando como vela sin oxígeno.
Una noche, sentado en el balcón con vista a las colinas oscuras, dejé de llamar de una vez.
Miré el teléfono un minuto largo.
Lo apagué con dedo tembloroso.
—Ya está —me dije a mí mismo, voz ronca—. Si tengo que reconstruirme… será sin rogar como un pendejo.
Respiré hondo, el aire fresco llenando pulmones por primera vez en semanas. No sentí alivio inmediato, pero sí un peso menos.
Italia no me curó del todo.
Pero me sostuvo firme.
Aprendí a estar quieto, sin correr.
A ser padre sin guerra ni culpas.
A ser hijo sin orgullo que ciega.
Y entendí algo doloroso que quema:
A veces uno gana la libertad que tanto busca…
pero pierde a la persona por la que luchó con todo.
No sabía si Lia volvería algún día.
No sabía si este amor sobreviviría al escándalo y al silencio.
Lo único que sabía era esto:
Si ella regresaba, tendría a un hombre distinto, cambiado.
Más roto por dentro.
Más honesto con el mundo.
Más cansado de pelear batallas que no valen.
Y si no regresaba…
tendría que aprender a vivir con el eco de su silencio, que duele más que cualquier grito.
**¿Lia romperá el silencio algún día?**