La cena fue perfecta. Un bistró escondido en el Jordaan, sala privada, caviar iraní, filete con salsa de trufas, Bordeaux ’82 que fluía como promesas derramadas. Lía llevaba el vestido n***o que le regalé —seda que se adhería a sus curvas como una caricia pecaminosa—, y sus ojos verdes brillaban con esperanza frágil.
Dejé el tenedor, tomé su mano sobre el mantel blanco.
—Lía, no puedo seguir fingiendo. Te amo. No como capricho, no como escape. Te amo como hombre que olvidó cómo respirar sin ti. Cada vez que te follo, recupero un pedazo de mí. Tus gemidos, tu coño apretándome… joder, es más que placer. Es hogar.
Tragó saliva, el vino atascándose en la garganta.
—Sebastian… ¿y Isabella? ¿Sofía? No soy la villana de telenovela rica. Si me amas, déjala. O déjame ir antes de que nos destruyamos.
Me levanté, rodeé la mesa, la atraje de pie y la besé con desesperación que sabía a confesión.
—Lo haré. Mañana hablo con abogados. Pero esta noche… eres mía, completamente. Déjame mostrarte cuánto te amo.
La cena se volvió preliminar. De vuelta en el departamento nuevo del Jordaan —el que pagué para ella y Carla—, la llevé al dormitorio iluminado por la luna. La desvestí con reverencia, besando cada centímetro: el hueco de la garganta, los pezones que endurecían bajo mi aliento, el ombligo que lamí hasta hacerla gemir. Lía temblaba, el aire fresco erizándole la piel, y cuando la tumbé en la cama king, até sus muñecas con una bufanda de seda roja —suave, pero firme, simbolizando entrega total.
—Confía en mí —susurré, untando lubricante en mis dedos, la mirada clavada en la suya—. Quiero todo de ti. Quiero que me des lo que nadie ha tenido.
Asintió, el corazón martilleando. Separé sus piernas, besando el interior de sus muslos hasta llegar a su coño: lo lamí despacio, la lengua trazando círculos en el clítoris hinchado, succionando hasta que jugos calientes goteaban por sus nalgas. Lía arqueó la espalda, gimiendo mi nombre, pero me moví más abajo, un dedo lubricado rozando su ano virgen.
—Despacio, amor —prometí, presionando con ternura, el músculo cediendo centímetro a centímetro en un estiramiento ardiente que la hizo jadear.
Dolió al principio, un fuego que se fundió en placer prohibido cuando curvée el dedo, rozando nervios que la volvieron loca. Añadí un segundo, follándola analmente con movimientos lentos mientras mi boca volvía a su clítoris, la doble estimulación construyendo una tormenta. Lía tiró de las ataduras, las lágrimas de éxtasis surcando sus mejillas.
—Sebastian… por favor, fóllame ahí. Hazme tuya.
Me posicioné, mi v***a erecta —gruesa, venosa, goteando pre-semen— rozando su entrada trasera. Empujé despacio, la cabeza abriéndose paso en un abrazo apretado que nos hizo gemir a dúo.
—Joder, estás tan apretada… tan mía —dije, embistiéndola centímetro a centímetro hasta enterrarme completo, mis bolas contra su coño.
El ritmo empezó suave: salidas y entradas que la llenaban de vulnerabilidad pura, la mano bajando para frotar su clítoris en contratiempo. Lía gritó, el placer anal irradiando como ondas, un orgasmo anal por primera vez que la destrozó —olas que la barrieron desde el culo hasta el cerebro, su cuerpo convulsionando alrededor de mí.
Aceleré, follándola con devoción salvaje, las caderas chocando con palmadas húmedas, el lubricante facilitando el desliz.
—Te amo, Lía… córrete conmigo —jadeé, y ella obedeció, un segundo clímax que me ordeñó.
Me derramé dentro de su ano con un jadeo, semen caliente inundándola, colapsando sobre su espalda en un enredo sudoroso.
La desaté despacio, besos tiernos en su nuca, susurrando “Eres todo”. Pero el teléfono vibró en la mesita, la pantalla iluminándose con un mensaje de Isabella: “Abro la puerta. Tengo fotos. Hablemos de tu puta”.
El paraíso se hizo añicos.
Interludio: Yo, Isabella – La Llegada
Tengo el dedo en el botón del ascensor y el corazón latiendo frío como acero. Jet privado, vestido n***o de luto anticipado, tacones que suenan sentencia en el mármol del Hotel de l’Europe. El detective me dio la dirección exacta: suite 1201, vistas al Amstel, donde mi marido se revuelca con la puta estadounidense. No vengo a gritar. Vengo a cobrar.
Abro la puerta con la llave maestra que soborné al conserje. El olor a sexo me golpea primero: sudor, champán, deseo barato. Sebastian está de espaldas, la v***a aún dentro de ella, Lía atada a la cama con una bufanda roja, el culo enrojecido. Se giran al mismo tiempo. Sus ojos azules se abren como platos. Los de ella, verdes y asustados, me atraviesan como súplica que no merece.
—Hola, amor —digo, voz de hielo puro—. ¿Interrumpo?
Sebastian se aparta de golpe, la v***a goteando semen y vergüenza. Lía tira de las ataduras, intentando cubrirse con la sábana. Levanto el sobre manila: fotos impresas, una por una, cayendo al suelo como cartas de póker.
—Elige —repito—. Tu hija o tu juguete.
¿Podré salvar a Lía de lo que viene?