Capítulo 9: Lía – Grietas en el Paraíso

1501 Words
Dejo el burdel para siempre. Tomo su dinero sin culpa. Me enamoro como una idiota. Y Carla me dice: —Te va a romper el corazón, mija. Y sé que tiene razón. Pero me folla en la terraza del nuevo departamento. Me dice que me ama. Y le creo con todo el alma. Hasta que veo el mensaje de Isabella en su teléfono: “Llego mañana”. ¿Se acabó el sueño? Interludio: Yo, Isabella – La Reina de Hielo Tengo treinta y ocho años y llevo toda la vida perfeccionando el arte de no romperme nunca. Nací en una mansión neoclásica en las afueras de La Haya, donde el viento del Mar del Norte azotaba las dunas como un recordatorio constante de que nada en la vida es suave. Hija única de un diplomático holandés y una heredera de banqueros belgas, crecí en salones de mármol y cenas de estado, donde las emociones se negociaban como tratados internacionales. Mi padre, alto y distante con bigote recortado y ojos que calculaban alianzas antes que afectos, me educó en internados suizos desde los siete años: primero en Lausana, donde aprendí francés con tutores que me azotaban verbalmente por errores gramaticales; luego en Ginebra, rodeada de hijas de oligarcas rusos y príncipes árabes, donde el bullying se disfrazaba de “lecciones de supervivencia social”. A los dieciséis, ya era maestra del disfraz: rubia platino con ojos azules que helaban como el lago Lemán en invierno, labios siempre rojos como el vino que robaba de las bodegas paternas. Pero bajo esa fachada de porcelana, yacía una herida abierta. Mi madre, una beldad etérea que fumaba Gauloises en secreto y escribía cartas de amor no enviadas a un amante francés, se suicidó en el baño de mármol cuando yo tenía doce años. —Demasiado débil para este mundo —dictaminó mi padre, incinerando las cartas sin ceremonia. Yo lo vi todo desde el pasillo: el agua teñida de rosa, el frasco de somníferos volcado como confeti trágico. Aquella noche, juré que nunca sería frágil. El amor era una debilidad; el poder, la única armadura. A los veinte, en la Universidad de Leiden, me reinventé como la “Reina de los Canales”: fiestas en barcos privados, romances fugaces con hijos de embajadores que terminaban en portadas de tabloides. Fue allí donde conocí a Sebastian, en una gala de arte contemporáneo en 2007. Él era un emprendedor ascendente, con ideas de apps que revolucionarían el trading, y ojos que me miraron no como una conquista, sino como un igual. Nos casamos un año después en una ceremonia en el Palacio Real de Ámsterdam, con fuegos artificiales que iluminaron el cielo como estrellas falsas. Pero el matrimonio fue un contrato desde el principio: yo aportaba conexiones europeas y una dote que financió su primer gran deal; él, me daba el estatus de “esposa de magnate” que codiciaba para eclipsar el fantasma de mi madre. Detrás de las cámaras, tejía mi red con precisión quirúrgica. En Londres, donde nos mudamos en 2010, me convertí en la anfitriona por excelencia: cenas en nuestro penthouse de Mayfair con CEOs y políticos, donde un susurro mío podía hundir carreras o elevar fortunas. Pero el sexo con Sebastian se volvió rutina fría —yo encima, calculando orgasmos fingidos para mantenerlo enganchado, mientras mi mente planeaba la próxima adquisición social—. Tuve a Sofía en 2009, un parto cesárea en una clínica privada de Harley Street, pero la maternidad fue otro rol: la madre perfecta en fotos de i********:, con niñeras que criaban mientras yo volaba a Cannes o Davos. Sofía, con sus rizos oscuros y temperamento rebelde a los quince años, es el único punto débil, un recordatorio de que la sangre trae vulnerabilidades. La fisura empezó en 2020, con la pandemia: Sebastian se volvió distante, obsesionado con su imperio remoto, y yo, atrapada en cuarentenas de lujo, sentí el vacío como un yate hundiéndose. Empecé con un amante —un banquero italiano en Zoom que se volvió encuentros en Milán—, pero lo corté rápido; el riesgo no valía el escándalo. Sebastian, ajeno a mí, encontró refugio en Ámsterdam, y cuando descubrí las fotos —Lía, esa puta estadounidense de ojos verdes en un canal brumoso—, no fue celos lo que sentí, sino rabia calculada. No por amor perdido, sino por el control arrebatado. —Él es mío —me dije, contratando un detective privado esa misma noche, planeando un divorcio que lo dejaría sin Sofía, sin reputación, arruinado en los tabloides. No soy malvada por naturaleza; fui forjada en hielo por un mundo que castiga la blandura. En las noches solitarias, en mi suite de Kensington, bebo vodka solo y miro fotos antiguas de mi madre, preguntándome si el frío es herencia o elección. Pero el mañana trae máscaras nuevas: sonrisas en galas, uñas que arañan respaldos de sillas en silencio. Para mí, el amor es una transacción fallida; la venganza, el único placer real. Y ahora, con Sebastian enredado en luces rojas, afilaré mis garras, lista para reclamar lo que es mío —o destruirlo todo en el intento. De vuelta a Lía – Grietas en el Paraíso (continuación) El sol de mediodía se cuela por las persianas del nuevo departamento lujoso que Sebastian pagó. Yazgo desnuda entre sábanas revueltas, el cuerpo aún zumbando de la noche anterior: sus dedos en el clítoris, guiándome a un orgasmo que me dejó sollozando su nombre, luego él penetrándome despacio, susurrando “Eres mía” mientras se derramaba dentro. Me incorporo, el aire fresco erizándome la piel, y lo miro dormir: mandíbula relajada, cabello moreno desordenado, un hombre que puede comprar el mundo pero elige mis brazos. El amor me golpea como una ola traidora, no solo lujuria —aunque el coño aún palpita al recordarlo—, sino algo profundo, aterrador. —Te amo —pienso, rozando su pecho con la yema del dedo. Es real. Demasiado real. Me levanto en silencio, vistiéndome con una de sus camisas blancas que me llega a medio muslo, y salgo al balcón. Ámsterdam se extiende abajo: canales serpenteantes, bicicletas como flechas rojas, el Barrio Rojo un borrón distante de luces apagadas. Con el dinero de Sebastian —no solo la deuda pagada, sino el departamento nuevo en el Jordaan, lujoso y acogedor, con cocina moderna, baño con bañera grande, vistas al canal y todo pagado por adelantado—, dejé el burdel esa mañana. Carla se mudó conmigo —no la dejo sola—, y las dos disfrutamos el lugar cálido con luz natural y plantas en las ventanas. Por primera vez en meses, siento alas. —¿Y si esto es el comienzo? ¿Sebastian dejando a Isabella, nosotros dos aquí, yo pintando nudes de él mientras me folla sobre el lienzo? El teléfono vibra en el bolsillo: Carla, desde la cocina. —Café ahora. Urgente. Nos encontramos en la mesa del nuevo departamento, aroma a croissants calientes que compré en la panadería de abajo. Carla llega con vaqueros rotos y chaqueta de cuero, el maquillaje corrido por una noche larga en su turno restante. —Estás jodida, Lía. Enamorada de un ricachón casado. Es lindo, ¿eh? Pero los tipos como él no dejan sus jaulas doradas. Tienen esposas para fotos, hijas para legado, y putas como nosotras para el polvo sucio. ¿Cuánto antes de que te tire como un Kleenex usado? Me remuevo, el café amargándose en la lengua. —No es así. Me pagó las deudas, me mudó aquí, me da espacio. Dice que me ama. Carla ríe, amarga. —Todos dicen eso cuando estás mojada y abierta. Recuerda a esa alemana del año pasado, con el banquero suizo. La llenó de promesas y Rolex, luego la dejó por un escándalo. Tú eres fuerte, pero él… él te romperá el corazón. O peor, te mantendrá como amante secreta, follándote en departamentos lujosos mientras posa con la reina de hielo y su hija perfecta. Las palabras se clavan como espinas, y fantaseo de golpe: cenas eternas con Sebastian, sus manos en mi vientre embarazado, una vida lejos de vitrinas. Pero la duda crece, un nudo en el estómago. ¿Y si Carla tiene razón? ¿Y si es solo un sueño caro que pagó con su tarjeta negra? De vuelta en la cama, Sebastian me espera con almuerzo en la terraza: salmón ahumado, vino blanco, besos que prometen paraíso. Me toma sobre la mesa, levantándome la camisa para lamer mis pechos, penetrándome con embestidas lentas que me hacen gemir contra su cuello. —Quédate conmigo, siempre —jadea, corriéndose dentro con un jadeo. Me corro también, pero en el éxtasis, la voz de Carla susurra: Jaulas doradas. Esa noche, mientras dormimos enredados en la cama nueva, el teléfono de Sebastian vibra en la oscuridad. Un mensaje de Isabella: “Llego mañana. Hablaremos de nosotras”. El paraíso se agrieta de golpe. ¿Qué hará Sebastian cuando Isabella llegue?
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