La suite del Hotel de l'Europe se siente como una jaula de cristal roto. Lia tiembla bajo la sábana, las muñecas rojas por las ataduras que acabo de soltar, Su coño aún palpita, el cuerpo zumbando de placer prohibido que le di: penetrándola por detrás despacio al principio, el estiramiento ardiente fundiéndose en éxtasis cuando aceleré, follándola con ferocidad que la hizo gritar “más, joder, no pares”, corriéndome dentro de su ano apretado como un vicio caliente. Y ahora Isabella está aquí, vestido n***o ceñido, tacones clac clac, ojos azules perforando como cuchillos.
—Sal de aquí —gruño, poniéndome entre ellas, la v***a aún semierecta bajo los pantalones, goteando restos de nuestro sexo crudo.
Isabella ríe fría, cruzando los brazos, el sobre manila en la mano como arma cargada.
— ¿Salir? ¿De mi suite pagada con mi dinero? No, amor. Hablemos. Despide a tu puta primero.
Lia se viste rápido, el vestido n***o arrugado, el cuerpo expuesto aún brillando de sudor y jugos mezclados.
—No soy tu puta —gruñe Lia, voz ronca por los gemidos—. Suéltame de una vez, Sebastian.
Ya la solté, pero el daño está hecho. Lia sale dando portazo, lágrimas rodando por sus mejillas sonrojadas. El pasillo del hotel es lujo puro: alfombras persas, candelabros de cristal, vistas al canal donde yates flotan como sueños caros. Todo pagado por mí, el hombre que la sacó del mugre para meterla en este infierno.
Isabella se sienta en el sofá de cuero italiano, cruzando las piernas, tacones apuntando como dardos.
—Bien. Solos al fin. ¿Cuánto tiempo, Sebastian? ¿Semanas? ¿Meses follándote a esa americana barata mientras Sofía me pregunta “dónde está papá”?
Sofía. Mi hija de 15 años, rizos oscuros, guitarra en mano, rebelde que me manda mensajes: “Papá, ven pronto, mamá es hielo”. El pecho se aprieta.
—No metas a Sofía. Esto es entre nosotros.
Ella saca fotos del sobre, esparciéndolas en la mesa de mármol
—Mira esto. Tu puta gritando mientras la follas por el culo. ¿Te ata ella? ¿Te azota? ¿O es solo tú dominando como siempre? Ja. Tengo audios: “Más, Sebastian, fóllame duro”. Videos de seguridad del hotel. Todo.
Me siento, cabeza en manos.
—¿Cómo lo obtuviste? ¿Espías?
—Desde que olí perfume barato en tu ropa. Sabía que andabas con una puta. Y ahora, divorcio. Custodia total de Sofía. Te dejo sin un euro, amor. Tabloides: “Magnate folla prostituta mientras hija de 15 llora”. Sofía te odiará para siempre.
Sofía. La luz de mi vida. La que me llama “papá héroe” por las historias de negocios que le cuento. La que odia a Isabella pero ama la familia.
—No. Por favor. Hablemos. ¿Qué quieres?
Isabella se acerca, tacones clac clac, se sienta en mi regazo, mano en mi v***a semierecta bajo los pantalones.
—Lo que siempre quise: control. Termina con la puta. Vuelve a Londres. Folla conmigo como antes: frío, mecánico, pero mío. O pierdes a Sofía.
Su mano frota, despertando la v***a contra mi voluntad, recuerdos de sexo rutinario: ella encima, gimiendo fingido, yo corriéndome rápido para acabar.
—No puedo. Amo a Lia. Es real.
Isabella ríe, apretando hasta doler.
—Real. Qué lindo. ¿Real como cuando me follabas pensando en tus deals? ¿O real como tu hija de 15 años que te necesita? Elige: familia o puta.
El teléfono vibra: mensaje de Lia: “¿Estás bien? ¿Qué pasa?”
Isabella lo ve, ríe.
—Dile adiós. O llamo a Sofía y le digo: “Papá te cambia por una que cobra por abrir las piernas”.
Siento el mundo romperse. Sofía. Lia. Isabella.
—Dame tiempo.
Ella se levanta, tacones clac clac hacia la puerta.
—Tiempo expiró. Mañana firmas o pierdes todo.
Sale. Me quedo solo, v***a dura por traición, corazón roto.
**¿Elegiré a Lia o a Sofía?**