La puerta se abre de golpe y el mundo se congela. Estoy atada a la cama, las muñecas ardiendo por la seda roja, el culo aún caliente de los azotes, el ano goteando semen de Sebastian que me llenó hasta el fondo hace segundos. Mi coño palpita, el cuerpo zumbando de aftershocks del orgasmo anal que me destrozó, ondas de placer que me barrieron desde el culo hasta el clítoris mientras gritaba su nombre como una puta poseída. Y ahí está ella: Isabella, la reina de hielo en persona, vestido n***o ceñido como una segunda piel, tacones altos que clavan el suelo de la suite del Hotel de l'Europe, ojos azules perforando como cuchillos fríos.
—Hola, amor —dice, voz calmada pero cortante como vidrio roto—. ¿Interrumpo el jueguito?
Sebastian se aparta de mí de un tirón, la v***a aún dura y goteando nuestra mezcla de jugos, el semen brillando bajo la luz de la luna que filtra por los ventanales de la suite de lujo. El hotel es un sueño: paredes blancas con arte moderno que Sebastian reservó para nosotros, cama king con sábanas de hilo egipcio de 1.000 hilos, vistas al canal donde las luces bailan como promesas rotas. Todo pagado por él, el hombre que me sacó del mugre de Carla para meterme en este paraíso de cristal y seda. Carla se mudó conmigo al departamento nuevo —“No te dejo sola, amiga”—, pero ahora estoy sola en esta suite, ajena a este infierno que acaba de explotar.
Sebastian se pone los pantalones rápido, la mandíbula tensa, los ojos azules pasando de pánico a rabia.
—Isabella, ¿qué carajos haces aquí? ¿Cómo entraste?
Ella ríe fría, cruzando los brazos, el vestido n***o marcando curvas perfectas que gritan cirugía y gimnasio de élite.
—Llave maestra, amor. Dinero abre puertas, ¿recuerdas? Tu lema favorito cuando cierras deals. Y ahora cierras deals con putas baratas.
Me retuerzo en las ataduras, el cuerpo expuesto, semen goteando por los muslos, el culo ardiendo de los azotes que me dejó rojo como tomate. Tiro de la seda, intentando soltarme, pero los nudos son firmes, como su v***a cuando me penetró por detrás por primera vez esa noche, despacio al principio, el estiramiento quemando hasta fundirse en placer prohibido que me hizo suplicar “más, joder, no pares”.
—No soy puta barata —gruño, voz ronca por los gemidos recientes—. Suéltame, Sebastian.
Él se acerca rápido, desatando las muñecas con manos temblorosas, cubriéndome con la sábana.
—Lia, lo siento… Isabella, sal de aquí ahora mismo.
Isabella levanta un sobre manila, fotos impresas cayendo al suelo como confeti venenoso: yo abierta de piernas en el yate, boca llena de su v***a, culo marcado por azotes, semen goteando por todos lados.
—Miren esto. Tu puta americana en acción. ¿Cuánto le pagas por hora, amor? ¿O es amor verdadero? Ja. Tengo más: audios, mensajes, hasta videos de seguridad del hotel.
Sebastian palidece, recogiendo las fotos.
—¿Cómo las obtuviste? ¿Me espías?
—Desde que empezaste a ignorar mis llamadas. Sabía que algo olía a puta barata. Y ahora elijo yo: divorcio inmediato. Custodia total de Sofía. Te dejo en la ruina, amor. Los tabloides te comerán vivo: “Magnate folla prostituta mientras hija llora”. Sofía te odiará.
—No involucres a Sofía —digo, incorporándome, sábana cubriendo el cuerpo aún caliente—. Esto es entre adultos.
Isabella me mira como a una cucaracha.
—Tú cállate, puta. ¿Sabías que Sebastian me follaba anoche? Frío, mecánico, pero mío. Y ahora tú, abierta como perra en calor. ¿Te ata? ¿Te azota? ¿Te penetra por el culo como a mí nunca? Ja. Eres juguete temporal.
Sebastian se pone entre nosotras, voz temblando de rabia.
—Basta, Isabella. Lia es más que eso. La amo. Lo siento, pero la amo de verdad.
Ella ríe, pero ojos brillan con lágrimas contenidas.
—Amo. Qué lindo. ¿Amo como cuando follas y piensas en Sofía? ¿En nuestra hija de 15 años que te llama papá y te pide consejos? ¿La dejarás por esta? ¿Por una que cobra por gemir?
—No es así —digo, voz quebrada—. No quiero separar familia.
Isabella se acerca, tacones clac clac en el piso de madera pulida.
—Entonces vete. Vuelve a tu vitrina, puta. Deja a mi marido y a mi hija en paz.
Sebastian me mira, ojos azules llenos de pánico y amor.
—Lia, no la escuches. Te elijo a ti. Divorcio. Sofía entenderá.
Isabella saca teléfono, marca.
—Llamo a Sofía ahora. Le digo: “Papá te cambia por puta”. ¿Quieres oírla llorar?
Sebastian palidece.
—No. Por favor, Isabella. Hablemos solos.
Ella sonríe fría.
—Hablemos. Pero la puta se va.
Me visto rápido, cuerpo aún zumbando de sexo, ano ardiendo, coño mojado por recuerdos. Salgo, lágrimas rodando.
En pasillo, oigo gritos. Y sé: elegirá a Sofía.
**¿Perderé a Sebastian para siempre?**