"Imbécil, imbécil, imbécil", me quejaba por mis adentros mientras daba vueltas por todo mi cuarto, el cual aún conservaba su leve esencia. Aquella fragancia era de ella, impregnada en cada rincón porque estuvo toda la noche aquí. Y, para mí, fue todo un privilegio observar su bello rostro tranquilo, esa expresión de serenidad que solo el sueño podía otorgarle, mientras dormía en mi cama. En aquellos momentos, su presencia me resultaba como una especie de calma que se había apoderado de mi espacio y de mi mente. —Sabe lo delicada que se pone con esa palabra... y la mencioné así, como si nada —pensé, sintiéndome como un idiota. No solo por haberla llamado de esa forma, sino porque en el fondo sabía lo importante que era ese detalle para ella. Esa palabra, esa etiqueta que para mí había sido

