¿Estoy a tiempo de ?

784 Words
No me he levantado de la cama en dos días. Ni siquiera me he cambiado de ropa. Me limito a mirar el techo, con el estómago vacío y la garganta seca de tanto llorar. Aún no he hecho la maleta. No tengo a dónde ir. Me han pedido que desaloje la residencia lo antes posible. Las reglas son claras: las alumnas embarazadas no pueden permanecer en el campus. Pero no tengo fuerzas. El mundo entero se me vino abajo en cuestión de días. Una prueba positiva, una beca retirada, un futuro arrancado de raíz y, lo peor, un padre desconocido. Todo me abruma. Todo duele. Marina ha estado a mi lado sin despegarse. Hoy entró en la habitación decidida, con una energía que contrasta dolorosamente con la mía. —Rossi, ya basta. No puedes seguir así. No te puedes quedar tirada en esta cama hasta que te boten. Vamos, vístete. —No tengo a dónde ir —susurro, con la voz ronca. —Sí tienes. Vamos a ir al médico. —No tengo dinero, Marina. No me queda ni para una pastilla. —Yo lo resolví. Ya está. —¿Cómo? —Pedí dinero a mis papás. Les dije que era para una pasantía en una revista. Me lo mandaron. Te voy a llevar con el mejor médico de la ciudad. Bueno, médica. Es una ginecóloga excelente. Vamos. Te vas a sentir mejor. No tuve fuerzas para negarme. Me levantó como pudo, me ayudó a cambiarme la ropa y peinó un poco mi cabello enmarañado. En el espejo, no me reconocí. Parecía un cadáver con ojeras. El taxi nos dejó frente a un edificio elegante. Marina me sostuvo del brazo todo el camino hasta la recepción. Una mujer de cabello castaño claro, piel morena y ojos cálidos nos recibió. Su bata blanca decía “Dra. Gabriela Monteverde”. Sonrió apenas me vio. —Tú debes ser Rossi —dijo con voz suave, maternal—. Pasen, las estaba esperando. Entramos en un consultorio cálido, con cuadros de flores y un aroma suave a lavanda. No parecía una clínica común. Me sentí segura, al menos por un momento. —¿Te gustaría contarme qué está pasando? —preguntó mientras nos sentábamos frente a su escritorio. —Estoy embarazada —murmuré—. No tengo pareja. No sé quién es el padre. Solo fue una noche. No... no recuerdo su nombre. Gabriela asintió sin juzgar. —Entiendo. ¿Sabes más o menos cuántas semanas tienes? —Cinco... creo. Me hice una prueba. Salió positiva. —Vamos a confirmar con un eco transvaginal, ¿de acuerdo? Es un poco incómodo, pero no duele. —Está bien. Me condujo a una camilla. Me entregó una bata. —Quítate la ropa de la cintura para abajo y colócate esto. Te cubro con la sabanita, ¿sí? Avísame cuando estés lista. Una vez acostada, ella se sentó junto a la máquina de ultrasonido. Me habló con delicadeza mientras preparaba el transductor. —Respira hondo. Esto será rápido. Introdujo el aparato con sumo cuidado. En la pantalla, apareció una pequeña sombra. —Aquí está —murmuró—. Tiene cinco semanas exactas. Es muy pequeño aún, pero está ahí. El saco gestacional se ve bien. Y el endometrio está grueso. Todo parece dentro de lo esperado. Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. No era miedo, era algo más profundo. Un derrumbe silencioso de todo lo que alguna vez fui. —Puedes vestirte, Rossi. Hablamos en el escritorio. Me levanté en silencio, temblorosa. Cuando regresé al asiento, Gabriela ya me esperaba con varios folletos y una hoja con indicaciones. —Vas a tomar ácido fólico, hierro y una vitamina prenatal diaria —comenzó—. También debes cuidarte del estrés, la comida chatarra y el esfuerzo físico excesivo. —¿Estoy a tiempo de… abortar? —pregunto con la voz quebrada. Ella me mira. No con juicio, sino con compasión. —Sí, estás a tiempo. Legalmente, puedes hacerlo hasta la semana 12, y en algunas circunstancias incluso más. Este es un listado con clínicas seguras, y aquí tienes toda la información que necesitas. No tienes que decidir hoy. Pero debes saber que estás a tiempo y que no estás sola. Tomé los folletos con manos temblorosas. Sentí que me ardían los ojos. Marina se acercó y me abrazó fuerte. —Sea lo que sea que decidas, estaré contigo —me dijo al oído—. No tienes que pasar esto sola. Quise hablar, pero no pude. Solo lloré, silenciosamente, contra su pecho. La mujer que fui hace una semana había desaparecido. Y lo que venía... no tenía idea. Pero debía enfrentarme al mundo. Aunque el mundo me quisiera borrar.
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