Desperté de mala manera, sintiendo como mi cuerpo entero hubiera sido golpeado contra una pared de ladrillo. Por instinto empujé la tapa del ataúd, me di cuenta de que algo la detenía y reaccioné en consecuencia. La rabia hizo erupción. Empujé con todas mis fuerzas hasta que quienquiera que estuviera sentado sobre el ataúd cayó. La tapa, liberada, voló, y rodé hasta el suelo de piedra. El ataúd estaba de lado y yo junto con él. Mi última casa había sido lanzada contra la pared. ¡No era un buen inicio para mi día! Decidido a llegar al fondo de tal insulto a mi reposo, salí disparado del cuarto y a través de los vacuos pasillos. No vi ni un alma hasta que salí del palacio al crepúsculo claro de una luna gibosa. El misterio estaba resuelto: habíamos aterrizado. Parecía que nos habíamos dete

