|Capítulo 2: Theresa|

1733 Words
El camino adoquinado terminó abruptamente después de una hora y dió paso a un sendero rural de gravilla suelta y nubes de polvo que conducía a un pequeño conjunto de casas de madera vieja y tejas gastadas en el pequeño poblado de Parvoo al sur del reino. El camino a ambos lados estaba lleno de pastizales secos que se extendían hasta toparse con los linderos del bosque Ashdown, un bosque de hojas perennes, donde el cedro rojo predominaba en su mayoría. Respiré hondo y traté de calmarme un poco, pues una sensación fría y extraña se había instalado en todo mi cuerpo, haciéndome sentir enferma. Presioné un poco más la rebanada de pan de centeno contra mi pecho en un intento inútil de hacerme sentir mucho más valiente. Odiaba llegar a casa. Odiaba como los ojos de mi padre me miraban y me acusaban al no poder llevar más comida y dinero a casa. Sabía lo que pensaba cada vez que me veía entrar por la puerta. Cada vez que sus ojos oscuros recorrían mi cuerpo, dentro de aquellos vestidos que me iban chicos y se iban deteriorando más y más. Me detuve en seco y respiré una vez, dos veces, tres veces... Solté el aire y mis labios temblaron cuando ví el carruaje oscuro con caballos castaños salir de la entrada de gravilla de mi casa. Me hice a un lado del camino hacia los pastizales cuando el carruaje avanzó rápidamente hasta mí en una nube de polvo y gravilla suelta, hacia la ciudad. Corrí el último tramo que quedaba hasta la puerta de mi casa. Mis manos temblaban, mi corazón latía con fuerza contra mi pecho, y aquella sensación de frío siguió recorriendo mi cuerpo, clavando su dientes en mi piel. Abrí la puerta de un empujón y los ojos oscuros y el rostro quemado de mi padre fueron lo primero que ví cuando entré a la pequeña casa. Un fuerte olor a repollo se filtraba por la puerta de la cocina y envolvía el ambiente con un olor un tanto nauseabundo, a pesar de eso mi estómago gruñó con hambre, pues no había comido más que migajas de pan en la panadería. —Padre —saludé, los ojos oscuros siguieron observándome. Las antiguas cicatrices de su rostro se volvieron un poco tirantes alrededor de su boca, como siempre sucedía cada vez que trataba de sonreír. —¿Qué has traído hoy, Josephine? ¿Acaso algunas piezas de plata o tal vez unas cuántas piezas de oro? —preguntó y alargó una mano llena de cicatrices que fue retirada casi de inmediato. Desvíe la vista de él e hice una rápida revisión con la mirada de cada rincón de aquella pequeña habitación, pero ahí no había nadie más que él y yo. ¿Dónde estaba Theresa? Normalmente era la primera en saludarme cada día y ahora, simplemente, no estaba ahí. —Te hice una pregunta, Josephine —dijo y su tono, aunque tranquilo, arrancó un escalofrío a mi columna. ¿Por qué Theresa no estaba ahí? ¿Había salido a caso a la casa de algún vecino o simplemente dormía en la habitación contigua? —Padre, sabe que en la panadería de los Bryon apenas me pagan unas piezas de cobre y... —Cobre. ¡Cobre! ¡¿Y crees que con eso vamos a comer algo?! ¡¿Crees que está familia seguirá viva al final del año con tu ridículo sueldo?! —gritó. Me encogí de hombros. Volví la mirada hacia la cocina, intentando pensar que Theresa se encontraba ahí con mamá preparando aquella sopa de repollo que tan mal olía. —¿Dónde está Theresa, padre? —pregunté. Mi padre soltó una carcajada, la piel quemada de sus labios se retrajo y dejó a la vista una dentadura de dientes amarillos. —¿Qué tienes ahí? —preguntó a su vez, miraba directamente mi pecho dónde una parte de la servilleta blanca sobresalía de la tela de mi vestido. Metí la mano y le enseñé la única rebanada de pan que había conseguido robar aquel día de la panadería de los Bryon. —Dámelo —dijo con un suave siseo. Mis manos temblaron sobre el pan y me mordí el labio, había llevado aquella rebana para Theresa ya que en los últimos meses había adelgazado a niveles que alarmantes. —¿Dónde está Theresa, padre? —volví a preguntar. Los ojos oscuros y el rostro quemado se concentraron en la rebana que tenía entre las manos de forma casi maliciosa. —Dame el pan y te lo diré —dijo y alargó una mano hacía mí. —Dime, ¿dónde está, padre? ¿Y que hacia un carruaje aquí? —Fui bastante claro, Josephine, dame el pan y te diré dónde está la mocosa —masculló entre dientes mientras agitaba la mano para que me acercara. Lo observé y caminé a paso firme a la cocina. La risa de mi padre llenó de nuevo la estancia. La cocina era un pequeño cuarto donde había una mesa de madera podrida, una barra hecha de ladrillos que se desmoronaban en fino polvo de color rojizo y un fogón de leña dónde ahora se cocina en una olla vieja y abollada agua y un par de hojas de repollo. Mi madre estaba sentada en una silla de madera apolillada, cortando metódicamente algo que no estaba ahí con un cuchillo oxidado. —Madre, ¿dónde está Theresa? — pregunté suavemente, pero ella siguió cortando aquello inexistente; suspiré. En algún momento mi madre había sido una mujer fuerte y bella, pero después de todo lo que había tenido que vivir, entendía porque había terminado de aquella manera, siendo solo un cascarón vacío que vagaba en algún lugar de su propia mente. Sin embargo, Theresa y yo todavía seguíamos aquí y necesitábamos a nuestra madre para escapar de alguna forma de la maldad de mi padre, pero con el paso de los días mi madre solo continuaba hundiéndose más y más en su propia locura. Y a Theresa y yo solo nos había quedado observar. Tomé el cuchillo que sostenía en sus manos y lo alejé de ambas, sus ojos ni siquiera me miraron, pero su labio superior tembló un poco y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas. —Josephine... —susurró y volvió a perderse en sí misma una vez más. Dejé un beso sobre su mejilla y volví a dónde se encontraba mi padre en la estancia que hacía la función de salón. De alguna forma u otra mi padre tendría que decirme dónde estaba mi hermana, antes de que la incertidumbre acabará conmigo. Le tendí el pan y él me lo arrebató con manos firmes, lo ví devorarse la pequeña pieza de pan y luego sonreír satisfecho. Me concentré en su rostro. Mi padre alguna vez fue un hombre atractivo, tenía piel clara y aceitunada, ojos oscuros e inteligentes, nariz fina y labios delgados. Su cabello había sido abundante y de un color chocolate que había heredado a cada uno de nosotros. Mi padre había sido una persona tranquila y amable, siempre tenía una sonrisa para cualquier situación, pero el fuego se llevó todo eso y nos dejó a un hombre resentido y cruel. Desde la muerte de Aegon y Nicolai, mi padre solo nos vio a mis hermanas y a mí cómo un objeto, cómo una mercancía la cual era de su propiedad y podía vender cuando quisiera y eso me asustaba. —Padre... —¡Tú y la estúpida mocosa no han hecho nada! —Padre, sabe que trabajo tanto como puedo y Theresa... —¡¿Ves esto?! —gritó señalando el muñón donde antes estaba su pierna derecha, asentí con pesadez—. Serví a mi nación durante años, ¿Y cómo me pagó la corona, Josephine? ¡¿Cómo?! —preguntó todavía gritando. Tragué saliva y vi como un par de lágrimas rodaban por el rostro de mi padre que justo ahora su semblante parecía agotado y desesperado, tanto como yo me sentía en ese instante. —¡¿Cómo?! —gritó. Me estremecí en mi lugar, los ojos oscuros me miraron con furia. —Padre, te he dado el pan, dime ¿dónde está Theresa? Por favor, solo dime eso y te dejaré tranquilo. —Mi voz tembló al final. No quería llorar, no quería demostrarle a mi padre lo débil que era y lo mucho que me afectaban sus palabras, no a él. Había perdido a cuatro de mis hermanos y desde hacía algunos años había empezado a perder también a mi madre poco a poco, así que no podía permitirme perder a Theresa. Ella era lo único que hacía que trabajar doce horas seguidas no fueran tan malas y no hicieran de mí algo peor. —El reino me olvidó, Josephine. El rey nos olvidó a todos en estas pocilgas que llamamos casas. Tuve seis hijos con esa horrible mujer —dijo señalando hacia la cocina donde mi madre se encontraba y había comenzado a hablar sola en voz alta—. Dos de ellos fueron tan estúpidos y murieron rápidamente, ¿y qué me dejo eso? —Su voz era un susurro cargado de ira y rencor. Mi cuerpo tembló, pero no de miedo sino más bien de ira al escuchar aquellas palabras. Mi padre no podía ser un ser tan miserable como para pensar aquello de Aegon y Nicolai, ¿verdad? Ellos dos se habían arriesgado para que todos nosotros tuviéramos no solo un futuro, sino también para tener algo que llevarnos a la boca a diario. Dolía pensar y darme cuenta que ese sacrificio poco importó a mi padre y que ahora los consideraba estúpidos y más. —Me quedaron cuatro hijas, ¿y de qué me sirve eso? Bueno, las hijas solo sirven para una cosa, ¿sabes cuál es, Josephine? —Sus labios quemados se retrajeron en otra de sus sonrisas forzadas, dando paso de nuevo a aquellos dientes amarillos. Lo vi buscar algo dentro de las costuras del raído y sucio sofá. Las lágrimas cayeron frías sobre mis mejillas cuando entendí de lo que se trataba, el zumbido en mis oídos se hizo cada vez más y más fuerte. Mis piernas se sintieron débiles y pesadas al mismo tiempo y caí al suelo mientras mis gritos inundaban la casa. Theresa ya no iba a volver.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD