POV Zara Fox
¡MaldiciĂłn! Definitivamente, Nueva York estaba sobrepoblada de locos, y yo, con mi suerte, me habĂa topado con dos de los ejemplares más peligrosos en un solo dĂa.
Primero la esposa de Henry, el hombre por el que habĂa cruzado el Atlántico, abandonando la seguridad de mi hogar en Londres y desafiando la ira de mi padre, solo para descubrir que su "solterĂa" incluĂa una esposa furiosa dispuesta a arrancarme la cabeza.
Y ahora, él.
El hombre que caminaba a mi lado hacia el ascensor. No sabĂa su nombre, solo que tenĂa una hija con la mirada más triste del mundo, unas manos capaces de desarmar a un guardia de seguridad con elegancia aterradora, y una propuesta prematrimonial que sonaba a locura.
El ascensor se abriĂł directamente a un penthouse que gritaba dinero, poder y una alarmante falta de toque femenino. Era espectacular, no podĂa negarlo.
Era el tĂpico santuario de un soltero de oro. Lo sabĂa porque el apartamento de mi hermano Zack en Londres tenĂa exactamente la misma vibra de "lugar de caza". Zack lo usaba exclusivamente para impresionar a sus conquistas y, bueno, el resto era historia.
Mis instintos se dispararon, poniĂ©ndose en alerta máxima. La adrenalina que me habĂa mantenido en pie durante el altercado en el restaurante comenzĂł a disiparse, dejando paso a una cautela helada.
Si este hombre pensaba que, por haberme salvado de una escena humillante, yo era una damisela en apuros dispuesta a pagarle con favores “pecaminosos”, estaba muy equivocado. Antes muerta que convertirme en el trofeo de un desconocido.
Él caminĂł hacia un minibar integrado en la pared. Se movĂa con una gracia depredadora, cada paso destilando una confianza que comenzaba a irritarme profundamente.
—¿Quiere beber algo? —preguntó, su voz era profunda. Ni siquiera se molestó en mirarme.
—No, gracias. Solo quisiera saber por quĂ© demonios estoy aquà —respondĂ, cruzándome de brazos, tratando de proyectar una seguridad que no sentĂa del todo.
El hombre no respondiĂł de inmediato. Lo vi servirse un lĂquido ámbar —probablemente un whisky de malta excesivamente caro— en un vaso de cristal cortado.
Definitivamente, este hombre era un enigma. La versiĂłn que habĂa visto en el hospital, arrodillado frente a su hija Alina, con la voz quebrada por la angustia, parecĂa un espejismo comparada con el bloque de frialdad y arrogancia que tenĂa enfrente ahora.
Se dio la vuelta y se acercĂł a mĂ. La iluminaciĂłn ambiental resaltaba los ángulos afilados de su rostro, un rostro que, en otras circunstancias, habrĂa encontrado devastadoramente atractivo.
Se sentó en el sofá de cuero frente al que yo ocupaba, cruzando una pierna con una elegancia que me pareció casi un insulto a mi actual estado de desaliño emocional. Bebió un sorbo lento, estudiándome con esos ojos azules profundos e insondables.
—Mire, Doctora Jirafa...
—¿PerdĂłn? —La indignaciĂłn me atravesĂł como una descarga elĂ©ctrica. Âż"Jirafa"? ÂżMe habĂa salvado de una humillaciĂłn para imponerme otra?—. ÂżCĂłmo me llamĂł?
Él esbozĂł una sonrisa mĂnima, casi imperceptible, que no llegĂł a sus ojos. HabĂa algo cruel en esa sonrisa, algo que me decĂa que disfrutaba provocarme.
—Le digo asĂ porque en Londres, en el hospital, la escuchĂ© contarle un cuento a mi hija. Era sobre jirafas. No sĂ© su nombre real, asĂ que, por el momento, doctora Jirafa me parece adecuado. Es alta, rubia, y tiene esa cualidad tierna pero defensiva de esos animales. Además —añadiĂł, tomando otro sorbo de su whisky y clavando su mirada en la mĂa con una intensidad que me hizo removerme incĂłmoda en el asiento—, resulta bastante curioso cĂłmo el destino nos vuelve a cruzar.
ApretĂ© los dientes. AsĂ que este hombre me recordaba perfectamente de Londres y, aun asĂ, me habĂa ignorado por completo en el restaurante hasta que no tuvo otra opciĂłn.
Su arrogancia era monumental. Sin embargo, respirĂ© hondo y decidĂ tragarme mi orgullo. Me habĂa ayudado a salir ilesa del restaurante, protegiĂ©ndome de la furia de la esposa de Henry y de las miradas juiciosas de los comensales. Le debĂa eso.
—¿Me trajo aquĂ solo para ponerme apodos tontos y regodearse en su buena memoria? —respondĂ, mi tono gĂ©lido. Si pensaba que me iba a intimidar con su opulencia y su mirada de acero, estaba muy equivocado. He lidiado con hombres peores. He lidiado con mi padre.
—Está bien. IrĂ© al grano —dijo al fin, su expresiĂłn enderezándose, abandonando cualquier atisbo de diversiĂłn burlona por una seriedad profesional y cortante. Era como ver a un depredador cambiar de modo "juego" a modo "caza"—. Mientras estuvimos en el restaurante vi una situaciĂłn muy clara. Usted es una mujer inteligente que tomĂł una decisiĂłn estĂşpida por un hombre que no lo valĂa. Ahora necesita desesperadamente un escudo. Necesita un novio, un esposo, un compromiso... algo que haga que la esposa de ese infeliz con el que salĂa la deje en paz y le devuelva algo de la dignidad que perdiĂł.
Sus palabras, aunque pronunciadas con una suavidad engañosa, me golpearon con la fuerza de un puñetazo. La verdad dolĂa, y Ă©l la estaba usando como un bisturĂ para diseccionar mi situaciĂłn.
Yo no me habĂa metido conscientemente con un hombre casado. Henry me habĂa mentido.
Pero ante los ojos del mundo, y especialmente ante los ojos de su esposa, yo era la amante. La destructora de hogares.
SentĂ una punzada de vulnerabilidad en el pecho, pero me neguĂ© a dejar que viera mis lágrimas. EnderecĂ© mi propia espalda, imitando su postura, aunque por dentro me sentĂa a punto de desmoronarme.
—Señor... creo que hay un error en su análisis —dije, mi voz temblando ligeramente a pesar de mis esfuerzos por mantenerla firme—. Yo nunca supe que Henry era casado. Me enamorĂ© de Ă©l, sĂ. CreĂ en sus palabras y cometĂ el error de dejarlo todo, mi carrera, mi familia, mi paĂs, por Ă©l. Pero no soy una amante. Fui una tonta, pero no una cĂłmplice.
Él asintiĂł lentamente, no con simpatĂa, sino como si estuviera marcando una casilla en una lista mental.
—Quiero aclarar que yo no soy quién para juzgar su moralidad o su ingenuidad. Eso no me incumbe. Lo que sà me incumbe es que, asà como usted me necesita ahora mismo para no ser devorada viva por la alta sociedad neoyorquina y por una esposa despechada, yo la necesito a usted.
—¿A qué se refiere exactamente? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
Él dejĂł el vaso de whisky sobre la mesa de centro con un sonido seco, definitivo. Se inclinĂł hacia adelante, su rostro a pocos centĂmetros del mĂo. Pude oler el aroma de su bebida, mezclado con una colonia cara y varonil. Sus ojos estaban fijos en los mĂos, con una determinaciĂłn que me helĂł la sangre.
—A que quiero ofrecerle un contrato matrimonial.
SentĂ que el mundo dejaba de girar por un segundo.
Esa maldita palabra. Mi abuelo habĂa obligado a mi abuela a casarse mediante un contrato. Mi propio padre habĂa atado a mi madre de la misma forma. Y ahora, este hombre, este completo desconocido que me llamaba "Doctora Jirafa", querĂa lo mismo de mĂ. Era inaceptable.
—¿Y quĂ© le hace pensar que yo aceptarĂa algo asĂ? ÂżQuĂ© le hace pensar que estoy tan desesperada como para vender mi libertad a un desconocido?
Él sonriĂł de nuevo, pero esta vez no habĂa burla, solo una frĂa y calculadora satisfacciĂłn. Se enderezĂł con una elegancia descarada.
—Pues mire, soy bueno leyendo a las personas. Es mi trabajo. Es como he construido mi imperio. Y hoy vi cuánto intentĂł defenderse en el restaurante, vi el fuego en sus ojos, pero tambiĂ©n vi la derrota. Si dice que dejĂł todo por un hombre, entonces asumo que está aquĂ sin trabajo, sin estudios reconocidos en este paĂs, sin amigos en los que confiar y, muy posiblemente, sin dinero... o me equivoco?