Y muy larga se le hizo la espera a Fanny. Habían llegado a Mansfield en jueves y no fue hasta el domingo por la tarde cuando Edmund empezó a hablarle del asunto. Era una lluviosa tarde de domingo, momento ideal como no existe otro para, si se tiene a mano a una persona amiga, sentir la necesidad de abrir el corazón y contarlo todo. Edmund estaba sentado junto a ella. Nadie más había en la habitación, excepto lady Bertram, que después de escuchar un emotivo sermón había llorado hasta dormirse... Era imposible no hablar; y así, con sus habituales preámbulos, sin relación apenas con lo que iba a decir, y su habitual declaración de que si quería escucharle unos minutos, sería muy breve y nunca más volvería a abusar de aquel modo de su amabilidad (Fanny no había de temer una reincidencia: sería

