Dime oyó la risita de nuevo. Estaba allí cada vez que cerraba los ojos. A veces, estaba a su lado en la cama. A veces, se disparaba alrededor de la habitación. Y a veces, la risa era un susurro en su oído. El sonido estaba allí, seguido de una brisa fresca, todas las noches sin falta. «Espíritus», «apariciones», «duendes». Dime no conocía nada de esto porque solo tenía siete años y medio. Pero sí conocía la palabra para las risas y los objetos en movimiento, y era «fantasma». Por alguna razón, el fantasma no la asustaba, y ella no quería perder a su compañera sobrenatural por la intromisión de un adulto. El fantasma era su secreto, su amiga risueña de la que podía jurar que a veces se acostaba junto a ella como si estuvieran en una pijamada. —Buenas noches. Duerme bien. Que no te pique u

