El lunes por la mañana, el piso 40 vibraba con una energía eléctrica. Se preparaba la asamblea más importante del trimestre para cerrar los contratos con los inversionistas turcos. Sondra estaba en su escritorio, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia la pantalla de su celular. Una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro cada vez que recordaba el calor de los brazos de Jacob. —Señorita Gilbert... ¿estamos aquí o seguimos en el fin de semana? —La voz grave de Leandro la trajo de vuelta a la realidad. Él estaba apoyado en el marco de la puerta de su oficina, observándola con una ceja arqueada. No parecía molesto, sino curioso, con esa mirada analítica que parecía leerle el alma. —Lo siento, señor Lotario. Solo revisaba unos pendientes —mintió ella, guardando el teléfono rápid

