—Estoy asfixiándome por la ausencia de mi mujer. Sin entender por qué, en este lugar me permití soltar las lágrimas que he acumulado durante la semana, salían y salían silenciosas, no me importó eso de que los hombres no debían llorar. Ese perjuicio arcaico enraizado en la cabeza de los hombres lo hice a un lado. El cura me permitió un momento para calmar el alma, pasado los minutos, cuando vi a su empleada venir, limpié de rapidez mis lágrimas y volví a aparentar fortaleza. —Gracias, Mila. —volvimos a quedar solos. —¿Han sabido algo de los secuestradores? —negué—. ¿Y tú has hecho algo al respecto? Me quedé mirándolo, sus ojos eran afables, transmiten serenidad y sabiduría, como dijo mi esposa. Negué. » De ante mano me excuso si mis palabras o comentarios pasan el límite de la confi

