Capítulo 3. La mansión Burke.

1628 Words
Al terminar la ceremonia en la iglesia, los novios fueron felicitados por los invitados antes de que salieran de la edificación. —Madison, ¿qué pasó? —le preguntó con disimulo Lucia, una de sus amigas, mientras la abrazaba y le daba un beso. —Un repentino cambio de planes —susurró ella antes de saludar a otro invitado. Lucia se apartó para darle espacio y cuchucheó con Candace, su otra amiga. Ambas habían sido antiguas compañeras de la universidad. Madison estaba algo perturbada, pero su estado aumentó al verse rodeada de tantas personas que iban a felicitarla. Aunque todos la veían como si estuviesen dándole el pésame. Poco le faltó para entrar en pánico, hasta que una mano cálida y firme la sacó de allí para llevarla a la puerta de la iglesia. Se trataba de Edward, quien enseguida se aferró a ella envolviendo su mano y entrelazando los dedos. Madison se lo permitió porque los nervios estaban a punto de hacerle una mala jugada. Al salir escuchó los murmullos de la gente que la mencionaban a ella, a Edward y a Lionel. —¿Cómo haces para soportarlo? —le preguntó al hombre al entrar en la limosina. —Solo sonríe, pronto pasará. Aquella respuesta la impactó. Más aún, la actitud relajada del hombre, quien sonrió hacia los invitados y se despidió de ellos con una mano antes de subir la ventanilla. Irían al restaurante de un hotel de lujo donde se haría un brindis y una cena para celebrar el enlace. Madison a esas alturas estaba tan cansada que no quiso discutir más sobre el tema y se pasó el resto de la noche sonriendo en modo automático. Solo deseaba que pronto terminara aquel compromiso. Lo más extraño, fue que en el restaurante las caras de los invitados dejaron de mostrarse desconcertadas o escandalizadas para revelar una alegría verdadera. La mayoría parecía complacido con el inconveniente ocurrido. Los buenos deseos que comunicaron durante el brindis sonaron sinceros y las miradas que compartieron con ella mientras cenaban eran de aprobación. Madison no entendía muy bien lo que había pasado y el efecto que aquel hecho había dejado en todos ellos. Aunque notó que los Burke procuraban evitar comentarios sobre lo sucedido. El señor Fergus, el patriarca, se veía satisfecho sentado en su silla de ruedas liderando la mesa en el lado contrario al que ellos se encontraban. Nathan y su esposa Grace, los padres de Lionel, disimulaban su bochorno y Alice, la hija del medio de la familia, estaba tan contenta que cuando se carcajeaba sonaba como si fuese una orquesta de barrio. Sus hijos, Niall de dieciséis años y Gavin de catorce, disfrutaban de la misma manera en que lo hacía su madre. Era como si aquella fiesta hubiese sido organizada para ellos. Los Gallaghan, por su parte, parecían aliviados. Como si hubiesen salido de una operación a corazón abierto enterándose que todo había resultado positivo. Howard, su padre, hasta sonreía y ya no se frotaba el pecho. Megan hacía un derroche de elegancia y distinción entre los invitados, haciendo alarde de las normas de etiqueta que había aprendido hacía pocos años cuando la empresa de ellos de pronto se hizo exitosa y los volvió los «nuevos millonarios» de Nueva Jersey. Y Lilly no dejaba de hablar con chicas de su edad que estaban entre los presentes, como si estuviese en su habitación haciendo una pijamada con amigas y no en la cena de boda de su hermana mayor. La única que seguía mostrándose descolocada era Madison. Continuaba preguntándose dónde demonios estaría Lionel y cómo había sido posible que la engañara con Sarah Russel luego de todas las promesas que le había hecho. Lo odiaba por su impertinencia y rogaba porque en la mañana la prensa no fuese tan agresiva con su familia por lo ocurrido. Si veía que los Gallaghan salían perdiendo en aquel acuerdo, siendo ridiculizados en los medios de comunicación, se vengaría de todos los Burke. Empezaría por Lionel, por traidor, y luego seguiría con Edward por… porque era molesto. Y hasta incluiría al viejo Fergus, ya que nadie se salvaría de su despiadado desquite. —¿Champan? La pregunta de Edward la sacó de golpe de sus pensamientos vengativos. Dirigió hacia él una mirada llena de reproches con los ojos entrecerrados. Él extendió hacia ella una copa de champan mientras hacía dibujar una risa divertida en sus labios, que empeoró la frustración de la mujer. Madison se ajustó los anteojos al puente de su nariz antes de tomar la copa. Un desplante frente a todos la dejaría a ella en mala posición. —En veinte minutos nos iremos —comunicó el hombre. A ella le molestó que comenzara a darle órdenes como si él fuese su dueño, pero no se quejó. Estaba ansiosa por terminar con aquella farsa e irse de allí. Cuando faltaba muy poco para marcharse, sus amigas Lucía y Candace se acercaron a ella. —Madison, necesitamos con urgencia un 911 para reunirnos en tú sabes dónde y hablar de tú sabes quién —expuso Lucía entre cuchicheos. —De tú sabes quiénes —aclaró Candace—. Tenemos que hablar de varios «quiénes» explicó. Madison resopló ante las costumbres de sus amigas de hablar en «código morse», como ellas le decían al método de no mencionar nombres para que no utilizaran sus declaraciones en algún Tribunal. El exesposo de Lucía era abogado y les había explicado ciertas cosas antes de divorciarse. —Mañana les avisaré cuándo haremos el 911 —aceptó la chica refiriéndose a un encuentro entre ellas para chismear—. Aún tengo que resolver esta situación —explicó lanzando una ojeada rápida hacia Edward. —Escuché que el primer tú sabes quién se fue con la loca del café. ¿Es cierto? —consultó Candace refiriéndose a Lionel y a Sarah Russel. Con Sarah Russel habían tenido un inconveniente en el pasado que incluía un vaso e café. Tropezaron con ella por accidente al salir apresuradas de los ascensores del edificio del grupo Ireland, haciendo que la mujer derramara el café frappuccino que le había comprado a Nathan Burke. Sarah se volvió tan histérica por lo ocurrido que en medio de gritos se lanzó sobre ellas para arrancarles los cabellos. Uno de los vigilantes tuvo que cargarla para calmarla. Desde ese momento la llaman la «loca del café». —Así es —reconoció Madison molesta. Sus dos amigas se alarmaron. —De todas formas, no puedes quejarte —expuso Lucía entre cuchicheos—. Aunque el cambio de planes es un escándalo, terminaste ganándote la lotería —aseguró antes de evaluar con descaro a Edward. Lo repasó de manera apreciativa de pies a cabeza. Madison le dio un manotazo para impedir que siguiera viendo al su reciente esposo de esa forma. —Hora de irnos. Las palabras de Edward las sobresaltaron a las tres, como si las hubiesen pillado en medio de una trastada. A Madison le molestó el tono autoritario que él utilizaba. La trataba como si ella fuese uno de sus empleados. En otro momento de su vida hubiese mantenido con ese hombre un acalorado debate para dejarle las cosas en claro, pero estaba tan exhausta y abochornada que no pudo negarse. Además, quería dejar de disimular y comenzar a hacer las preguntas que tenía atoradas en la garganta. Así que se despidió de sus amigas y de sus padres y se fue con él. No sabía muy bien a dónde iría. ¿A un hotel? ¿A la habitación que habían preparado en la mansión de los Burke para ella luego de casarse con Lionel? La casa de los Burke era una mansión enorme de tres pisos ubicada en el suburbio elegante de Rumson. En el primer piso vivía Fergus con su hija Alice y los hijos de esta, en el segundo se encontraban las habitaciones de Nathan y Grace, así como el espacio de Lionel, donde ella iba a vivir. Todo el piso superior pertenecía a Edward. Viajaron en silencio y así mismo subieron hasta la última planta. —Debo ir al piso de Lionel para buscar mis pertenencias —informó Madison mientras iban en el ascensor. —Ya fueron llevadas a mi habitación —informó Edward sin mirarla y con total frialdad. Ella lo vio impactada. ¿En qué momento habían trasladado sus cosas si aquel inconveniente había sido improvisado? Sabía que la mansión contaba con un pelotón de empleados. Tal vez Edward pidió que trasladaran sus pertenencias mientras estuvieron en la iglesia o en el restaurante del hotel. Eso le demostró que él, a pesar de haber sufrido de un problema repentino, era capaz de controlar todo sin que nada se le escapara. Daba un poco de miedo. Al llegar al piso del hombre quedó fascinada. Nunca había visitado esa zona de la mansión. Estaba decorada con suma elegancia, sin adornos superfluos, como a ella le gustaba. Era el piso de un hombre solo, que pasaba más tiempo fuera de casa, en su trabajo, que dentro. El lugar era amplio, contaba con dos salones, una biblioteca, un estudio y una habitación enorme. Había otra más pequeña que estaba por completo vacía. —¿Dónde me quedaré yo? —preguntó desconcertada. —¿Dónde más? Conmigo —aseguró él y señaló hacia su habitación con una sonrisa traviesa en los labios—. O si prefieres puedes quedarte en el sofá —dijo con tono de burla antes de entrar en el dormitorio. Madison cerró los puños, furiosa, y gruñó para controlar la rabia. —Así que te gusta jugar, Edward Burke —expuso la mujer entre dientes—. Ya te enseñaré quién será la ganadora en este juego —expuso, y fue tras él con actitud determinada.
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