Capítulo 4. Noche de bodas.

1448 Words
Al entrar en la habitación, Madison quedó paralizada. El dormitorio era el lugar más hermoso y lujoso en el que había estado toda su vida. Contaba con dos niveles. Uno donde se ubicaba un salón de descanso con televisión y otros equipos digitales y otro donde se hallaba la cama, rodeada por paredes de vidrio que daban una vista asombrosa al bosque y al río Navesink. La vista natural y nocturna le concedía al lugar un aire mágico y conmovedor. —¿Te gusta? —preguntó él al verla mirar embobada hacia el ventanal. Madison enseguida recuperó su furia y se giró hacia él para enfrentarlo, pero Edward ya se había quitado la chaqueta de su traje, la corbata y el chaleco, ahora desabotonaba las mangas de su camisa con intención de quitársela también. ¡¿Cómo podía ser tan rápido desvistiéndose?! Ella amplió los ojos como platos. La camisa le quedaba ajustada a su torso mostrándole músculos que antes no había descubierto y hacían ver a Edward Burke mucho más atractivo. —¡¿Qué haces?! Él la observó con asombro, aunque apretando el ceño. —Voy a dormir, estoy cansado. —¿Y para eso tienes que quitarte la ropa? —¿Tú duermes vestida? —preguntó con desconcierto. La mujer puso cara de póker. Pronto se percató que había hecho una pregunta estúpida, pero se había puesto nerviosa al verlo desnudarse. —No vas a dormir nada —ordenó Madison y apoyó las manos en las caderas—. Tú y yo vamos a hablar. —¿Hablar? —De lo que pasó hoy. —Hoy fue nuestra boda —expuso con obviedad y se acercó a la cómoda para dejar el reloj de pulsera y los gemelos. —Muy gracioso, Edward Burke. Sabes que esta boda no debió realizarse, yo no debí casarme contigo. Él se giró hacia ella para mirarla con frialdad. —¿Preferías no haberlo hecho y que la prensa se enterara que tu prometido te había dejado plantada para irse con otra mujer? Ella se irguió bajando las manos, dolida por esas palabras. —¿Y piensas que nuestra boda evitará que la prensa se entere de lo sucedido? —La huida de Lionel solo la conocemos los miembros de mi familia y de la tuya, nadie más. Para el resto, tú simplemente cambiaste de parecer a última hora y me preferiste a mí por encima de mi sobrino. Ella arqueó las cejas con sorpresa. —¡Pensarán que fui una perra por plantar a Lionel para casarme contigo! —¿Quieres que piensen que el perro fue él al abandonarte por irse con una mujer que jamás te llegará ni a los talones? Madison quedó sin palabras. No solo por la bofetada verbal que él le había dado al hacerle entender la delicadeza de su posición, sino al escuchar un cumplido hacia ella. Nunca imaginó que Edward Burke, el CEO frío y despiadado que dirigía con mano dura al exitoso grupo Ireland, se expresara de ella de una forma tan positiva. Se irguió para mantener su dignidad. —Entonces, le hicieron creer a la prensa que te elegí a ti y planté a Lionel —expuso como conclusión. —Así es. Tuvimos un romance fortuito y apasionado durante tu compromiso con mi sobrino y quedaste ciegamente loca de amor por mí. Por eso lo rechazaste a él a última hora y me elegiste. ¡¿Ciegamente loca de amor?! Eso ni existía. Madison se cruzó de brazos y lo fulminó con sus ojos entrecerrados. Él seguía desnudándose. Se quitaba el cinto del pantalón. —¿Y ahora qué vamos a hacer? —consultó, confundida. —¿Dormir? —inquirió el hombre demostrando cansancio. Ella resopló y golpeó el piso con su pie. —Hablo de este matrimonio, ¿qué vamos a hacer? Él alzó las manos como señal de desconcierto. —¿Adaptarnos? ¿Intentar que esto funcione para que los medios de comunicación nunca sepan la verdad? Madison se mostró nerviosa. —¿Qué funcione? El convenio que establecí con Lionel fue el de mantener un matrimonio en apariencias por uno o dos años, hasta que nuestras empresas alcanzaran la estabilidad con ayuda de la asociación que habíamos establecido. Viviríamos en la misma casa, pero en habitaciones separadas y cada quien en lo suyo. Luego, nos divorciaríamos por diferencias irreconciliables. ¿Lo nuestro va a ser igual? ¿Se regirá por las mismas condiciones? Él se tensó por aquellas preguntas y apretó la mandíbula buscando controlar el enfado. Sus ojos oscuros se volvieron algo aterradores. —No exactamente. Ella se preocupó por esa fría e inestable respuesta. —¿Cómo que no exactamente? Edward se dirigió hacia un sofá y se sentó en el reposabrazos sin apartar su mirada determinada de la mujer. —Lionel solo se desempeña en la empresa como un gerente de finanzas, sus responsabilidades no son mayores, así que entre ustedes solo se esperaba una relación que demostrara respeto. Eso daría confianza a los socios e inversores y de esa forma no se quejarían cuando pusiéramos en marcha nuestro plan empresarial. Mis responsabilidades, en cambio, son mayores. Madison se inquietó por lo que él decía. Se ajustó los anteojos al puente de la nariz y se irguió buscando mantener la calma. —Explícate mejor —exigió. —Soy el CEO estratégico del grupo Ireland, mi posición exige mantener reuniones y relaciones estrechas con socios y proveedores. Debo asistir a fiestas, eventos y reuniones sociales para afianzar lazos y establecer acuerdos, si estoy casado, mi esposa debe acompañarme siempre y demostrar que tenemos un buen matrimonio. Y si esa esposa es la gerente de una de las empresas que pronto se convertirá en la imagen del grupo, según lo que acordamos en el contrato de sociedad que establecimos antes de la boda, entonces, la simbiosis que debemos mostrar debe ser mayor. Porque todas esas personas que trabajan e invierten en nosotros tienen que confiar en que somos un equipo unido e invencible, que luchará de manera incansable para alcanzar el éxito. La mujer quedó paralizada ante toda esa verborrea, que resultaba como latigazos para ella. —Bien, entonces… ¿Tendremos que pasar más tiempo juntos en público? —Así es. —Está bien, eso lo entiendo. Será difícil, porque tengo tareas que hacer en la empresa de mi familia, pero puedo ajustar mi agenda si es necesario. —Eso sería excelente —expresó con orgullo. Aunque ella seguía notándose nerviosa. —Pero igual, ¿dónde está mi habitación? Aquí adentro no están ni los socios ni los inversores, lo que suceda tras las puertas de este piso no es asunto de nadie, así que podemos vivir bajo las mismas condiciones del contrato que establecí con Lionel. Edward respiró hondo poniéndose de pie para acercarse a la mujer. —No lo haremos, porque con mi sobrino solo se necesitaba un matrimonio de apariencia, lo nuestro, en cambio, tiene que ser más real. —¿A qué te refieres con real? —preguntó desesperada. —A qué no solo debemos proyectar una imagen, sino hacerla creíble, la gente que me rodea es mucho más perspicaz y no hay nada más creíble en un matrimonio que se ama y se entiende que la pronta llegada de hijos. Madison empalideció por esa propuesta. —¡¿Hijos?! —consultó aterrada. —Sí, hijos. Esa es la mejor muestra de que lo nuestro funciona a la perfección. Madison retrocedió al sentirse turbada por lo que él decía, aquello nunca lo había considerado ni con Lionel. ¿Hijos? Ella ni siquiera se había animado a entregar su virginidad a ningún hombre. Tenía la tonta esperanza de dársela a alguien a quien amara de verdad. No a Edward Burke, el CEO frío e inclemente que varias veces se había burlado de ella por su comportamiento despistado. —Esto no estaba en los planes que establecí con Lionel —dijo asustada, aunque se inquietó aún más al notar la actitud del hombre. Edward se aproximó afincando su mirada oscura y tormentosa en los ojos de ella. Madison retrocedió hasta pegarse contra la pared y él avanzó hasta ubicarse a escasos centímetros y apoyar sus manos en el concreto, a ambos lados de su cabeza. La acorraló, eliminando cualquier pretensión de escapatoria, y se inclinó hacia ella hasta que su cara quedara muy cerca y su aliento le bañara los labios. —Esas son mis condiciones, Madison —le susurró, estremeciéndola—. Ya estás casada conmigo, por tanto, tendrás que ajustarte al nuevo plan. Esta noche te haré mi mujer —dijo, antes de atrapar con un beso fiero los labios de ella.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD