Madison entró en la biblioteca con la sangre hirviéndole en las venas. Aquello era lo que le faltaba, que apareciera una amante de su esposo a instalarse dentro de su propia casa. Comenzó a revolver los papeles que tenía sobre la mesa simulando concentrarse en el trabajo, pero sus movimientos bruscos evidenciaban la furia que la carcomía. —Cálmate. Phoebe no será un problema para nosotros —aseguró Edward al ubicarse tras ella, muy cerca. Madison dejó lo que hacía para girarse y encararlo. A pesar de que la cercanía del hombre la trastornaba, estaba tan enfadada que no llegó a reaccionar ante su poderosa atracción. Alzó el mentón traspasándolo con una mirada sanguinaria. —¿Eso crees? Esa mujer expulsa problemas por los poros. Se metió en la casa, de aquí nadie va a sacarla, de seguro l

