Luego de cenar, Madison bajó al vestíbulo donde aún se encontraba el gigantesco ramo de flores. Se detuvo a varios pasos de distancia y lo miró con recelo, como si fuese un animal salvaje que la veía desde el otro lado de un cercado de seguridad. La bestia no podía alcanzarla, pero igual se mostraba aterradora. —¿Tienes un admirador? Aquella pregunta la sobresaltó y enseguida se giró para enfrentar a la persona que había hablado. Se trataba de Lionel, que estaba parado en la entrada con un hombro recostado del marco de la puerta y tenía los brazos cruzados. —¿Qué te importa? —respondió ella con el ceño fruncido. —La persona que te envió esas flores debe estar muy interesada en ti, porque no son nada baratos esos ramos. Madison se irguió con prepotencia. —¿Nunca te han hecho un regal

