El sol había salido ya por el horizonte y sus rayos iluminaban todo a su alrededor. Matt habría los ojos y un fuerte dolor de cabeza lo invadió en el acto. La noche anterior había bebido demasiado y ahora ese desarreglo le estaba pasando factura. Un quejido se escapó de sus labios y en un acto reflejo se tomó la cabeza.
_ Mmm ¿Cómo duele? _ escuchó sorprendido y espantado una voz a sus espaldas y se volteó para ver quién era la mujer dueña de esa voz.
_ ¿Mariana? _ fue todo lo que pudo decir, el horror había invadido su semblante en ese momento.
_ Matt…yo…no se bien que pasó _ comenzó a decir pareciendo lamentable _ no estás comprometido a nada, quiero que te quedes tranquilo, no estás obligado a responder por lo que ha pasado _ agregó para luego intentar ponerse de pie, algo que le costó demasiado. Con una sábana tapó su magullado cuerpo y se fue, visiblemente llorando al baño.
En la cama, como una flor hermosa, se podía ver la roja mancha prueba de la pureza perdida por parte de la muchacha.
Matt se quedó helado, había soñado toda la noche en que hacía el amor con Dana y al despertar se da cuenta de que con quién pasó la noche es con la hermanita menor de su ex, la niña que él debía proteger.
Su mirada viró nuevamente hacia la mancha roja. Una sonrisa de macho orgulloso asomó a sus labios. Él había sido el primero en la vida de Dana y, ahora, era el primero en la de Mariana, las dos hermanas Mills habían pasado por su cama, y él las había desvirgado. Se sentía un ganador, pero esto que había ocurrido con Mariana no podía salir de las cuatro paredes de esa habitación. Ella le había dicho que no estaba obligado a responder y él le tomaría la palabra.
Se apresuró a irse de esa habitación, antes de que ella saliera del baño. No se sentía en ese momento preparado para enfrentarla, abrió la puerta y, antes de salir finalmente, volvió a ver esa mancha, y la sonrisa de satisfacción se posó finalmente en sus labios.
Miró la hora en su reloj, tenía que saber si su orden había sido acatada. Ese mismo día quería el departamento en el que vive su hermana desocupado. Él no iba a permitir que esa mujer viva a costillas de él y del fruto de su trabajo.
Antes de hacer esa llamada se metió al baño. Quería refrescarse, necesitaba que el dolor de cabeza comenzara a irse y también quitarse el olor de Mariana de su cuerpo, no es que le molestara, en lo absoluto, pero no quería seguir sintiéndolo, no quería pensar en eso que había ocurrido. Prefería que todo quedara allí en esa noche de borrachera y no trascendiera en lo más mínimo.
En cambio, Mariana estaba furiosa en la bañadera. Necesitaba darse un baño caliente y relajar su cuerpo después del camión Matt que la había pasado por encima. Ella estaba feliz, había esperado que eso ocurriera durante mucho tiempo. Se había enamorado del novio de su hermana desde el mismo día en que lo conoció y en ese mismo momento se juró que ese hombre sería de ella, y haría lo necesario para conseguirlo. No estaba dispuesta a ceder ni a perder.
Ya había logrado meterlo en su cama, ahora era cuestión de que su padre se enterara de lo ocurrido y obligaría a Matt a responder. Tenía que pensar muy bien cada jugada, pero hasta ahora todo estaba saliendo como esperaba. Lo único malo es que su hermana no había muerto, pero era odiada por todos, y había sido desheredada, todo había pasado a ser de ella. Incluyendo a Matt, por supuesto. Solo tenía que lograr que las cosas se mantuvieran como hasta ahora y sabía que eso no sería nada difícil de conseguir para ella.
Tranquila se terminó de bañar y salió a la sala, el desayuno estaba listo desde hacía ya tiempo y los empleados no tardaron en servirlo. Ana, el ama de llaves la miraba de manera inquisidora, lo que era bueno porque eso significaba que sabía que Matt había dormido en su cama. Claro que no diría nada, pero la mancha en la sábana ya hablaba sola, era cuestión de tiempo para que el chisme se desparramara por todos los empleados y llegara a oídos de su padre.
Matt llegó unos segundos después y sin decir una palabra de todo lo ocurrido entre ellos ocupó su lugar y comenzó a desayunar. Estaba feliz, ya le habían informado que su encargo estaba ejecutándose. También sabía que el señor Mills le había cerrado todas las puertas a Dana impidiendo que consiguiera cualquier tipo de trabajo.
Dana estaba acorralada. No tenía a nadie, nadie la ayudaría ni la apoyaría. Estaba acabada completamente y él estaba dispuesto a darle la estocada final. No se preocupaba por su hermana, cuando ella al fin entendiera que estaba del lado equivocado volvería a él y le pediría ayuda. Por supuesto que tendría que tenerla castigada un tiempo, para que aprenda a no ponerse en contra de su familia.
Las cosas a Matt le estaban saliendo a pedir de boca. Dana lo había usado, manipulado y engañado durante dos años, ahora era su turno de cobrarse todo lo que ella le hizo.
Estaba claramente agradecido a Mariana por abrirle los ojos. Al principio pensó que eran celos de hermana, pero luego llegaron las pruebas, una a una, no solo de cómo la mujer que amaba le robaba en su cara, sino también de sus infidelidades y de las maldades que hacía contra su hermanita, hasta ese fatídico día en que quiso matarla porque descubrió que ella le había contado toda la verdad a él.
“—“
En el departamento de Sofía alguien llamaba insistentemente la puerta. Las niñas habían dormido hasta tarde ese día, la noche anterior se habían quedado despiertas llorando sus penas y por eso se durmieron tarde. Ambas estaban desempleadas y no tenían por ahora obligaciones.
Una adormilada Sofía abrió la puerta aún con la almohada pegada.
_ ¿Sí? _ dijo con calma.
_ Traigo una orden de desalojo para la señorita Sofía Scott _ dijo con seriedad el oficial que se encontraba en la puerta _ hoy mismo este lugar debe quedar vacío y no puede llevarse nada de lo que haya dentro, solo sus documentos personales porque todo pertenece al señor Matt Scott _ esta parte de lo solicitado incomodaba un poco al joven que consideraba que ya era extremo no permitir que ella sacara siquiera su ropa.
Sofía lo miró a la cara y asintió con calma. Esto era algo que ella esperaba, lo que nunca habría imaginado es que su hermano la dejaría desnuda en la calle. Se había pasado la raya de crueldad, algún día los papeles se invertirían y ella le cobraría una a una todas las maldades cometidas en su contra. La primera de esas maldades fue dejarla sin nada de lo que por herencia le correspondía, se la daba de bueno pero le había robado su parte de la compañía de publicidad.
La abuela Clara se acercó a la niña y la abrazó.
_ Tranquila mi niña, saldremos de esta, la abuela no las dejará solas _ la mujer mayor sentía que el mundo se había complotado contra esas dos dulces niñas que nunca habían hecho daño a nadie.
Clara tomó de la mano a Sofía y la condujo hasta la habitación, debían tomar sus cosas y salir del lugar. Ella tenía su valija armada, y allí guardaron las joyas que Sofi se había comprado con su dinero de su trabajo. Como era de la abuela los oficiales no podían requisarla y quizá así consigan rescatar algo de valor. Dana por su parte no tenía nada, su familia solo le dejó sus documentos tirados en la sala del hospital y la ropa que usaba era toda de su amiga.
_ Antes de salir de este lugar les quiero decir una sola cosa mis pequeñas _ la abuela comenzó a hablar _ el mundo es como una rueda de la fortuna, hoy estamos abajo, pero la rueda dará la vuelta y nosotros ocuparemos el lugar más alto, solo hay que tener paciencia y esperar, ese día llegará y ahí es cuando demostraremos quiénes somos en verdad. A no rendirse, que muy pronto comenzaremos a subir.
Con esas palabras las tres mujeres salieron de ese departamento. Llevaban solo la maleta de la abuela Clara y los documentos personales de cada una de ellas. También llevaban consigo sus sueños y por sobre todo su sed de justicia. La rueda de la fortuna las tenía abajo, pero siempre esperanzadas al momento de comenzar a subir.