Capítulo 3: Una cosa es el trabajo y otra la diversión
—Creo que nos está haciendo señas para que subamos —dijo Teresa por tercera vez. Negué y crucé los brazos.
—Ya hicimos demasiado con aceptar la bebida —repliqué en voz alta para que me escuchara.
—¿Cuándo te volviste tan mojigata mujer? —me preguntó rodando los ojos. Teresa no tenía pelos en la lengua a la hora de decir las cosas y era un poco tosca. Eso no contrastaba para nada con su apariencia. Tenía un rostro fino y delicado, pestañas como de muñeca y cuerpo bien proporcionado. Su cabello era n***o y corto, pero adoraba usar extensiones. —Vamos con ellos.
Bufé. El moreno había enviado por segunda vez al mesonero, pero ya no con licor, sino con una invitación abierta para que fuéramos a la zona vip. Seguí a mis amigas de mala gana ya que tampoco quería pasarme de aguafiestas. En el camino tomé a Rocío del brazo y acerqué su oreja hasta mi boca.
—El de camisa blanca es el chef.
La pelirroja se giró hacía mí, abrió la boca y dio varios brincos.
—No me habías dicho que estaba re-bueno.
Bufé nuevamente. Lo único bueno que pude sacar de la zona vip, era que parecía ser un sitio aparte. Tras subir unas escaleras había un amplio balcón donde se podía ver toda la planta baja de la discoteca. Había algunas mesas con sillas y gente bailando. Sin embargo, si se seguía avanzando había una puerta de vidrio y una habitación acondicionada, en la cual la música era menos estridente y con un volumen más bajo.
Mis amigas ya conocían el lugar y andaban a sus anchas, según el mesonero que era nuestro guía, los hombres nos esperaban tras la puerta. Y en efecto, una vez dentro, los vimos sentados. Al moreno y al chef. El primero, al vernos se levantó de su asiento y fue directo a Rocío. Se saludaron de dos besos en la mejilla. Luego siguió con Teresa y luego tuvo que inclinarse para hacerlo conmigo.
Al mismo tiempo, el mesonero ponía la botella de whisky con los vasitos en la mesa. Por su parte, el chef permanecía sentado y observando la escena con indiferencia. De cuando en cuando miraba el reloj plateado en su muñeca. ¡Vaya malhumor!
El moreno quien descubrí que se llamaba Michael, nos condujo hasta la mesa de ellos para que nos sentáramos. Yo escogí el lado más alejado posible de Alcántara. Fingí que era invisible y permanecí en silencio.
—Marisela —me codeó Rocío a mi lado. —Parece que estás muda.
—Yo no quería subir —le dije por lo bajo.
—Una cosa es el trabajo y otra la diversión —respondió ella girándose hacia mí y poniendo sus manos en mis hombros —aquí él no es tu jefe.
Suspiré y asentí. Me sentía cohibida y apenada, algo que era rarísimo en mí. Por lo general, siempre era segura y no temía en enfrentar a los demás. Pero ¿Por qué con aquel hombre experimentaba eso? Michael sirvió los tragos y los repartió a cada uno. Teresa intentaba sacarle conversación al chef y este le respondía de tanto en tanto. Lo vi sonreír por un breve instante, pero cuando notó que yo lo veía su rostro se tensó. «Ni que hubieses visto al diablo idiota», pensé.
Cada sorbo iba aumentando mi confianza. Rocío y yo hablábamos animadamente con Michael y Teresa con el chef.
—¿Quieren bailar? —preguntó el moreno con una sonrisa pícara. Resultaba tierno porque se le hacían hoyuelos y tenía una mirada traviesa. Mi amiga río, pero ambas asentimos. En el área vip pusieron una música más animada del tipo electrónica que provocaba mover el esqueleto.
Nos levantamos de los asientos y los tres nos pusimos a bailar en el centro del lugar. Michael se giraba un rato hacia Rocío y luego hacia mí. Parecía complacido en tener a dos mujeres cerca de él. Mi amiga y yo nos tomamos de las manos con él en el medio. Nuestro nuevo amigo parecía estarlo pasando bomba y yo me sentía más liviana. Hasta me había olvidado de Alcántara.
Luego de unos minutos en los cuales sentí que la vibra s****l incrementaba entre ellos, regresé a mi asiento de forma disimulada. Teresa ya no estaba. El chef estaba sentado solo y bebía sorbos de su trago.
—¿Me estás siguiendo? —pregunté intentando bromear, después de todo, a pesar de que había música el silencio era raro.
Como respuesta, él elevo una ceja y a pesar de que parecía un milagro, lo escuché carcajearse.
—Yo podría preguntarte lo mismo.
Rodé los ojos.
—Pues para que sepas, la última persona a la que quería encontrarme hoy aquí era a ti. —¡Ups! Definitivamente el alcohol me soltaba la lengua.
De nuevo sonrió. Parecía que el alcohol a él al menos le quitaba el ceño fruncido.
—¿Quieres otra cosa para tomar? —preguntó luego de verme luchar con el Whisky.
Asentí.
—Prefiero los mojitos.
Míster Alcántara llamó al mesonero y le pidió una jarra de mojito de limón. No escuché cuando lo pidió, pero si noté que fue eso, tras ver la jarra magistral llena de una bebida que era capaz de ponerme loca, loca.
—No eres tan malo como pensé —dije dedicándole una sonrisa. Él se irguió en su asiento.
—Digamos que no tengo ánimos de discutir ahora. Solo vine para complacer a mi amigo.
Me serví mojito en uno de los vasos que habían dejado y asentí.
—A mí igual —di un sorbo largo —solo vine porque me obligaron —otro sorbo —ah y porque tuve un día de mierda.
Él sonrió. Sin duda, cualquier mujer podía derretirse con esa sonrisa. No sabía si era por la bebida, por la oscuridad del lugar o por la música, pero aquel espectro humano se veía mucho más atractivo. Sus ojos oscuros parecían brillar, su piel…
Parpadeé repetidas veces cuando noté que un grupo de mujeres bastante bonitas se nos acercaban.
—¿Quieres bailar? —le preguntó una de ellas a él, dedicándole su mejor sonrisa. Yo siendo hombre, ni lo hubiese dudado. Sin embargo, él agradeció y negó.
—¿Por qué no quisiste bailar con ellas? —pregunté cuando las mujeres se fueron y me senté a su lado para reducir el espacio entre nosotros. No con malas intenciones, sino para “escucharlo mejor”.
—No soy bueno bailando.
—Eureka. Ya sabía que algo malo tenías que tener.
Carlos sonrió con ganas y se le formaron unos pliegues bastante sensuales en su cara. ¡Dios mío dame fuerzas! Permanecimos en silencio un rato, quizá había metido la pata con aquel comentario vergonzoso y luego con mi mirada que supuse que gritaba “TE DESEO” a viva voz.
Luego de un rato con él tomándose los vasitos de whisky como si fuesen agua y conmigo bebiendo de sorbos largos mi mojito, otra mujer apareció. Esta, fue más sensual con su oferta de baile y no temió en toquetear el brazo de Carlos. De nuevo, este negó con una sonrisa más relajada. Cuando apareció una tercera, Carlos tomó mi mano como si se tratase de cualquier cosa y dijo:
—Mi novia.
La chica asintió y nos dedicó una sonrisa a ambos tras marcharse. Carlos soltó mi mano y se concentró en su móvil. Mientras tanto, yo sentía que mi vena principal iba a explotar con aquel roce. Su mano se sintió tan tibia y firme sobre la mía. Negué varias veces y me levanté de un salto. Me estaba emborrachando sentada ahí, mientras todos se divertían.
—Debo bailar —dije en voz alta. El chef guardó su teléfono y me observó serio.
—¿Crees que puedas bailar en ese estado?
Asentí. Ya lo había hecho antes. Michael, Rocío y Teresa, supuse que habían abandonado la zona vip porque no había rastro de ellos por ningún lado.
—Suerte. —me dijo Alcántara.
Avancé hasta el centro del lugar y comencé a bailar sola intentando mantener mis pies pegados al suelo. Obviamente le di la espalda al chef para que no me viese de forma directa. En una esquina del lugar, había un hombre que, tras verme, se acercó de forma lenta a mí. Me hizo una seña, cómo pidiéndome permiso para bailar y asentí.
De inmediato y sin perder tiempo, el hombre puso una mano en mi cintura y comenzó a bailar al ritmo de la música. La melodía era suave, pero de pronto pasaba a ser rápida. Así que ambos, tratando de llevar el ritmo acabábamos riendo. En mi mente, imaginaba que con quien bailaba era Carlos y me permití cerrar los ojos para vivir esa pequeña fantasía. Pero cuando sentí que el baile se hacía más intenso y el tipo iniciaba el descenso de su mano hacia mi trasero, me detuve.
—Creo que es suficiente —dije usando mis manos para alejarlo.
—Pero si apenas inicio mi vida —respondió él con una sonrisa jovial. —sigamos.
—No gracias —cuando me iba a dar la vuelta me tomó por el brazo.
—Al menos acéptame una bebida.
—Creo que te dijo que fue suficiente amigo —dijo con voz contundente el chef poniéndose a mi lado. —¿Estás bien? —preguntó pasando el brazo por encima de mi hombro.
Asentí. El desconocido al ver el porte, el tamaño y la actitud de mi acompañante se alejó.
—¿Bailas conmigo ahora? —me preguntó Carlos luego de unos segundos.