Cap. 1

1366 Words
—Escucha, yo...- eres mi hija, sí. No olvides tomar tus pastillas. Te voy a extrañar—, finalizó la llamada su madre. Con una mueca de total desagrado tiró el celular al asiento del copiloto, manteniendo su vista fija en el camino, pues ya estaba anocheciendo y la visibilidad era casi nula, lo último que quería era arrollar algún animal o a alguien. Me va a extrañar, ¿me va a extrañar? Con un demonio. Pensó sarcástica. Yo creo que contaba los días para poder sacarme a patadas de su departamento. A fin de cuentas se lo facilité. Ya tan solo estaba a unos cuantos minutos de llegar a Beacon Hills. A unos cuantos minutos de llegar a la casa de su padre. A unos cuantos minutos de empezar esa nueva pesadilla. Acomodó sus gafas redondeadas en el puente de su nariz, soltó el aire que retenía, por su nariz en un suspiro cansado. Relajó su postura, descansando su espalda en el asiento. Debía relajarse. Debía hacerlo si no quería que su padre la sacara a patadas de su casa, también. Debía fingir ser la hija ideal. Debía fingir ser alguien agradable. Miró su reflejo en el espejo retrovisor de su auto, y a pesar de la poca iluminación notó lo cansada que lucía. Tenía grandes bolsas oscuras bajo sus ojos, tenía los mismos hinchados a causa de haber llorado por horas. En sus mejillas bañadas de pecas aún habían rastros de lágrimas secas. Miró sus brazos, cubiertos por una gran sudadera, sabiendo que bajo la tela tenía moretones. Regresó su vista el espejo, fijándola unos segundos en la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda. Suspiró nuevamente. Estaba exhausta. Llevaba días sin dormir y sin comer casi nada. No tenía energía para nada. Acomodó la palanca de cambios en el número cinco y aceleró; llegaría rápido, y aprovecharía la noche para dormir, sabiendo que su padre ya le había preparado todo para que el lunes fuera a la escuela. Siempre tuvo una buena relación con su padre, sin embargo cuando él huyó de sus responsabilidades con ellas, parte de la confianza que ella tenía en él, había sido rota. Al cumplir los quince su madre le había contado la verdadera razón de su partida. Entonces, cualquier vestigio de amabilidad o respeto hacia el hombre que se hacía llamar su padre, era acompañado de un tono irónico y muecas sarcásticas. Y entonces pasó. Su madre, después de diecisiete años, volvió al alcohol. Justamente el día de su cumpleaños. Entre gritos la mujer le explicó a su hija que era culpa de ella, le gritó lo mucho que la odiaba a ella y a su padre. Le gritó y reclamó por las deudas y pagos atrasados que tenía, a causa de las peleas y problemas que la muchacha causaba. En un arrebato de furia, la tomó con fuerza de los brazos, dejándole así las marcas violáceas y verdes que yacían en sus brazos. Rió sin gracia, recordando el detonante de tal pelea con su madre. Había tinturado su cabello, pasando de ser castaña a tener varios mechones rubios cenizo. Recordó también que en San Francisco tuvo un amigo, un único amigo en toda su vida. Y ahora lo estaba dejando. No era muy social o amable siquiera. Al contrario, era tosca, sarcástica, irónica, narcisista, egocéntrica, malhumorada... y todos sus derivados. Miró por las ventanas a su alrededor, ya había entrado al pueblo, las casas iluminadas, los autos andando también por las calles. Redujo la velocidad una vez hubo dado la vuelta en una curva, notando que en esa calle vivía su padre junto con su otra familia... su nueva familia. Estacionó el auto frente a la casa, vio a un lado un jeep. Tomó su teléfono y envió un mensaje a su madre, tan simple como un "ya llegué", buscó entre sus contactos, finalmente hallando el que buscaba. Envío un "necesito ayuda para sacar mis cosas del auto y ponerlas en mi habitación". Guardó el aparato en su bolsillo y acomodó la sudadera en sus hombros. Salió del auto al escuchar la puerta de la casa abrirse. Salió un su padre, seguido de un muchacho bastante alto, con lunares, cabello desordenado y una sonrisa inocente. Calculó que debía tener la misma edad que ella, a pesar de él medir alrededor de 1.78m y ella no pasar del 1.74m. —¿Cómo has estado...? —Stilinski—, saludó simple, sin siquiera dirigirle la mirada. —Hola, yo... Soy Stiles—, habló el joven, extendiendo su mano derecha. Al ver que ella no la tomada la bajó y con un chasquido de lengua miró en dirección a su padre, quien solo observaba la situación—. Me gusta tu estilo, es muy... "les voy a cortar el cuello mientras duermen". Sabes, conozco a alguien así, se llevarían bien. —Son tres. Dos tienen todas mi cosas y en la otra están mis pinturas y... - hay cosas frágiles. La otra la puedo subir yo—, explicó abriendo el maletero. —¿Podemos hablar, hija? —A ver... cómo te explico...—, habló socarrona a la vez que colgaba el bolso en su hombro derecho. Fingió pensarlo unos segundos—. No quiero. Sé que lo haremos... eventualmente. Cuando no tenga ganas de golpearte en la cara por dejarnos a mi madre y a mi en San Francisco. —Hija...- —Estoy exhausta, el viaje fue largo, se me hizo eterno el estar conduciendo de San Francisco hasta aquí—, dramatizó, seguidamente señaló la puerta aún abierta y con tono sarcástico habló—. ¿Puedo entrar a la casa? —Sí—, dijo tras un suspiro el policía. Tomó dos maletas, con un movimiento de cabeza le indicó a su hijo que tomara la tercera—. Stiles llévala a su habitación, por favor. —Seguro, papá. El muchacho cargó la maleta en su espalda y empezó a caminar a la casa, con la castaña siguiéndolo. Subieron las escaleras, casi todas las puertas del segundo piso estaban cerradas, a excepción de una. Dentro pudo ver una cama con sábanas oscuras, ropa tirada por el suelo, papeles, basura. Un desastre total. Asumió que esa era de su hermano. —Oye. No me dijiste tu nombre. Digo, viviremos juntos, creo que lo mas sano e ideal es que por lo menos sepa tu nombre—, habló rápidamente el chico, abriendo una puerta, justo a la izquierda de la habitación del muchacho. —Valeska. Valeska Stilinski—, dijo seca, entrando en la habitación. Notó al muchacho casi batallar con la maleta que, de alguna forma había quedado enganchada a su ropa. Contuvo sus ganas de reírse a carcajadas a causa del muchacho. Después de verlo luchar contra la maleta, él logró soltarla, y al sentir la mirada de la chica sobre sí fingió actuar natural. La dejó en una pequeña mesa de madera que hacía la función de escritorio. —Entonces...—, habló sentándose en la cama, mirando al chico, captando su atención completamente—, ¿Stiles? ¿Stiles Stilinski? —No. Mi nombre no es Stiles, prefiero que me digan así—, explicó. —¿Tan horrible es tu nombre?—, se rió la chica viendo la cara del castaño frente a ella—. No debe ser tan malo como Valeska. Al parecer el alguacil se está quedando sin ideas. La muchacha rió, Stiles le sonrió simpáticamente. Tenía mucha curiosidad sobre ella y más que nada el por qué nunca supo de ella y el por qué se parecía tanto a su "amigo" lobo. —Asumo que vamos en el mismo año. También asumo que en la misma escuela. —Sí. Papá lo preparó todo esta semana. El lunes inicias. Si quieres podría presentarte algunos amigos, ya sabes para que...- Interrumpió al chico, con una mueca amenazante en su rostro: —¿Para que, qué, Stiles?—, vio la cara casi aterrada del muchacho y acto seguido soltó una fuerte carcajada—. Me agradas, Stiles. El muchacho no dijo nada. No terminaba de procesar lo extraña que era la chica que ahora vivía con ellos. -V
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