62. Por los buenos tiempos Yaneth El timbre del departamento suena una y otra vez, con una desesperación que se clava en el pecho. Por un momento me quedo paralizada, sin poder mover un solo músculo, contemplando la idea de llamar a la policía. Desde que hice mi publicación, la mayoría de la gente me dio la espalda. Hubo algunos internautas que me defendieron con fervor, pero eso duró poco. Bastó con que alguien —claramente desde la oficina de Justin— filtrara aquella versión manipulada: que mi testimonio en vivo me había dejado una fortuna, que me exilié voluntariamente mientras llevaba una vida de lujos y excesos, y que, al volver, no hice otra cosa que romper un matrimonio. Desde entonces, soy una prisionera. Como una rata acorralada. No puedo salir sin que me insulten, sin que me e

