36. Ella aceptó Justin —Señor… ¿va a cenar? —La voz de la empleada me saca de mis pensamientos. Estoy sentado en el salón, con una copa en la mano, mientras reviso el teléfono. Peter me ha enviado algunas fotos que tomó durante su merienda. En ellas, su madre y su hermano aparecen felices, despreocupados, como si vivieran en un mundo donde no existen las heridas del pasado. Me quedo observando una en particular: están los tres con merengue en la nariz, riendo sin vergüenza, sin filtros. La calidez de esa escena me golpea el pecho. —No, gracias. Puedes retirarte —respondo, sin apartar la mirada del teléfono. Termino mi bebida lentamente, como si quisiera estirar el momento antes de enfrentar la soledad que me espera en el piso de arriba. Edward sigue en la ciudad. Pensé en invitarl

