El rostro de Zaiden parece palidecer, no entiende lo que ocurre y eso le da un tinte inocente, solo que, su aspecto imponente y erótico no pasa desapercibido. Se mira los dedos colocando mi rostro de colores por la vergüenza. ―Dios ―expreso tomando su muñeca para llevarle al baño a limpiar sus dedos de una vez por todas mientras tiro al cesto la tanga arruinada. ―Me estás tocando ―murmura en cuanto abro el grifo limpiándole. ―Sí, y hace nada estabas besándome con intensidad. Tienes que rendirte, Zaiden, no me tienes miedo ―digo―. Ya no. ―Eso me da miedo ―menciona con ronquez. Mis ojos se posan en los suyos. ―¿Por qué? ―Pregunto pasándole la toalla. Se seca las manos. ―Porque no sé de lo que soy capaz sin tenerte miedo o sin sentir la fobia controlándome ―Su mirada se afina

