Capítulo 1: El Escuadrón del Caos

1160 Words
Narrado por: Noah Darcy Si el infierno existe, estoy seguro de que tiene paredes decoradas con molduras de oro y huele a flores frescas. Ajusté el nudo de mi corbata frente al espejo del vestíbulo de la mansión Sterling. El traje n***o me quedaba como una segunda piel, ocultando las cicatrices de mi espalda y los tatuajes que narraban una historia que nadie en esta casa debía conocer. Mi reloj marcaba las 2:00 p.m. El vuelo de la "Princesa Rosa" aterrizaba en una hora. —Relaja la mandíbula, Terminator. Se te va a romper un diente y papá quiere que luzcas decente para la llegada de su joya —una voz burlona me sacó de mis pensamientos. Me giré lentamente. Apoyada contra el marco de la puerta estaba Mar. Llevaba una chaqueta de cuero sobre su pijama y una manzana en la mano. Sus ojos negros, idénticos a los de su padre, me analizaban con una diversión que me ponía los pelos de punta . —Señorita Mar —dije con voz plana—. Mi horario empieza ahora. Debo salir hacia el aeropuerto en diez minutos si quiero evitar el tráfico. —¿Tráfico? ¿En esta ciudad? —Ámbar apareció detrás de su hermana, sosteniendo un fajo de papeles legales. Ella era unos centímetros más alta, más seria, pero con la misma chispa de malicia en la mirada—. No te estreses, Darcy. El jet privado de papá siempre se retrasa. Recibimos un mensaje hace un momento: vienen con viento en contra. Tienen al menos dos horas de retraso. Fruncí el ceño. —Mi reporte dice que el vuelo es puntual. —¿Vas a creerle a una aplicación de celular o a nosotras, que somos su sangre? —Mar dio un mordisco ruidoso a su manzana y sonrió—. Siéntate. Tómate un café. Emma odia que la esperen con cara de pocos amigos. Además, Ámbar tiene dudas sobre su contrato de pasantía y tú pareces alguien que sabe leer letras pequeñas... o al menos alguien que sabe quedarse quieto y callado. Las siguientes dos horas fueron un ejercicio de tortura psicológica. Mar decidió que era el momento perfecto para practicar sus conocimientos de medicina conmigo, preguntándome si el tamaño de mis bíceps era "evolutivo o puramente estético", mientras Ámbar me bombardeaba con preguntas hipotéticas sobre la legalidad de usar fuerza letal en un centro comercial. Se reían entre ellas, intercambiaban miradas que yo no alcanzaba a descifrar y se movían con una sincronía inquietante. —¿Seguras de que el vuelo sigue retrasado? —pregunté por quinta vez, sintiendo una punzada de ansiedad en la nuca. —Segurísimas —dijeron las dos al unísono, rompiendo en carcajadas justo después. Mi teléfono vibró. Un mensaje de la torre de control que había interceptado previamente: Vuelo 742 Sterling: Aterrizaje confirmado hace 20 minutos. Maldición. —¡Es un juego! —rugí, dándome cuenta de la trampa. —¡Oh, mira qué rápido es! —exclamó Mar, aplaudiendo—. Creo que el "confeti rosa" va a estar muy, muy molesta, Darcy. —Corre, lobito —añadió Ámbar con una sonrisa gélida—. A Emma no le gusta que la ignoren. Salí de la mansión quemando llanta. El trayecto al aeropuerto fue un borrón de maniobras prohibidas y maldiciones entre dientes. Esas dos arpías me habían engañado para que llegara tarde en mi primer día. Mi plan de ser el guardaespaldas perfecto se estaba yendo al caño antes de empezar. Cuando llegué a la terminal privada, el lugar estaba en un silencio sepulcral. No había limusinas, no había escoltas, no había nadie. —Mierda —susurré, bajando del auto. Caminé hacia el área de espera VIP, esperando encontrar a una niña caprichosa gritándole al personal. Pero lo que vi me detuvo en seco. En medio de la sala, sentada en una mesa redonda, había una aparición que cortaba la respiración. Si sus hermanas eran el caos, ella era la explosión. Emma Sterling estaba sentada con una pierna cruzada sobre la otra, luciendo un conjunto de seda color rosa pastel que se ajustaba a sus curvas de una forma que debería ser ilegal. Su cabello pelirrojo caía en ondas salvajes sobre sus hombros, donde unas diminutas pecas decoraban su piel como constelaciones. Tenía una pequeña maleta de diseño a su lado y sostenía una taza de té con una elegancia insultante. Destacaba tanto en ese ambiente gris que parecía pintada al óleo. Era una mancha de color vibrante, hermosa y letal. Me acerqué, tratando de recuperar mi máscara de frialdad. —Señorita Sterling. Soy Noah Darcy, su nuevo jefe de seguri... —Tarde —dijo ella, sin siquiera mirarme. Su voz era dulce, pero tenía el filo de una guillotina—. Cuarenta minutos tarde, Darcy. —Hubo un contratiempo en la mansión, sus hermanas me informaron que... Emma dejó la taza de té en la mesa con un "clic" seco y finalmente levantó la vista. Sus ojos café claro, rodeados de pestañas espesas, se clavaron en los míos. Por un segundo, el odio que he alimentado durante trece años flaqueó ante la intensidad de su mirada. No era la niña que recordaba. Era una mujer que sabía exactamente el poder que ejercía. Se puso de pie, y noté que era más baja que sus hermanas, pero su presencia llenaba toda la habitación. Caminó hacia mí hasta que el aroma a rosas y vainilla me golpeó los pulmones. Se detuvo a centímetros de mi pecho, obligándome a bajar la vista hacia ella. —Mis hermanas son unas víboras, Noah. Eso lo sabe hasta el jardinero —susurró, y una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios—. Pero que te hayas dejado engañar por ellas me dice dos cosas: o eres muy estúpido, o te distrajiste con el paisaje. Extendió una mano y, antes de que pudiera reaccionar, me ajustó la corbata con un tirón firme que me obligó a inclinarme hacia ella. —No me gustan los hombres estúpidos —continuó, rozando con sus dedos el tatuaje que se asomaba por mi cuello—. Y tampoco me gusta esperar. Así que, como penalización, llevarás mis maletas. Todas. Y a pie hasta el auto. Me sostuvo la mirada, desafiante, burlona. Era la versión rosa de su padre, cargada de una arrogancia que me daban ganas de asfixiar y besar al mismo tiempo. —¿Algún problema, guardaespaldas? —preguntó, arqueando una ceja perfecta. —Ninguno, señorita Sterling —masqué, sintiendo cómo mi sangre empezaba a hervir. —Bien. Muévete. El rosa me queda bien, pero el sol de la tarde no. Se dio la vuelta, caminando con un contoneo de caderas que era un insulto a mi autocontrol. La venganza iba a ser mucho más difícil de lo que pensé. No porque ella fuera difícil de atrapar, sino porque Emma Sterling era el tipo de incendio al que cualquier hombre cuerdo querría lanzarse de cabeza.
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