La observaba sin quitar mi vista de ella, verla desesperada en su intento de irse lejos, cosa que no iba a conseguir. —¡Jazmín, detente! Exclamaba Celestia acercándose a ella, quien seguía insistiendo en abrir la puerta pero era inútil, no podía hacerlo porque simplemente yo se lo impedía. —Déjame, quiero irme lejos de esta casa. —Decía entré su llanto y agonía, Jazmín tenía la cara enrojecida sin mencionar la nariz, que se parecía a Rodolfo el reno, con la nariz roja. —No puedes abandonarme, soy tu madre. He hecho mucho por ti, te he dado todo mi amor, Jazmín, yo jamás te haría daño... —Le decia Celestia con una mirada de lastima que no provocaba en mí, sino que, me daban ganas de empujarla por las escaleras... Otra vez. Los dedos de las manos de Jazmín temblaban sin parar, la po

