Revisé el calendario.
Todavía quedaban veintisiete días.
Ese finde de escapada ya era historia.
Después de esa noche, Cary se largó a Los Ángeles, dizque por "asuntos de negocios".
Casi no había pegado ojo. En la cama fue como una tormenta sin frenos, y lo peor es que, como si fuera el colmo del instinto, no podía evitar reaccionar cuando me tocaba.
Quizás esa era parte del problema. Por eso pensaba que yo era de su propiedad, fácil de manejar; por eso creía que cuando le solté la palabra "divorcio", era solo un berrinche momentáneo, algo dicho por decir. Nada serio.
"Eso es porque es el único hombre con el que has estado," dijo Portia al teléfono. "Necesitas romper ese hechizo. Te hacen falta vivencias nuevas."
"Por 'vivencias', ¿te refieres a otro tipo?"
"Tipos. Plural," enfatizó Portia sin dudar.
"No voy a acostarme con medio mundo solo para comprobar si lo de Cary es atracción o pura costumbre."
"Sí que vas. Y lo sabes." Dijo tan segura que hasta me daba miedo.
Portia siempre acertaba en muchas cosas. ¿Pero en esto tenía razón?
¿En serio sería capaz? ¿Enredarme con otro?
"Lo tienes que hacer," insistió una vez más. "Tienes que dejar atrás a ese controlador, al Alto C ese. Ese hombre da malas vibras. Esa noche, cuando te sacó casi a rastras del club, pensé que te iban a pescar flotando en el Támesis."
"No da tanto miedo," murmuré sin convicción.
Portia soltó un bufido. "Eso es porque no viste cómo me miró. Intenté detenerlo cuando te llevaba, pero esos ojos… tengo escalofríos solo de recordarlo. Pensé que me iba a borrar ahí mismo."
"Estás exagerando. Cary es demasiado calculador. No va a dejar sus millones para convertirse en un homicida fugado."
Portia se rió con sorna. "¿Puedes ser más inocente? A ese nivel de riqueza, las reglas son opcionales. Con los contactos correctos y unos billetes en los bolsillos adecuados, podría matar a alguien y salir caminando."
Empezó a recitar ejemplos de ricos haciendo lo que les daba la gana, aunque todos venían de series y no del mundo real.
"Pero bueno, a lo que íbamos," dijo, volviendo al tema. "Tienes que salir de ahí, del lado del Señor Millones Controlador y Quizá Psicópata. No es para ti."
"Como si no lo supiera," murmuré.
"Creo que lo mejor sería que este mes no me pase por tu casa. Sabes cómo soy; mi boca es un arma sin seguro. Si veo otra vez al Cary Aterrador, seguro suelto algo que no debería."
Tenía razón. Si Cary se enteraba de cómo lo había engañado para firmar los papeles del divorcio, ardería Troya.
Colgué y tiré el móvil sobre la mesa, mordí mi sándwich sin sabor.
Faltaba menos de un mes. Día tras día, me recordaba a mí misma que ya casi... pero ¿podría realmente dejarlo al final de todo?
¿Sería capaz de liberarme de Cary, de todo lo que implicaba su existencia, su control, su simple presencia que me perseguía hasta en sueños?
Tal vez... lo único que Cary quería de mí era el cuerpo.
¿Y si la clave era encontrarle una distracción nueva?
De pronto me vino a la cabeza el rostro demasiado perfecto de Vanessa Abrams.
Tenía un cuerpazo y era de buena familia, una combinación que gritaba "esposa ideal".
Tal vez ella era mi escapatoria.
Después del desayuno, empecé a empacar para mudarme a mi nuevo hogar.
Saqué mi novela romántica favorita del estante justo cuando mi teléfono vibró.
Tanya.
Pensé que ya habíamos cerrado trato. ¿Qué más quería?
Contesté. "Buenos días, Tanya." Dado que era la mujer que me iba a dar el cheque más gordo de mi vida, me esforcé por sonar cordial.
"Ven aquí," soltó Tanya, al grano y con su usual tono altivo. "Necesito que firmes algo."
"¿Es necesario?" Ya había firmado un NDA.
"Dije que sí." Ni se molestó en explicar qué era.
"Vale, iré esta tarde."
"No. Te quiero aquí a las doce en punto."
"Está bien."
Me vestí y metí al coche. Tanya vivía en el condominio de Wentworth. Tendría que pisar el acelerador si quería llegar a tiempo.
Cuando llegué, un asistente con uniforme me llevó al jardín trasero.
Los oí antes de verlos.
"¡Vamos, Cary! ¿No puedes dejarme ganar una vez aunque sea?"
"Las reglas son reglas."
"Vanessa es invitada, Cary. ¿O no puedes soltarte un poco al menos por cortesía? Es solo un juego."
Di la vuelta al seto y los vi a los dos: Vanessa con un puchero enorme, dándole un golpecito juguetón en el brazo a Cary. Estaban sentados frente a un tablero de ajedrez en una mesita redonda.
Al costado, Tanya Grant, observaba como si fueran su video favorito, con cara de orgullo maternal.
La escena era tan perfecta que dolía—ellos parecían la familia digna, y yo era la intrusa a la que le habían hecho un hueco momentáneo.
Al oír mis pasos, Tanya alzó la mirada. No se sorprendió. Me lanzó una sonrisa cargada de segundas intenciones, como si dijera: "¿Ves? Esta sí luce como la señora Cary."
Así que, claro, no había nada que firmar. Me había dejado venir solo para humillarme.
"¿Qué haces aquí?" Cary se levantó, frunciendo el ceño.
Vanessa me escaneaba con los ojos, con esa mirada de ‘gané yo’.
Le sonreí con dulzura empalagosa. "Pues recibí una de esas llamadas de ‘has-ganado-un-premio’, y me dijeron que habría un show tipo zoológico por acá. Pero ya veo que caí redondita." Giré a ver a Tanya. "¿Tú qué opinas?"
Vi cómo Cary le lanzaba una mirada de advertencia a Tanya.
Tanya, nerviosa, corrió a mi lado. "Hyacinth, deberías irte. Se me olvidó avisarte que tenemos visitantes importantes en casa."
Respiré profundo y le sonreí como si nada. "Dijiste que era urgente; ni siquiera he tomado agua desde que salí. ¿Serías tan amable de traerme un vaso con hielo?"
Tanya se congeló, luego dijo: "Claro. Sírvete tú misma."
Asentí, siempre sonriendo, y llené mi vaso hasta el borde. La tenía justo a mi lado, encima mío, mirándome como si fuera una criminal. Y ahí mismo, le lancé el vaso en la cara.
El moño que tan prolijamente se había hecho ahora parecía un nido empapado.
Gritó, por supuesto: "¡Perra! ¡¿Cómo te atreves?!"
"Un baño de agua helada te ha venido bien para aclarar la cabeza," dije sin más. Y mientras ella aún seguía con cara de póker, salí corriendo de ahí, porque honestamente, temí que Cary me destripara ahí mismo.
Me subí al carro, lo arranqué. En ese momento, mi celular sonó. Corté. Llamó de nuevo. Y otra vez. Lo bloqueé.
Tecleé un mensaje para Tanya: [He cambiado de opinión. El precio ahora es quince mil millones. Ni un centavo menos. Paga o verás el apellido Grant arrastrado por el lodo.]
Ella quería juego sucio. Pues que pague por jugar.
El coche bajaba por la entrada empedrada. Seguía manejando sin pensar, con la mirada pegada a la nada. De pronto se nubló todo. Empezó a llover. Densas gotas empezaron a salpicar el parabrisas.
Seguía la lluvia con los ojos, como hipnotizada.
Y entonces, de la nada, ese brillo amarillo.
Una moto.
Se cruzó justo frente a mí.
Casi me la llevo de lleno. Pisé el freno con todas mis fuerzas.
¡Bam!