A La Luz De La Vela
La casa dormía. Sólo el murmullo del viento entre las ramas del roble llegaba hasta las altas ventanas del pasillo. Isabella caminaba descalza sobre la alfombra, con la respiración agitada, los brazos rodeando su cuerpo como si el frío no viniera solo del aire.
La pesadilla seguía viva en su mente: sombras que se llevaban a alguien - no sabía a quién - y un grito que se ahogaba en su garganta, incapaz de proteger lo que amaba. Cuando despertó, el silencio había sido peor. Angustiante. Vacío.
No pensó. Solo se levantó de la cama, tomó su chal y salió de la habitación con los ojos aún húmedos.
El pasillo parecía interminable a esa hora. Las paredes cubiertas de retratos la observaban como centinelas mudos. Una vela solitaria ardía en la pared, lanzando sombras alargadas. Cuando se detuvo frente a la puerta de Rowan, su mano tembló antes de golpear con los nudillos.
No hubo respuesta. Dudó un momento. Entonces, giró lentamente el picaporte.
La puerta se abrió con un susurro.
El cuarto estaba sumido en penumbra. Una lámpara de aceite ardía sobre la mesita y junto al dosel de la cama, Rowan estaba de espaldas, desabrochándose la camisa blanca. El sonido tenue del hilo al deslizarse por los ojales llenaba el aire con una cadencia casi íntima.
Isabella sintió que el aliento se le atoraba en el pecho.
Rowan se volvió, sobresaltado. Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, la encontraron al instante. La camisa colgaba abierta sobre su torso, revelando los músculos definidos, la piel tibia bajo la luz anaranjada.
- Isabella… - la voz de Rowan fue un susurro grave, cargado de sorpresa y algo más profundo - ¿Qué ocurre?
La joven parpadeó, tragando saliva.
- Tuve una pesadilla - murmuró, con la voz apenas audible.
Rowan dejó la camisa sobre el respaldo de la silla sin apartar la vista de ella. Dio un paso al frente, sin prisas.
- ¿Estás bien?
- No lo sé… Me sentí sola. - Sus labios temblaron un poco - No quería regresar a dormir sola.
Rowan frunció el ceño con ternura. Se acercó y le apartó el chal de los hombros, como si pesara demasiado para ella.
- No tienes que hacerlo. Puedes quedarte aquí esta noche, si lo deseas.
- ¿Estás seguro?
- Completamente. - afirmó, guiándola al interior con la mano sobre la espalda.
El cuarto olía a madera, a aceite perfumado y a algo más… algo masculino que flotaba en el aire, como el eco de su presencia.
Rowan tomó una palangana de agua tibia que la criada debió haber preparado antes de retirarse. La colocó sobre el aparador, junto a un paño blanco y volvió la cabeza hacia ella con una mirada lenta, cargada de intención.
- Permíteme lavarme antes de acostarme. - dijo con calma.
La joven asintió, aún de pie junto al borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
- Acuéstate. Vas a resfriarte si te quedas de pie.
Isabella asintió y se deslizó entre las cobijas disfrutando del aroma que desprendían las sábanas.
Rowan no apuró los movimientos. Tomó el paño y lo sumergió en el agua con delicadeza. Luego lo llevó a su cuello, dejando que el agua corriera por la línea de su clavícula. Cada gesto era deliberado. Sus músculos se contraían con cada movimiento lento, sus pectorales brillaban con la humedad y cuando deslizó el paño hacia su pecho, sus ojos no dejaron de observarla por el rabillo del ojo.
Isabella no podía apartar la vista. El calor le subía por las mejillas y por el pecho. Una parte de ella quería mirar hacia otro lado. Pero no lo hizo.
Cuando él bajó el paño por su abdomen, trazando el surco de los músculos hasta perderse tras el pantalón, el silencio se volvió espeso. Y Rowan lo rompió con suavidad, sin fingir ignorancia.
- ¿Te incomoda? - preguntó sin detenerse.
- No. - respondió ella en un susurro, apenas consciente de su voz.
Rowan ladeó una sonrisa. No burlona, sino cómplice. Terminó de limpiarse y dejó el paño sobre el borde del mueble. Luego caminó hasta la cama y tomó una de las mantas, extendiéndola sobre uno de los lados.
- Puedes tomar ese lado, si te parece cómodo. Yo dormiré sobre el otro.
- Gracias… - murmuró ella.
Se acomodó entre las sábanas y sintió el leve temblor de su cuerpo al entrar en calor. Rowan apagó la lámpara, dejando solo la luz débil de la vela junto a la ventana y luego se tendió a su lado.
Durante un instante, no dijeron nada.
El silencio era tibio. Respiraban al mismo ritmo. A su izquierda, Isabella sentía el calor de su cuerpo como una presencia envolvente.
- ¿Recuerdas algo de su pesadilla? - preguntó él en voz baja.
- Solo la sensación. Estaba… tratando de alcanzar a alguien. Pero no podía. Me lo arrebataban. Y no sabía si eras tú, o algo que aún no tengo.
Rowan giró apenas el rostro en la almohada.
- Tal vez era ambas cosas.
- ¿Ambas?
- A veces, el miedo no se divide. Solo se transforma. El temor a perder lo que amamos, incluso antes de tenerlo… es más antiguo que la razón.
Isabella lo miró entre las sombras. Y entonces, sin pensarlo demasiado, se deslizó un poco más cerca. Sus cuerpos no se tocaban, pero el espacio entre ambos se redujo hasta ser una línea delgada, vibrante.
Rowan alargó una mano y la posó sobre la suya, con suavidad.
- No dejaré que nada te arrebate. - dijo con una firmeza baja, casi inaudible - Ni en sueños, ni en vigilia.
Isabella apretó sus dedos.
- A veces… temo desear demasiado – confesó - Temer que esto no sea real. Que despierte y todo se desvanezca.
Rowan llevó su mano a su rostro y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
- ¿Y esto? – murmuró - ¿Esto se siente como un sueño?
La joven negó con la cabeza.
- Se siente como fuego. Como verdad.
- Entonces confía. - dijo él, acercándose un poco más - Porque yo también estoy ardiendo.
No hubo beso. No esa noche. Pero la intimidad tejió entre ellos un velo más fuerte que la carne: la promesa de un lazo que ya no se podía deshacer. A la luz de la vela, entre susurros y respiraciones compartidas, el deseo encontró su cauce más profundo: la ternura.
Y cuando Isabella por fin cerró los ojos, su alma ya no temía el sueño. Porque estaba en casa. En su refugio.
En él.