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995 Words
La Casa También Escucha La luz del otoño atravesaba los ventanales del salón como si fueran velos de seda pálida. Afuera, el jardín dormía envuelto en la niebla matinal, y dentro de la casa, el silencio era interrumpido apenas por el leve susurro del reloj de péndulo en la antesala y el roce de las hojas de papel. Isabella estaba sentada en la biblioteca pequeña, junto a una de las mesas que miraban al este. Frente a ella, ordenado con esmero, reposaba el informe detallado que había solicitado días atrás a la señora Dunley. El gasto doméstico, las reservas de alimento, la distribución del personal y los registros de los proveedores pasaban de una hoja a otra con una claridad encomiable. La señora Dunley, de pie a su lado, aguardaba con paciencia. - He revisado cada uno de los puntos, Milady. - dijo con voz serena, pero firme - Incluí los informes de los últimos seis meses, tal como usted solicitó. El presupuesto se ha mantenido estable, aunque hemos tenido un leve aumento en el gasto de calefacción el mes pasado, probablemente por la llegada anticipada del frío. Isabella asintió mientras recorría las columnas de números con el dedo. Su expresión era concentrada, casi académica. - ¿Y el gasto en lavandería? Ha subido más de lo habitual… ¿Han cambiado los productos? - Sí, señora. El proveedor habitual se retiró del negocio. El nuevo distribuidor es más costoso, pero la calidad de los jabones es superior. Isabella no respondió de inmediato. Tomó otra hoja y comparó los precios de ese rubro con el de meses anteriores. Luego volvió a levantar la mirada. - Quizá podríamos mantenerlo, pero reducir el uso exclusivo a las prendas delicadas. Para las demás, podríamos usar la fórmula anterior. Un poco más de trabajo, pero se equilibra el costo. La señora Dunley la miró con atención, como si la evaluara bajo una luz distinta. - Esa es una observación sensata, Milady. No lo había considerado. - Hay otro punto que me llamó la atención - continuó Isabella, pasando a la sección de la cocina - El gasto en carne ha aumentado, pero no el número de comensales. ¿Han cambiado de proveedor también? La señora Dunley asintió, cruzando las manos al frente. - Así es. El viejo carnicero enfermó y su hijo tomó el negocio. Nos entrega cortes de primera calidad, pero sin las rebajas a las que estábamos acostumbrados. - Quizá podamos negociar directamente con él. - dijo Isabella, con tono seguro - Si garantizamos una compra mensual de cierta cantidad, podríamos solicitar un precio más justo. La ama de llaves entrecerró los ojos. Había algo en la manera en que Isabella hablaba de que le recordaba a otra dama, una que conoció en sus años mozos, cuando sus cabellos aún no eran del todo grises y sus manos no temblaban en la noche. - Habla usted como la señora Honoria. - murmuró, sin pensar - La abuela del señor Rowan. Isabella levantó la vista, sorprendida por el comentario. - ¿En serio? - Oh, sí - respondió la señora Dunley, con un destello de nostalgia en los ojos - Era igual de perspicaz con los números. Podía encontrar una fuga de dinero con solo oler el papel. Y cuando se lo proponía, lograba que los proveedores bajaran la cabeza sin perder la sonrisa. - No sé si tengo ese poder. - dijo Isabella, un poco divertida. - Tiene algo más importante - contestó la mujer mayor - Tiene visión. Y la casa lo reconoce. Isabella guardó silencio unos segundos, conmovida por las palabras. Aquella casa, tan imponente y severa cuando había llegado, parecía ahora empezar a abrirle sus puertas en más de un sentido. - Gracias, señora Dunley. Aprecio mucho que me diga eso. - Y yo aprecio que una mujer joven quiera involucrarse. - replicó ella con honestidad - He trabajado aquí por más de tres décadas, Milady. Sé cuándo una señora desea figurar y cuándo de verdad desea aportar. Usted pertenece a la segunda clase. Isabella sonrió con humildad y volvió a mirar los papeles. - He preparado algunas sugerencias. - dijo, señalando una hoja escrita a mano, con anotaciones y pequeños ajustes - No pretendo imponerlas, claro está. Solo creo que podríamos hacer más eficientes algunos procesos. Mire, aquí he propuesto rotar los turnos de limpieza para evitar fatiga y distribuir mejor el personal según la temporada… La señora Dunley se inclinó y tomó la hoja con respeto, leyendo en silencio. A medida que pasaba la vista por cada línea, su expresión pasaba de cauta a impresionada. - Esto… esto es bastante sensato, Milady. Requiere reorganización, pero podría ahorrarnos muchas horas en temporada alta. Y evitaría el desgaste en las doncellas jóvenes. Nunca pensé en dividir por ala en lugar de por piso. - No soy experta. - dijo Isabella con sinceridad - Pero cuando mi padre enfermó, mi madre me enseñó a revisar cuentas y mantener el orden. Supongo que algo aprendí. - Aprendió bien. Y si me permite decirlo… es un soplo de aire fresco. Con su permiso, comenzaré a aplicar algunos de estos cambios esta misma semana. - Por supuesto - asintió Isabella, y se puso de pie con ella - Me alegra ser útil. No quiero solo ocupar una habitación en esta casa. - Créame, señora. - dijo la ama de llaves, con una leve reverencia - ya ha comenzado a ocupar un lugar mucho más importante. Cuando Isabella se quedó sola en la biblioteca, volvió a sentarse un momento. Afuera, la niebla comenzaba a disiparse y el jardín mostraba los primeros colores del sol al mediodía. Sintió una inesperada sensación de pertenencia. Ya no era solo una invitada en esa mansión de piedra, ni una esposa en espera. Estaba tomando raíz, palabra tras palabra, decisión tras decisión. Y si Rowan cumplía su promesa y regresaba para el almuerzo, tal vez… ese día terminaría aún mejor de lo que había comenzado.
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