Un Recuerdo En el Jardín de Lavanda
El jardín de lavanda se desplegaba ante ellos como un mar púrpura, ondulando suavemente con la brisa fresca de la tarde. Las filas interminables de flores perfumadas llenaban el aire con un aroma dulce, calmante, pero que parecía vibrar con una energía casi palpable. Isabella caminaba entre las plantas, sus dedos rozando las delicadas espigas, mientras Rowan la seguía con la mirada, admirando cada movimiento suyo.
El sol se escondía lentamente tras los árboles, pintando el cielo de tonos dorados y rosados, creando una atmósfera mágica y tranquila. Isabella sintió que el mundo se desvanecía alrededor, que solo existían ella y Rowan y ese vasto campo perfumado.
- Este lugar… - murmuró, inhalando profundamente el aroma de la lavanda - siempre me ha parecido un refugio. ¿A ti también te gusta?
Rowan asintió, acercándose a ella con la calma segura que lo caracterizaba.
- Más de lo que imaginas. Aquí el tiempo parece detenerse. Un lugar perfecto para aprender a escuchar lo que tu cuerpo dice sin las prisas del mundo.
Isabella giró para mirarlo, notando cómo sus ojos destellaban con una mezcla de ternura y deseo. En ese instante, decidió que era el momento para poner en práctica lo que había aprendido la noche anterior.
Se acercó lentamente y con una sonrisa tímida pero decidida, levantó la mirada hacia él.
- Rowan… - su voz salió suave, algo temblorosa, pero clara - quiero que sepas lo que siento. Quiero que escuches mi voz, no solo mi cuerpo.
El joven la miró con atención, su expresión alentadora.
- Estoy aquí para eso. - respondió con voz grave - Dime qué quieres, Isabella.
Sin apartar los ojos, Isabella apoyó una mano sobre el pecho de Rowan, sintiendo el latido firme de su corazón. Luego, llevó su otra mano hacia su mejilla, acariciándola con delicadeza.
- Cuando me tocas, siento algo que no había conocido antes. Es como si cada caricia encendiera un fuego que no quiero apagar. Quiero que me guíes para no temer a ese fuego.
Rowan sonrió, sus dedos rozaron los de ella con suavidad antes de deslizarse hasta su cintura, atrayéndola hacia sí.
- Entonces déjame enseñarte a alimentar ese fuego. - susurró - Permítete sentir sin miedo.
Isabella sintió un calor intenso recorrer su cuerpo, la piel erizándose con cada palabra. Lentamente, Rowan la tomó de la mano y la condujo hacia un banco de madera escondido entre los arbustos.
- Siéntate aquí. - pidió - Quiero que me mires mientras te muestro algo.
Ella obedeció, el corazón latiendo con fuerza, consciente de la intimidad del momento.
Rowan se arrodilló frente a ella, su mirada fija en la suya. Luego, con una mano, comenzó a acariciar suavemente sus brazos, elevándolos hasta sus hombros.
- No hay prisa, Isabella. Cada parte de tu cuerpo merece ser descubierta con calma.
Su mano bajó lentamente, rozando la curva de su cuello, luego se posó sobre su clavícula, acariciando con dedos expertos. Isabella respiró hondo, sintiendo cómo su mente se despejaba, cómo cada toque se convertía en un mensaje, en una historia que su cuerpo le contaba en silencio.
Fue entonces cuando se animó a usar su voz, a jugar con la vulnerabilidad que sentía.
- Rowan… - murmuró, su voz temblorosa y seductora - sigue así… no pares.
El hombre asintió, sonriendo con satisfacción. Sus dedos bajaron hasta la cintura de Isabella, apretando con suavidad, mientras su mirada buscaba la de ella para encontrar consentimiento.
- ¿Esto te gusta? - preguntó, rozando con el pulgar la piel de su abdomen.
Ella asintió, sin poder apartar la mirada.
- Sí, me gusta mucho. - respondió, su voz ahora más segura, impregnada de un deseo que antes no se había permitido sentir.
Rowan la acercó aún más, apoyando la frente contra la suya.
- Entonces usa tu voz para decírmelo. No temas mostrarme lo que te hace feliz.
Isabella respiró hondo, sintiendo la confianza crecer dentro de ella.
- Me haces sentir viva. - dijo, el tono firme y claro - Quiero que sigas. Que me enseñes a amarme así, contigo.
Rowan la besó entonces, un beso largo y profundo que sellaba aquella promesa de entrega y descubrimiento mutuo. En ese instante, el jardín de lavanda no era solo un lugar de belleza, sino un templo donde ambos aprendían a reconocerse y a amarse sin reservas según soñaba Isabella.
El conde estaba absorto en el aroma profundo de la lavanda y el de su esposa cuando, de repente, sintió la presión de unas manos suaves que lo tomaban por sorpresa. No fue un gesto tímido ni dudoso, sino una decisión firme, casi imperiosa, la de Isabella tomando la iniciativa de manera inesperada.
Alzó la mirada y la vio acercarse a él con determinación, esa mezcla de inocencia y osadía que le arrancaba una chispa de respeto y un deseo imprevisto. Su corazón, aunque endurecido por años de fingimientos y obligaciones, palpitó con una fuerza que no esperaba.
Ella deslizó sus dedos con cuidado, pero con intención clara, explorando con una destreza natural que parecía extraída de un conocimiento íntimo y reciente, como si estuviera descubriendo un nuevo lenguaje que su cuerpo apenas empezaba a entender. Rowan sintió cómo un fuego antiguo y olvidado se despertaba bajo su piel, recorriendo cada fibra, hasta llegar a la mente que intentaba mantenerse fría y calculadora.
El tacto de Isabella no era simplemente un roce, sino una caricia consciente que buscaba provocarlo, tentarlo, hacerlo bajar la guardia. Su aliento se volvió más contenido, la mirada fija en ella, donde leyó la mezcla perfecta de timidez y desafío. Aquella mujer, que aún parecía frágil y recelosa, ahora le mostraba una faceta inesperada, una fuerza que lo descolocó.
Rowan trató de mantener el control, pero sus sentidos lo traicionaron. No era amor lo que sentía, eso estaba claro para él; era deseo, puro y crudo, un deseo que se filtraba por cada poro y lo hacía vulnerable por primera vez en mucho tiempo. Y, aunque intentaba convencerse de que era solo una necesidad física, la verdad era que no podía negar la atracción que Isabella ejercía sobre él en ese momento.
Ella no se detuvo, se hizo dueña del momento, explorando sin prisa, con una mezcla de ternura y hambre que le hablaba sin palabras. Rowan se dejó llevar, cediendo poco a poco a ese embate de sensaciones, sabiendo que aquel encuentro era solo el inicio de un camino donde tendría que enseñarle a amar o al menos a desearlo.
Cuando finalmente alcanzó el clímax llevado por sus manos, una oleada de placer y sorpresa lo recorrió, una experiencia casi desconocida para alguien que había vivido tantas noches vacías y fingidas. En el silencio que siguió, mientras ambos recuperaban el aliento, Rowan solo pudo pensar en lo mucho que quería repetir esa sensación, aunque con la certeza de que eso no significaba amar a Isabella.
El crepúsculo cayó lentamente y mientras las primeras estrellas comenzaban a asomarse en el cielo, Rowan y Isabella se fundieron en un abrazo que prometía muchos amaneceres juntos, llenos de deseo, comprensión y la dulce esperanza de un futuro compartido.